La huida

Como un soplo de aire salió del dibujo del paisaje junto al borde que dejaba el macizo de pinos. Me quedé tieso, conteniendo la respiración, igual que debía hacer él, que también se había dado cuenta de mi presencia. Estaba a poco más de cincuenta metros. Nos miramos sin movernos, yo a mitad de bajada por un terraplén, él en mitad del camino al que me dirigía. Cuando después de pensarlo un momento eché mano al teléfono para fotografiarlo, se debió sentir amenazado y en un instante dio media vuelta y emprendió la huida. Lo vi saltar ágilmente por el cortado que llevaba al río y lo perdí de vista.

Pensé que cogería más abajo el sendero que de nuevo conduce al monte y procuré  seguirlo, manteniéndome  en la misma cota de la ladera para intentar observarlo más adelante.  Cuando pocos minutos después llegué a la vertical desde la que podía ver bien el sendero y más abajo, agazapado en la fronda, el río, no lo encontré. Estuve un rato detenido, buscándolo por el paisaje sin éxito. Deduje que los momentos que había tenido, después de desaparecer tras el cortado, le habían sido suficientes para darme esquinazo y retornar al monte.

Cuando ya optaba por desistir y volver sobre mis pasos, me di cuenta de que salía de detrás de unos frondosos tocones reverdecidos, muy próximos a la orilla del cauce. De inmediato me encaminé hacía allí dando zancadas por la ladera porque consideré que éste le cerraba el paso y, aunque huyera, podría verlo más de cerca. Procurar no caerme en mi carrera, fijándome donde ponía las botas, me impidió ver como lo cruzaba, ya que, cuando levanté la vista y lo vi de nuevo, estaba ya en la otra orilla y se internaba en el follaje de una alameda asilvestrada.

El cauce en ese tramo era ancho, con una profundidad que le calculo entre uno y tres metros, y además el agua bajaba con un respetable caudal, lo que me hizo preguntarme cómo podía haberlo pasado sin ser arrastrado por la corriente. Intenté seguirlo con la vista, pero en un momento lo perdí, así que me encaminé al puente que había más abajo, siguiendo el curso, para ver si él también había hecho lo mismo y me lo acababa encontrando al otro lado… Pero fue en vano. Cuando crucé y retorné hasta la altura donde lo había visto adentrarse en la espesura, no había rastro del cervatillo. Ni un chasquido en la maleza, sólo el silencio susurrante y esporádico de las hojas de los álamos sobre el murmullo del agua.

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