Lucia Cavestany VII

Se lo había parecido cuando la había observado acercarse, pero ahora podía confirmarlo, era una mujer muy bella, de rasgos equilibrados y ojos profundos. El cuello asombrosamente largo, que no alcanzaba a tapar una melena recortada de color castaño que se cerraba sobre él. Los hombros, insinuaban los huesos, dejando que las clavículas surgieran creando dulces sombras sinuosas, huecos que imaginaba tibios y perfumados. Sentía que podía observarla con toda tranquilidad porque estaba suficientemente lejos como para que, aun volviendo la cabeza, no resultara insolente y, además, ella estaba ladeada y no le miraba. Había pedido champán. Lo sabía porque lo tenían depositado publicitándolo en una hielera gigante de una marca francesa, en un extremo de la barra. Ella lo saboreaba, con deleite, tomando pequeños sorbos. Cuando dejaba la larga copa sobre el mostrador, desde la posición que él ocupaba, se podía apreciar perfectamente como las delgadas hileras de burbujas nacían del fondo de la copa, porque detrás había un plano de luz, la que reflejaban los espejos empotrados en los anaqueles de la barra.
Sentía enormes deseos de acercarse y entablar una conversación, pero ella no parecía prestarle ninguna atención. Estaba en sus propios pensamientos. De cuando en cuando cogía su teléfono y miraba algo, y cuando lo dejaba, depositándolo a la vista sobre la barra, junto a la copa, parecía ensimismarse.
¿Estaría esperando a alguien? Llevaba un buen rato allí y nadie aparecía.
Poco a poco, mientras la contemplaba e imaginaba, con urgencia, maneras de abordarla, antes de que el inexorable transcurso del tiempo marchitara el momento y ella se fuera, o viniera a buscarla quien la hacía esperar, se fue vaciando su copa, y tras ella, la de Javier , que la había dejado prácticamente intacta, -¡con tal prisa se habían marchado!-.
Al cabo de un rato comprendió que nunca se atrevería a acercarse y decir algo que no le pareciera a él estúpido, por lo que estaba decidido a desistir, a quedarse con la frustración y digerirla lo mejor que supiera. Prefería asumir que era una persona tímida a manifestarse de manera grosera o torpe, así que según notó que el camarero pasaba por delante le pidió la cuenta y un último vino. Se marcharía frustrado, sí, pero bien entonado.
No había traído coche, no había problema; cogería un taxi para volver a casa… Al principio había tomado algún fruto seco de los que les habían puesto, pero desde que había llegado la desconocida, su apetito solo se alimentaba de fantasías.

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Lucía Cavestany VI

Mientras intentaba entretenerse, deduciéndolo por el escrutinio de otros detalles, vio por el rabillo del ojo, como subía los tres peldaños que unían la parte donde él se encontraba, con el otro plano hundido del salón, una mujer delgada, alta, aproximadamente tanto como él, que no era bajo, con un vestido de color verde hoja ceñido en la cintura, de tirantes estrechos, que le dejaban los hombros al descubierto, y la parte de la falda lisa. levemente abullonada sobre las rodillas, que avanzaba hacia él, hasta que le sobrepasó, porque se dirigía a la barra que se encontraba un poco más allá, a su espalda. Intentó no volver la cabeza, no mirarla de frente, para no parecer insolente o indiscreto, pero, aunque se incorporó sobre la mesita para hacer el gesto de dejar la copa, no pudo evitar seguir atentamente sus pasos mientras ella se aproximaba, pisando con delicadeza el suelo de mármol con unos zapatos de medio tacón, del mismo color que el vestido. Inmediatamente quiso volverse pero se contuvo; hubiera sido grosero, si ella se hubiera dado cuenta. Él se encontraba completamente de espaldas a la barra, de forma que tras unos momentos de duda que le parecieron eternos, optó por cambiar de sillón, acomodándose en el contiguo, que estaba orientado aproximadamente noventa grados respecto al que ocupaba. Entonces, simplemente ladeando un poco la cabeza, podía ver toda la barra, que recordaba vacía cuando ellos habían entrado, y en ese momento la tenía a ella como única cliente, sentada en un taburete alto, con las delgadas y magníficamente torneadas piernas, cruzadas. Estaba mirando su teléfono, punteándolo con un puntero que cogía entre el pulgar y el índice, con unos toquecitos que hacía con la muñeca y que le recordaron a alguien perforando un papel de seda para extraer una figura previamente pintada.

