Coronavirus, impresiones de una crisis inédita (VI). Decisiones políticas y democracia.

La segunda ola de propagación del virus Covid-19 por todo el mundo, más temprana de lo que se esperaba, me llena de inquietud, temor y desesperanza. Esta última porque pienso en aquellas personas que al menos en este país, España, vieron llegar junio y disfrutaron del encuentro con familiares y amigos, del sol del verano, de los días largos, de las luces albas del amanecer en levante y carmesíes y violáceas en los atardeceres de poniente…Que celebraron aniversarios postergados. Que brindaron. Que se sentían supervivientes, ganadores…Y ya no están. Han ido engrosando las cifras de fallecidos que cada día me golpea como un puñetazo en el esternón. ¿Qué tenían que no tenía yo, además de peor suerte? Aunque la pregunta quizá deba plantearse al revés.

Tenían viviendas más pequeñas y peor construidas, mayor densidad de población por metro cuadrado, menores comodidades, menos agua caliente, menos instalaciones sanitarias, mayor apego a la proximidad social, a la relación vecinal, abocados al transporte colectivo para trabajar, posiblemente peor alimentados, posiblemente con saludes menos enteras, incapaces de pagarse una o dos mascarillas al día, y para completar el cuadro, peor atendidos sanitariamente. La razón de esto último es sencilla: dependen casi exclusivamente de la sanidad pública, y ésta no les dedica el trato prioritario que su necesidad exigiría.

Ahora que Madrid encabeza en Europa los peores índices cabe preguntarse por qué sus barrios ricos no sufren tan alto índice de contagios ni de mortalidad. Y la respuesta remite a todo lo anteriormente señalado pero en sentido inverso, y porque precisamente la gran mayoría de sus moradores se paga, porque puede hacerlo, una sanidad privada. Y este modelo, para muchos que lo adoptan, de doble imposición, es lo que han estado fomentando los sucesivos gobiernos del Partido Popular, que llevan desde 1995 gobernando la región.

Hay datos que esconden el desatino: imaginemos un ambulatorio modelo dedicado al mismo número de habitantes, repartidos por igual en barrios ricos y pobres, con el mismo número de sanitarios, igualitario aparentemente, pero ¿qué ocurre si está infradotado? Pues que en el barrio rico el vecino ve el panorama -los centros, su antigüedad, su dotación, sus colas- y como lo puede pagar, recurre a los seguros privados de salud, de forma que la presión asistencial baja. Pero en el barrio pobre la presión se mantiene hasta hacerse insoportable -citas a meses y hasta años vista- porque además de estar más necesitados, tener un peor índice de salud colectiva, no tienen capacidad económica para recurrir a una alternativa.

Lo sorprendente es que ahora se sientan señalados o discriminados. Lo han estado siempre. No es sorprendente en cambio, por tanto, su indignación.

Hubo un amplio consenso en el país de comprensión hacia los dirigentes cuando la primera ola los desbordó dejando ahogados, y a casi todos desnudos y con el agua al cuello, pero no la hay ahora que la segunda ola esta provocando unos resultados casi calcados. Ahora ya sabíamos lo que iba a pasar y no se puede entender por qué no se han hecho los preparativos y se han puesto los medios para evitarlo. Lo que los expertos se han cansado de demandar como necesario: más personal en la atención primaria, más equipo, y un seguimiento de los casos acorde con el reto…

La indignación está muy justificada y espero que no caiga de nuevo en saco roto. No es conveniente en un sistema democrático que los políticos no paguen en las urnas las deudas que contraen con los ciudadanos, porque entonces, la dinámica en la que se sustenta se desmorona llevándoselo consigo. Si queremos democracia debemos ejercerla.

Coronavirus: impresiones de una crisis inédita (IV). Azar

Hay una idea algo sarcástica y recurrente entre los motoristas, la de que principalmente nos dividimos entre los que ya hemos sufrido algún accidente y los que lo sufrirán si siguen montando. Siempre me ha parecido acertada y que resume muy bien la realidad; las oportunidades que se producen a diario para que el accidente ocurra hacen muy difícil argumentar en contra.

Tengo la impresión, dada la vertiginosa capacidad de propagación que ha mostrado y las proyecciones y noticias que van llegando, de que con este virus pasa lo mismo: nos dividimos entre los que ya han sido infectados y los que lo acabaremos siendo. Y en muchos casos -como en las motos- la diferencia en lo pronto o tarde que ocurra la marcará el azar, no porque sea enteramente una lotería, sino porque la gota que colma el vaso, o la pluma que hace inclinar la balanza, sí son azarosas, esas conjunciones fatales de pequeños detalles que a veces se producen. Las mismas que, en sentido inverso, evitan que un pasajero aéreo coja el avión que se estrella, porque se retrasa comprando en la tienda libre de impuestos y, cuando se da cuenta, le han cerrado la puerta de embarque.

