Libertad y violencia

La huelga es un derecho, pero la libertad lo es más. Que no se pueda ejercitar el derecho a la huelga por amenazas y hechos violentos es intolerable. Que no se pueda no secundar una huelga y ejercer la libertad es aun más intolerable.
Lo que muestra el comienzo de este vídeo grabado por los periodistas de RTVE que estaban cubriendo la protesta, donde se muestra cómo compañeros de profesión comienzan a destrozar un vehículo de otro que estaba trabajando, me indigna y debería indignar a todo el que quiera defender un estado de Derecho, el que se basa en las leyes y no en la fuerza que cada cual pueda tener. Esto es primordial. No se puede mantener sin incurrir en contradicción un estado basado en el Derecho sin respetar escrupulosamente los principios. Y éstos -parece increíble que haya que recordarlo- se llaman así porque están delante de todo lo demás. No se pueden orillar, o dejarlos en suspenso cuando perjudican los intereses que defendemos.

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Los gemelos bastardos (I)

Había ido a pasar unos días en julio a la casa de mi amigo Federico, en Ibiza, poco antes de presentarme en el cuartel para hacer el servicio militar. Nos juntamos un grupo grande entre amigos directos, primos y amigos de amigos, como era mi caso. Entre todos diecinueve, si no recuerdo mal, nueve chicos y diez chicas.

Ese mismo día qué llegué, cuando ya volvíamos a casa andando por la carretera alumbrando el día, después de haber pasado la noche en la discoteca, y la oscuridad se tornaba de color gris lechoso, pasamos junto a la playa que estaba delante de nuestras casas, y Montse, la prima de Barcelona de mi amigo, con la que había estado embelesado tonteando desde que nos presentó, esa misma tarde, me cogió de la mano y me dijo: -¿No te apetece darte un baño ahora? No sabes lo bien que se duerme después…-.

Su propuesta me descolocó porque estaba agotado. Caminaba como un zombi deseando tumbarme en una cama. En otra situación quizá se me hubiera ocurrido a mi tan peregrina idea, antes que la relajante ducha caliente en la que iba pensando; al fin y al cabo había llegado temprano la mañana anterior en el ferry, donde apenas había sido capaz de pegar ojo un rato, luego llevaba dos noches sin apenas dormir, pero sus palabras sonaron como un encanto mágico y todo eso se me olvidó.

A Enrique, Silvia, Fernando y Pau también les sonó bien la idea y allá nos fuimos los seis, mientras los demás desaparecían caminando por el arcén polvoriento, ya cerca de las casas respectivas,  sin hacernos mucho caso o comentando procacidades sobre nuestra ocurrencia.

Según íbamos acercándonos a la orilla de un mar en calma , que apenas dejaba un rosario de espuma en la arena cuando la ola rompía, pensaba curioso y expectante en qué prendas nos íbamos a quitar puesto que ninguno llevaba bañador… ¡Tan ingenuos éramos entonces! Montse despejó la incógnita tan rápidamente que ni me dio tiempo a darme cuenta que se desnudaba delante de mi y a mirarla con detenimiento, que era lo que realmente me apetecía en ese momento, porque se deshizo de toda su ropa en apenas dos gestos y corrió acto seguido a meterse en el agua. No lo pensé dos veces, me despreocupé de los demás, me desnudé como ella, y la seguí corriendo yo también.

Esperaba un agua más fría y me pareció templada, más tibia que el relente de la madrugada que ya se dejaba sentir. Había hecho un día de muchísimo calor, con viento del sur, y estaba claro que el aire se había refrescado con la noche antes que el agua. Aunque al principio no me cubría, nadé con energía hacia donde ella se encontraba y según me estaba aproximando vi como levantaba los brazos y se sumergía.

Me tenía fascinado desde que la había visto acercándose a la terraza donde nosotros habíamos quedado con ellas esa tarde, junto a Silvia y su otra prima Pau. Caminaba con un aplomo grácil y elegante. Era una hembra alargada y flexible, piernas bien dibujadas, con caderas más bien estrechas, pero marcadas, y pechos pequeños, redondos y firmes. Hombros anchos, clavículas visibles y cuello prolongado. El pelo corto castaño oscuro y un punto rizado en ondas amplias y unos ojos almendrados, también castaños, con tenues vetas verde claro, que miraban descarados a los tuyos, escrudriñadores y expresivos de interés o desinterés.

Ya había clareado completamente sobre el espejo del agua, aunque el sol aún no había asomado por el perfil del horizonte que comenzaba a teñirse de rojo.

Estaba empezando a asustarme porque no salía, cuando emergió detrás mío y se me abrazó a la espalda como una caracola. Su peso me hundía y me obligaba a bracear con fuerza para mantenernos los dos a flote, pero nada me importaba excepto notar su cálida desnudez pegada a mi espalda. No se cuanto tiempo estuvimos así, pero poco a poco la corriente nos fue llevando hacia la orilla y en cuanto ella notó que yo podía hacer pie, soltó los brazos dejándose recostar sobre la superficie del agua,  sujeta a mi cintura con las piernas. Me di la vuelta despacio y la miré el sexo y los pechos sin atreverme a hacer ningún gesto que pudiera acabar con aquél momento… Ella entonces me tendió sus brazos. La levanté del agua hasta poder abrazarla, lo cual me resultó placentero por partida doble, porque empezaba a sentir frío. Fue un abrazo largo y sólido. Después enfrentamos nuestras cabezas para miramos y comenzamos a besamos, como lo habíamos hecho una y otra vez toda la noche, mientras bailábamos en la penumbra azulada de la pista de la discoteca, buscándonos los labios y las diferentes formas del relieve de las caras.

Nunca más lo volvimos a hacer.  Nunca volvimos a estar juntos. Había sido su decimoséptimo cumpleaños el catorce de junio. Yo, que nací en invierno, tenía casi 21.

Montse, que vivía en otro caserón de la playa, muy cerca del de los padres de Federico, se marchó esa misma mañana a pasar dos meses en Irlanda, según me contó él mismo cuando al despertarnos, sobre las tres de la tarde, lo primero que hice fue hablarle de su prima…

– ¿No te lo dijo?

-¡No, claro que no!- le contesté, quedándome perplejo  y con sensación de vacío.

El beso de despedida que unas horas antes nos habíamos dado en la puerta trasera de su casa, como un “hasta luego”, se convirtió súbitamente en su último recuerdo.

Federico me dio su dirección y la escribí, aunque al dármela, me advirtió de que no me hiciera muchas ilusiones, que creía que tenía novio en Barcelona. A la primera, escrita esa misma tarde, no me contestó hasta un mes y medio después, cuando yo ya estaba en el campamento. Fueron cinco en total las que le envié, en los dos meses que ella pasó en Irlanda. Pero sólo contestó esa vez. Una carta que resultó extraña y decepcionante, en la que empezó contándome como era el paisaje, con descripciones de una exquisita sensibilidad, que destilaban lirismo, qué profesores le gustaban y cuales no y por qué, y las invectivas con las que se rebelaba contra el riguroso horario que mantenían las monjas, para acabar tras un punto y aparte y un espacio en blanco, con un párrafo demoledor: “Siento no habértelo dicho. Tengo novio y me voy a casar cuando vuelva. Pablo, no te quedes enganchado en un polvo casual y desafortunado.”

Montserrat