Lucía Cavestany V

No habían sido muy considerados, teniendo en cuenta que no le habían avisado de que tras la cata ellos disponían de unas entradas para una exposición, de la cual a él no le habían cogido una. Javier le había dicho que lo había intentado, incluso antes de saber si él se apuntaba a lo de la cata, pero que ya no quedaba ninguna, siendo como era una exposición de Antonio López, en el Thyssen, a una semana vista de la clausura. No lo ponía en duda, pero hubiera agradecido que se lo hubieran dicho antes de acudir. porque quizás hubiera preferido no asistir, dado que lo que realmente le interesaba del encuentro era el propio encuentro, la charla, el cultivo de la relación con sus amigos…
Pero, bueno, el caso es que se había encontrado allí, en ese hotel donde se había realizado la cata de presentación de aquella denominación de origen tan poco interesante, solo.
Sentado en un sillón junto a otros tres vacíos, en torno a una mesa baja, sin nadie próximo con el que poder pegar hebra, con una copa de vino en la mano a medio tomar, en ese enorme vestíbulo de diferentes ambientes, decorado con un estilo más bien antiguo, emulando el aire de un bar inglés, con mucha madera, mucho cuero en tonos oscuros, y un piano colín, pensaba terminarse el vino y marcharse a casa. Los parroquianos más próximos, una pareja de recién jubilados, estaban en otro conjunto similar de sillones en torno a otra mesa baja, pero a una altura inferior en casi medio metro. Y en el otro extremo del salón, que era la prolongación del propio vestíbulo del hotel, tres varones japoneses, -¿o serían coreanos?-.

Lucía Cavestany IV

Volvió a sentarse en la descalzadora de los brazos planos como pistas de aterrizaje y empezó a repasar la habitación a ver si algo de lo que veía le recordaba qué había pasado. Eran las cuatro y media de la madrugada. Tampoco podía entretenerse mucho intentando recordar, si no quería tener que dar más explicaciones de las que desearía, a Paula, su mujer.

En cierto modo tenía suerte, estaba casado con una persona que no le gustaba salir entre semana porque se levantaba muy temprano para acudir a la pequeña empresa que compartían, y tenía a su trabajo, y lo disfrutaba,  como lo prioritario. Por eso le decía que no le importaba que él se marchara solo dejándola en casa, que acudiera a ver a amigos, como hacía largas temporadas, de manera semanal, cuando quedaba con el grupo de chalados por la música, y volviera de madrugada. Incluso si el plan no era ese, sino marcharse a cenar a un restaurante ella no se apuntaba, prefería quedarse en casa enpantuflada y dormirse con la televisión puesta. Pero esa libertad no era ilimitada. Una llegada excesivamente tardía podía desencadenar toda una dialéctica de consecuencias imprevisibles.

Aun así, mientras contemplaba ante él el cabecero de la cama de matrimonio donde se había despertado, compuesto por un tablero que se prolongaba hasta terminar en unas cajoneras que formaban las mesillas de noche, y ocultaba una luz, seguramente agradable para leer, y la sábana blanca, abandonada, que dibujaba unos meandros arrebujados, se dejó llevar por el recuerdo de como Ana y Javier  le habían dejado sentado en el elegante bar del hotel, terminándose el vino tinto que había pedido para quitarse el pobre regusto que le habían dejado los que había estado probando con ellos, poco antes, en la cata.

Función de despedida

Las inauguraciones y clausuras de los Juegos Olímpicos se han convertido en el espectáculo heterogéneo de mayor audiencia mundial. Como consecuencia supone un trampolín de lanzamiento único para artistas y más cosas que se cuelan adornadas o camufladas. Al margen de cualquier valoración sobre los criterios estéticos actuales de los británicos, en la moda, la escenografía y el vestuario, la despedida me pareció ramplona tanto en la idea como en la realización. No obstante, como no soy experto en ninguna de las dos disciplinas, sino un simple espectador, puedo permitirme decirlo con toda naturalidad. Si alguien más sesudo o conocedor de los entresijos y dificultades me ilustra, estaré encantado de aprender.