Es verdad que los que asistimos a las manifestaciones del 8 de marzo compramos muchas papeletas para esta rifa, asumiendo por tanto que algo de responsabilidad sobre lo que nos pase tenemos, pero parece que, de momento, no todos los que fuimos hemos sido pasto del virus, lo que vuelve a dejar al azar una buena dosis de protagonismo. Había ya ese domingo señales bastante contundentes de que existía un riesgo real porque lo que sabíamos de China era como para tomarlo en cuenta, y aun más las noticias que llegaban de Italia. Pero pecamos de soberbia occidental y, sobre todo, de ignorante despreocupación.

¿Qué factores han condicionado no haber sido aún contagiados? Está por ver. Es algo que los estudiosos del asunto están poniendo todo su empeño en averiguar: todo conocimiento sobre el comportamiento del virus ayudará a combatirlo. Puede que nadie nos tosiera cerca, que no nos encontráramos con nadie conocido de los muchos que también acudieron, y en consecuencia no intercambiáramos besos y abrazos, o simplemente que con los extraños con los que nos cruzamos o compartimos espacio no estuvieran ya infectados. En nuestro caso particular tampoco que nuestras nietas, que ya habían sido retiradas de probables núcleos de contagio esa semana, al suspenderse las clases y cerrarse los colegios, con las que pasamos casi tres días y devolvimos a sus padres ese mismo domingo, fueran portadoras. Ni tampoco los usuarios que nos precedieron en el uso de sendos vehículos compartidos que alquilamos para ir y tornar.

En toda esa casuística parece que hemos sido afortunados. Así, estamos viviendo nuestro confinamiento sintiéndonos agradecidos a nuestra buena suerte por habernos librado para empezar de la parte más explosiva de la epidemia, la que ha abarrotado los hospitales y provocado situaciones límite de tensión, trabajo y dolor, y para demasiados la muerte, pero nos engañaríamos si creyéramos que ya nos hemos librado. Sólo somos de aquellos que con mucha probabilidad acabarán contagiándose en el futuro, salvo que seamos aun más afortunados y sí hayamos sido contagiados pero no mostremos síntomas, lo cual no parece muy lógico dado que vivimos con personas señaladas como las víctimas predilectas del virus, que habrían actuado de testigos enfermando, y de esa manera señalándonos, lo cual por suerte no ha ocurrido.

Hay pocas certezas y demasiadas incógnitas no despejadas sobre todos los ciudadanos, los no contagiados y los contagiados, y de éstos sobre los asintomáticos, los hospitalizados y los dados de alta, que tienen ingredientes de fortuna, lo cual no infunde tranquilidad. La primera es saber qué somos cada uno, en qué grupo realmente estamos.

En principio, a falta de un mayor conocimiento sobre el virus y sus consecuencias, lo mejor parece ser ocupar esa categoría de asintomáticos, porque ya han creado defensas y no han pasado por ningún mal trago, lo que sí han hecho los dados de alta en mayor o menor medida, que se podrían situar en segundo lugar. Así, exceptuando a las víctimas, a los que el virus ha dejado en el camino, verdadera herida en carne viva de la sociedad, los menos afortunados son los hospitalizados, que han de librar una durísima lucha por su vida, sabiendo que no depende el resultado enteramente de ellos: su propia naturaleza, su historial, el hospital que les toque, el equipo médico, más o menos experto, más o menos diezmado, más o menos equipado con lo necesario, lo condicionarán. Y en medio quedan los verdaderamente no contagiados, que difícilmente podrán evitar la angustia de desconocer qué ocurrirá si al final lo son, en la próxima visita al supermercado, o cuando se empiecen a desmontar el confinamiento y las medidas de alejamiento social, o incluso en la probable propagación del próximo otoño/invierno, si pertenecerán o no a ese más del noventa por ciento, según los datos actuales, que son capaces de superar la enfermedad sin graves consecuencias.

Y para completar el círculo del azar, cabe preguntarse cuándo y dónde caerá la bolita de la obtención de un tratamiento farmacológico eficaz, o de una vacuna. Y si para entonces, habremos avanzado algo y el logro será compartido de manera fraternal, eficiente y equitativa a nivel mundial, o se reproducirá la mezquina subasta, la especulación y las maneras corsarias o fraudulentas mostradas recientemente por algunos protagonistas, e incluso gobiernos, en la obtención del material necesario para combatir la pandemia y atender y curar a los afectados.

En definitiva: pocas certezas, pero contundentes, y demasiado albur, que no tranquiliza.