Viaje

Ocurrió de pronto. No podíamos tener la más mínima sospecha. Por más que supiéramos de sus obsesiones, para algunos veleidades, trastorno para otros, sarampión de juventud, o reacción ante una infancia plagada de casuística psicoanalítica de la que se describe en los manuales de Psicología, nunca imaginamos que esto acabaría así.

Ayudaba al despiste general el hecho de que en los últimos años apareciera mucho más asentado en su personalidad, más maduro, mostrando en sus juicios una sensatez y una coherencia que no le habíamos visto antes. Parecía haber superado una tras otra las pruebas que los avatares de la vida le habían colocado por delante. Era un hombre cabal, pausado, comprensivo, cariñoso, receptivo a su entorno, generoso…

La Guardia Civil está acostumbrada; no debe haber nada que no haya visto. Se dice que es  el cuerpo policial más riguroso instruyendo en este país. Quizá por ello, el número de este expediente tiene esa letra al principio para distinguirlo, añadida a la de la provincia donde han ocurrido los hechos, en este caso SG de Segovia. Cuando lo leí, como un favor especial, porque como abogado de a pie tengo una bien cultivada buena relación con los oficiales de la mayoría de los juzgados, me llamó la atención la naturalidad con que su redactor, el sargento Sinforoso Barrero, relataba los hechos: “…Llegado el patrulla de la Benemérita, Z-178, con base en El Espinar, al lugar donde esperaba la persona que había hecho la llamada de emergencia, el punto kilométrico 91,8 de la Autopista del Noroeste, sentido Madrid, término municipal de Navas de San Antonio, a las diez y media de la noche (22:30) del domingo 7 de setiembre (sic) de 2014, veinte minutos después de recibida la llamada, encontró a una mujer de edad indefinida y aspecto juvenil, que se encontraba bajo una fuerte excitación. Solicitada su documentación resultó ser María Marta Balbás Valero… Requerida por los agentes personados manifestó que volvían a Madrid ella y su marido de pasar las vacaciones en Galicia, y que llegado al punto kilométrico donde se encontraba, ya habiendo anochecido, un foco de luz se había hecho presente justo delante del vehículo en el que viajaban, de tal modo que él, que conducía, había frenado de inmediato de manera brusca ante el temor de una colisión frontal inminente. Habiéndose producido dicha frenada en seco (consta en el atestado que las huellas del mismo alcanzan los 83,6 metros) el vehículo logró no salirse de la calzada y se detuvo, apagándose acto seguido todas las luces, tanto las interiores como la exteriores, así como el motor. Desconcertada y muy asustada observó como su marido, que se había quedado rígido, aferrado al volante, miraba atentamente durante unos instantes la luz que los cegaba, y después desaparecía, al igual que la luz. Manifiesta que gritó su nombre varias veces, presa de un ataque de nervios, sin obtener ninguna respuesta, hasta que fue calmándose en el silencio de la oscuridad, sobre todo desde que se dio cuenta de que ésta ya no era tan absoluta, porque había coches que pasaban y al hacerlo la iluminaban fugazmente. Se percató igualmente de que el vehículo que suponía en mitad de la calzada estaba en el arcén y tenía las luces de emergencia activadas. Sin atreverse a bajar del mismo llamó con su teléfono móvil al teléfono de emergencias 112. Insistió reiteradamente en que su marido viajaba con ella y conducía el coche. Buscado con linternas en inspección ocular en un amplio radio por la zona circundante no se apreció rastro alguno del mismo. Avisados los establecimientos habitados más próximos, la estación de servicio de BP sita 18 kilómetros antes, y el bar de carretera ‘Las Fuentes’, a 7 del lugar del suceso, en ambos declararon no constarles la presencia de ningún varón que requiriera auxilio o mostrara un comportamiento que les llamara la atención en esa fecha. Realizada allí mismo la prueba de alcoholemia y otras drogas a la mujer dio negativo.”

Sí, parece que definitivamente nuestro amigo Alberto logró cumplir su anhelado sueño de ser abducido por los extraterrestres. Cuando menos se lo esperaba, supongo. Hacía ya mucho tiempo que no hablaba de ello. Incluso alguna vez me pareció que no se sentía cómodo recordando aquella etapa de su vida, cuando junto con otros adeptos ayudó a construir un monasterio cerca de un pequeño pueblo, en una de esas abundantes zonas poco pobladas de la geografía española, donde todos esperaban que se produjera el contacto. O quizá no todos. Aquél que lideraba el grupo una tarde les dijo que se acercaba a comprar tabaco al pueblo y no volvió a aparecer, llevándose consigo en efectivo el capital que entre todos habían juntado durante los ocho años que habían dedicado a esa tarea, unos aportando sus ahorros, otros incluso sus herencias, malvendiendo los inmuebles para convertirlos en dinero contante y sonante.

A pesar de los pocos días transcurridos desde estos hechos, y en consecuencia que sea un caso abierto durante el tiempo reglamentario previsto, no tengo ninguna duda de que no va a haber nada más que contar, que no habrá novedades que expliquen la desaparición.

La X que precede al número del expediente -deduzco que el mando que decidió designar esta letra para identificar estos expedientes donde lo sobrenatural o inexplicable  desempeña un papel, era aficionado a esta serie norteamericana de televisión- presagia que transcurrido el plazo legal será archivado sin resolver. Del número, afortunadamente muy reducido, de expedientes X que tiene la Guardia Civil, ninguno ha sido resuelto.

Marta desde lo sucedido no ha logrado volver a dormir tranquila sin ayuda farmacológica. Cada día que pasa toma mayor conciencia de lo que le ha pasado, y la inicial duda de por qué no fue incluida en la abducción -al fin y al cabo ella también había participado en aquellos años de comuna y espera y allí conoció a Alberto- le ha seguido un aplastamiento anímico que la ha dejado como un zombi.

Nosotros, sus amigos, por nuestra parte, también le vamos a echar mucho de menos. Eran ya muchos años los que compartíamos con él un “txoko” -como lo dicen en vasco- en nuestro caso muy musical. Encuentros para conversar alrededor de unas viandas que nos preparábamos por turnos en una sana rivalidad culinaria, y que compaginábamos con el gusto por tocar música. Echaremos a faltar sus intervenciones reposadas y bien informadas, su interés por lo más profundo de nuestros sentimientos y su envidiada madurez musical en contraste con la nuestra, en esas horas de las acostumbradas tardes de los viernes que iban cayendo hasta la madrugada, entre canciones, críticas, confidencias, comentarios, exposiciones, aceitunas, anacardos y pistachos, aguacates y alcachofas confitadas, merluzas al horno y asados, repostería y frutas, chocolates y olores a jazmín y lavanda, taninos de Rioja y de la Ribera, cavas del Penedés con regusto a avellanas…

Pero seguiremos así, como si lo extraordinario de la vida fuera normal, como si no hubiera nada a diario que la perturbara.