Pero de lo que yo quería hacer crítica, sobre todo, es de la inclusión de Imagine de John Lennon. Al principio, cuando el coro comenzó con la primera estrofa, yo que la he disfrutado y considerado un himno, me conmoví, pero, sin dejar de disfrutar de las notas del piano y el fraseo único de Lennon, caí en la cuenta de que el mensaje de la canción es diametralmente opuesto al espíritu de la celebración y del Comité Olímpico Internacional. Lo que dice la canción y decía Lennon cuando la compuso y la cantaba, era justamente que nos imagináramos abandonando conceptos que nos diferencian artificialmente, como los países y las religiones, para unirnos en el reconocimiento de la hermandad del ser humano, en paz y armonía.

Se me ocurren varias explicaciones a la inclusión de esta canción con este mensaje, la primera que el responsable directo del guión, y quien lo ha autorizado, hayan querido colocar una carga de profundidad para abrir un boquete en el entramado inmoral de intereses en que se han convertido los Juegos Olímpicos, en particular, y las relaciones internacionales políticas y económicas, en general. La segunda es que ninguno de los responsables sepa leer y escuchar, sean unos analfabetos funcionales, y no sepan distinguir el mensaje de una canción como ésta -con afirmaciones comunistas como la renuncia a la propiedad privada- con los de una canción de amor resultona. La tercera, la que considero más probable, y consecuentemente la que me produce indignación y repulsa, es que consideren toda la propuesta de la canción de Lennon, periclitada, digeridos y regurgitados en forma de “marshmallow” todo su carácter y fuerza revolucionaria.

Lucía Cavestany III

¡Diablos!  ¡La cartera estaba delante de su vista, en la mesilla que le quedaba más cerca, junto a la lámpara apagada! Corrió hacia ella y la abrió de inmediato. Los carnés y las tarjetas estaban ahí, no faltaba ninguna. ¿Y el dinero? También estaba…Pero…

De las muchas imágenes nítidas que, de pronto, se le amontonaban, una era de ella, que mientras tiraba de una de las perneras de sus pantalones, le había pedido 200 € y él se había incorporado, y cogiendo la cartera de su bolso, había sacado los cuatro billetes y se los había dado sin decir palabra, sabiendo que eran los únicos que le quedaban, porque nunca salía de casa con mucho más dinero que ese, y ya había gastado el resto en el bar, excepto que tuviera intención de comprar algo en concreto, para lo que, entonces sí, cogía lo que pensara que iba a necesitar. Pero no era este el caso. Había quedado con sus amigos Javier  y Ana para asistir a una cata promocional de los vinos de Cigales, a última hora de la tarde,  y consecuentemente, lo más que pensaba era en tomar algo juntos después, y para eso le sobraba. El asunto de que en su cartera siguieran estando los cuatro billetes de 50,  le añadía confusión, dejándole como anclado, sin poder seguir hasta darle una explicación lógica. Recordaba una y otra vez la escena de los pantalones…Ella tiraba con gracia, alternando una pernera y la otra,  mientras él tumbado en la cama, sobre la colcha apenas levantaba el culo para facilitárselo. En ese momento, ella, como si hubiera caído en la cuenta de que debía dejar zanjado el asunto antes de entrar en faena, se había parado y adoptando una actitud seria había dicho:

-Dame doscientos euros- y él, como un resorte, sin pensarlo, se los había dado, asumiéndolo como confirmación de lo que venía sospechando. Estaba seguro de que se los había dado.

Lucía Cavestany II

Intentó incorporarse pero el gesto le hizo presente un dolor que se agudizaba al inclinar la cabeza hacia los lados, como si lo que hubiera dentro fuera pesado y se desplazara de una pared a otra golpeándose contra ellas. Se dejó vencer y respiró hondo. Ya daba igual. No había prisa, al menos no demasiada. Podía esperar a despejarse un poco más. Era evidente que ella no estaba allí, excepto que estuviera metida en el baño, pero no lo parecía porque no se oía nada. Recordó que la había pagado con efectivo, pero ella le había dicho que podía hacerlo con tarjeta, lo que de inmediato le produjo un vahído de angustia…

¿Y la cartera, dónde la había dejado?

¡Claro, ella no estaba porque le había robado!

Se incorporó, a regañadientes con su cuerpo, y se lanzó hacia la ropa que yacía sobre la descalzadora. Buscó primero en el bolsillo de mano que llevaba, luego en los pantalones y luego en la camisa, pero allí no estaba. -¡La muy zorra!- masculló, mientras le propinaba un puñetazo como un mazazo al brazo almohadillado del sillón. Se dio media vuelta y se dejó caer en él, abatido, mientras el golpe en el sillón le retumbaba en el cráneo. Necesitaba resolver rápido qué iba a hacer…