Nueva York en cabeza

 

La noticia que publica la resolución de las autoridades municipales neoyorquinas promoviendo la obligación de los caseros de informar de las normas particulares de cada edificio, con el fin de hacer posible que los interesados en vivir en ellos sepan a qué atenerse, respecto a la incidencia en sus vidas del humo del tabaco, es uno más de los motivos que la actualidad me proporciona para referirme a este asunto tan polémico.

Los hechos son que el olfato detecta el humo del tabaco porque son partículas materiales producidas por su combustión, que viajan de esta forma. También que las partículas que desprende la combustión del tabaco son nocivas para la salud, luego afirmar que el receptor de dichas partículas no sufre daño alguno en su salud, es ilógico.

Se podrá argumentar que no es lo mismo inhalar mucho, como en el caso del acompañante del que está fumando un cigarrillo, que casi se lo fuma a medias, especialmente en recintos cerrados y pequeños, como un coche o una habitación pequeña, que inhalar poco, cuando el que fuma lo hace a cierta distancia, en una terraza o por la calle, cuando un fumador y un no fumador se cruzan, pero el hecho es que el que no fuma detecta en su pituitaria, inequívocamente,  la presencia de dichas partículas.  Luego, sea menor o mayor esa medida, también de manera inequívoca, esa inhalación perjudica su salud.

Tiene, por lo tanto, justificación esta propuesta de ley que el alcalde de Nueva York quiere aprobar en cumplimiento de su obligación de velar todo lo que le sea posible por la salud de sus ciudadanos.

Otra cosa es que en la mentalidad colectiva, aún esté lejos de ser generalizado este sentimiento de que el humo del tabaco daña la salud, la propia y la ajena, y por consiguiente, pueda parecer chocante o alarmante. Algunos fumadores, siguen aferrándose a ejemplos vivos de fumadores longevos, para desactivar, sembrando la duda sobre un consenso entre los científicos, este sí, generalizado, de que fumar perjudica la salud. Igualmente todavía se percibe en gran número de los que no fuman una cierta indiferencia a respirar el humo de los fumadores. En mi opinión esto se debe a:

  • La inercia social. Fumar, durante el siglo pasado, disfrutó del máximo de reconocimiento social, apoyado en su reflejo en las producciones cinematográficas.  Un ramillete de sentimientos positivos variopintos se asociaba al hecho de fumar: elegancia, determinación, intelectualidad, madurez…
  • La inercia de la propia biografía. Raras han sido las personas que nunca han fumado, y seguramente ninguna que no haya tenido a alguien muy próximo en el plano afectivo, como familiares como abuelos, padres o hermanos, o ascendientes admirados como amigos, maestros, o personas públicas, que lo hacían como algo natural y, como apuntaba antes, prestigiado. Así, cuando el que es definido por las autoridades como perjudicador de la propia salud, es alguien con quien hay establecida una relación profunda de afecto o admiración, resulta especialmente difícil delimitar derechos en los  usos y costumbres.
  • La constatación y posterior resignación ante el tratamiento de otras realidades que inciden sobre la salud,  como la contaminación producida por el consumo de los combustibles fósiles que alimentan el transporte, cuya preocupación por parte de las autoridades sanitarias, no se percibe igualmente vehemente y radical, lo cual introduce una sensación de relativismo, de indudable lógica. La coherencia en la comunicación y en los hechos es imprescindible.

Hay, pues, mucho camino aún por recorrer hasta que fumar sea percibido de manera unánime, como lo que principalmente es, una adicción muy peligrosa para la salud de las personas, en especial de los fumadores, que contribuye de manera relevante a elevar los costes sanitarios, a la vez que disminuye la productividad económica, pero muy rentable para las empresas que producen el tabaco.

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