Coronavirus: impresiones de una crisis inédita (IV). Azar

Hay una idea algo sarcástica y recurrente entre los motoristas, la de que principalmente nos dividimos entre los que ya hemos sufrido algún accidente y los que lo sufrirán si siguen montando. Siempre me ha parecido acertada y que resume muy bien la realidad; las oportunidades que se producen a diario para que el accidente ocurra hacen muy difícil argumentar en contra.

Tengo la impresión, dada la vertiginosa capacidad de propagación que ha mostrado y las proyecciones y noticias que van llegando, de que con este virus pasa lo mismo: nos dividimos entre los que ya han sido infectados y los que lo acabaremos siendo. Y en muchos casos -como en las motos- la diferencia en lo pronto o tarde que ocurra la marcará el azar, no porque sea enteramente una lotería, sino porque la gota que colma el vaso, o la pluma que hace inclinar la balanza, sí son azarosas, esas conjunciones fatales de pequeños detalles que a veces se producen. Las mismas que, en sentido inverso, evitan que un pasajero aéreo coja el avión que se estrella, porque se retrasa comprando en la tienda libre de impuestos y, cuando se da cuenta, le han cerrado la puerta de embarque.

Es verdad que los que asistimos a las manifestaciones del 8 de marzo compramos muchas papeletas para esta rifa, asumiendo por tanto que algo de responsabilidad sobre lo que nos pase tenemos, pero parece que, de momento, no todos los que fuimos hemos sido pasto del virus, lo que vuelve a dejar al azar una buena dosis de protagonismo. Había ya ese domingo señales bastante contundentes de que existía un riesgo real porque lo que sabíamos de China era como para tomarlo en cuenta, y aun más las noticias que llegaban de Italia. Pero pecamos de soberbia occidental y, sobre todo, de ignorante despreocupación.

¿Qué factores han condicionado no haber sido aún contagiados? Está por ver. Es algo que los estudiosos del asunto están poniendo todo su empeño en averiguar: todo conocimiento sobre el comportamiento del virus ayudará a combatirlo. Puede que nadie nos tosiera cerca, que no nos encontráramos con nadie conocido de los muchos que también acudieron, y en consecuencia no intercambiáramos besos y abrazos, o simplemente que con los extraños con los que nos cruzamos o compartimos espacio no estuvieran ya infectados. En nuestro caso particular tampoco que nuestras nietas, que ya habían sido retiradas de probables núcleos de contagio esa semana, al suspenderse las clases y cerrarse los colegios, con las que pasamos casi tres días y devolvimos a sus padres ese mismo domingo, fueran portadoras. Ni tampoco los usuarios que nos precedieron en el uso de sendos vehículos compartidos que alquilamos para ir y tornar.

En toda esa casuística parece que hemos sido afortunados. Así, estamos viviendo nuestro confinamiento sintiéndonos agradecidos a nuestra buena suerte por habernos librado para empezar de la parte más explosiva de la epidemia, la que ha abarrotado los hospitales y provocado situaciones límite de tensión, trabajo y dolor, y para demasiados la muerte, pero nos engañaríamos si creyéramos que ya nos hemos librado. Sólo somos de aquellos que con mucha probabilidad acabarán contagiándose en el futuro, salvo que seamos aun más afortunados y sí hayamos sido contagiados pero no mostremos síntomas, lo cual no parece muy lógico dado que vivimos con personas señaladas como las víctimas predilectas del virus, que habrían actuado de testigos enfermando, y de esa manera señalándonos, lo cual por suerte no ha ocurrido.

Hay pocas certezas y demasiadas incógnitas no despejadas sobre todos los ciudadanos, los no contagiados y los contagiados, y de éstos sobre los asintomáticos, los hospitalizados y los dados de alta, que tienen ingredientes de fortuna, lo cual no infunde tranquilidad. La primera es saber qué somos cada uno, en qué grupo realmente estamos.

En principio, a falta de un mayor conocimiento sobre el virus y sus consecuencias, lo mejor parece ser ocupar esa categoría de asintomáticos, porque ya han creado defensas y no han pasado por ningún mal trago, lo que sí han hecho los dados de alta en mayor o menor medida, que se podrían situar en segundo lugar. Así, exceptuando a las víctimas, a los que el virus ha dejado en el camino, verdadera herida en carne viva de la sociedad, los menos afortunados son los hospitalizados, que han de librar una durísima lucha por su vida, sabiendo que no depende el resultado enteramente de ellos: su propia naturaleza, su historial, el hospital que les toque, el equipo médico, más o menos experto, más o menos diezmado, más o menos equipado con lo necesario, lo condicionarán. Y en medio quedan los verdaderamente no contagiados, que difícilmente podrán evitar la angustia de desconocer qué ocurrirá si al final lo son, en la próxima visita al supermercado, o cuando se empiecen a desmontar el confinamiento y las medidas de alejamiento social, o incluso en la probable propagación del próximo otoño/invierno, si pertenecerán o no a ese más del noventa por ciento, según los datos actuales, que son capaces de superar la enfermedad sin graves consecuencias.

Y para completar el círculo del azar, cabe preguntarse cuándo y dónde caerá la bolita de la obtención de un tratamiento farmacológico eficaz, o de una vacuna. Y si para entonces, habremos avanzado algo y el logro será compartido de manera fraternal, eficiente y equitativa a nivel mundial, o se reproducirá la mezquina subasta, la especulación y las maneras corsarias o fraudulentas mostradas recientemente por algunos protagonistas, e incluso gobiernos, en la obtención del material necesario para combatir la pandemia y atender y curar a los afectados.

En definitiva: pocas certezas, pero contundentes, y demasiado albur, que no tranquiliza.

Coronavirus: impresiones de una crisis inédita (II). Fragilidad

En un mundo donde la ignorancia tiene mayor poder porque se expande virulentamente por las “redes sociales”, no es baladí recordar otra vez, como hizo Rosa Montero recientemente en su columna de El País Semanal, que la malévolamente llamada todavía hoy “gripe española” brotó en Kansas -yankee de pura cepa- y fue desparramada por el continente europeo por las tropas expedicionarias estadounidenses llegadas al Reino Unido para ayudar en la Gran Guerra.

De eso hace ya un siglo. Esa epidemia mató a muchos millones de personas, especialmente jóvenes, pero no acabó con la humanidad, que sigue enfrentada con los virus desde entonces, y justo sería reconocerlo, con cada vez mayor éxito. Los datos que llegan de China puestos en contexto indican justamente eso: que respecto a lo ocurrido hace un siglo ahora somos capaces de protegernos, aunque no al cien por cien, del avance de estas sustancias microscópicas, ya que algunos no las consideran seres vivos, pero que parece indudable que trabajan denodadamente por hacer lo mismo que nosotros, sobrevivir. A pesar de esto, a largo plazo resulta que en esa contienda -como también apuntaba Montero- alguien tan sagaz e informado como Stephen Hawking no daba un duro por nuestro triunfo.

Y es que estamos mal acostumbrados. Como especie, en nuestra corta historia sobre el planeta, siempre hemos salido victoriosos, a pesar de que en muchas ocasiones nos hayamos dejado pelos en la gatera, con enormes mortandades, e incluso hayamos demostrado la perversidad, que también nos caracteriza, de haber sido depredadores de nosotros mismos, nuestros peores enemigos, el conocido homo homini lupus, alcanzando en los últimos tiempos ejemplos de tal calibre que han dado lugar a un nuevo concepto: genocidio.

Y ahora, más o menos súbitamente, porque los científicos habían advertido en numerosas ocasiones que algo así podría ocurrir, y la literatura y el cine se habían hecho eco, y aunque muchos aún no se lo acaben de creer, aparece uno que nos empuja a empellones a enfrentarnos con el espejo. Y lo que vemos es una humanidad con inmensas capacidades tecnológicas, que posibilitan acciones inimaginables hace poquísimos años -salvo para visionarios extraordinarios como Verne- negándonos unos a otros, imposibilitando respuestas adecuadas y eficaces a los peligros que enfrentamos como especie. Y es que la soberbia y el egoísmo también se encuentran en nuestra genética, pero espero que en esta ocasión ninguno de estos rasgos impida ver en ese espejo otro que también nos define: la fragilidad, tanto la individual como la de la especie.