Trump

 

En España, al final de la dictadura de Francisco Franco, cuando fue hospitalizado y se deducía por el deterioro de su salud que moriría pronto, hubo numerosas personas que compraron botellas de champán, de cava o de cualquier otro vino o licor, según sus preferencias y posibilidades, y las guardaron celosamente en la nevera o en lugar resguardado y a mano, para abrirlas cuando se produjera su fallecimiento y así celebrarlo. Algunos las tenían compradas desde mucho antes. La razón obvia es que consideraban esta muerte un paso inevitable y necesario para que la posibilidad de acceder a la libertad política y con ello a un futuro muy diferente para el país se abriera paso, y en consecuencia un acontecimiento merecedor de ser celebrado. En el plano más sentimental es fácil imaginar que a la vez significaba dar cauce a una mezcla compleja de sentimientos, donde quizá el que menos se produjo fue simplemente de alegría, más bien de alivio y satisfacción, al presumir haber alcanzado una situación desconocida hasta entonces, fruto de la desaparición del principal agente origen de una amenaza y de un mal. Los hubo también que lloraron amargamente esta muerte, supongo que entre ellos la mayoría de los que acudieron a contemplar su féretro expuesto durante algo más de dos días en el Palacio Real y ellos sabrán por qué, aunque de éstos, algunos lo hicieron para sentir también la satisfacción de ver al enemigo convertido en cadaver.

En principio no parece que sean sentimientos muy edificantes, moralmente irreprochables, de los que pueda uno sentirse orgulloso, sentir satisfacción y alivio por la muerte de un ser humano, haberlo deseado incluso, pero lo cierto es que surgen y es verdaderamente muy difícil apartarse de ellos. Y no solamente en el complejo entramado de poder que se establece entre las personas, cuando su resultado es que una mayoría se ve sometida a la voluntad de unos pocos, de forma gravosa y dañina para los propios intereses y anhelos, y sin capacidad para poder oponerse sin riesgo cierto de dejarse la vida en el empeño, porque no se consienten los cauces políticos y legales para ello, como son las dictaduras, sino también en sistemas políticos democráticos como el de Estados Unidos de América, donde sólo hay que esperar cuatro años para desbancar mediante unas elecciones al presidente en ejercicio, y hasta hay mecanismos en su ordenamiento jurídico que hacen posible el cuestionamiento de su integridad y validez y acabar expulsándolo del puesto, como no hace tanto le ocurrió a Richard Nixon. Quizá porque se piense que cuatro años es un periodo demasiado largo -incluso cuatro días- si lo que se espera del titular presidencial como consecuencia lógica de sus hechos anteriores es precisamente todo lo contrario a las más profundas convicciones propias no sólo políticas sino morales, a lo que razonablemente se considera comportamientos dignos y justos.

La idea viene seguida: un amigo, un familiar, bellas personas, conocidos creadores, políticos honestos, aquellos que ayudan, que se entregan, que guían, que emocionan, que nos  hacen mejores y sentir orgullo de ser humanos, que los coge una enfemedad y en un pis pas se los lleva. Las enfermedades no distinguen, no seleccionan, no se informan, no ven las consecuencias…Pero por eso mismo, a veces aciertan. ¿Cuánta miseria y cuántas muertes se habrían dejado de producir si Hitler hubiera enfermado de un cáncer fulminante en 1934?

Yo no me lo voy a permitir, desear que una enfermedad le siegue la vida, porque sería aceptar que este nuevo presidente estadounidense ya ha logrado alcanzarme con su veneno, pero sí deseo y espero vehementemente que sus correligionarios, que dominan las dos cámaras, hagan bien su trabajo -esa capacidad del sistema democrático para compensar el paso de la incompetencia por el gobierno de la que escribía Innerarity hace poco- y no le permitan destrozarlo todo. Y no deberían demorarse. Por mi parte compraré una botella de champán, que pondré a enfríar con la esperanza de poder abrirla pronto, antes de que el grueso de esa devastación se haya consumado.

Catástrofe

Había otras palabras que sintetizaban lo culminado con el resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas del pasado 8 de noviembre de 2016, para titular este comentario, como debacle, sorpresa, hundimiento, desolación…Pero ninguna me parecía que concentrara tantos rasgos definitorios coincidentes con lo sucedido como ésta, que se suele emplear principalmente en relación con hechos naturales destructivos, muy dañinos para el ser humano o su entorno.  El paralelismo con éstos se me hace evidente: por un lado se sabe que pueden suceder, aunque dificilmente se dejen fechar con exactitud -como ocurre con el gravísimo terremoto que se prevé desencadene el ajuste de las placas tectónicas de la falla de San Andrés-. Las advertencias sobre su peligrosidad y toxicidad en los medios de comunicación habían sido reiteradas y unánimes desde que se supo que él, Donald Trump, había logrado la candidatura por el Partido Republicano en la carrera presidencial, exceptuando los que como él se alimentaban de mentiras o medias verdades. Por otro lado cabía la posibilidad de que los agentes impulsores, algunos desconocidos o muy dificilmente detectables en su magnitud, o las circunstancias, acabaran desactivando su desencadenamiento, lo que permitía un cierto grado de esperanza de que no llegara a producirse. Y estaba, claro, el paralelismo con las consecuencias, la proyección del acontecimiento en el futuro, también muy imprevisible en su magnitud pero no en su caracter destructivo y dañino.

Así pues, al final se ha consumado. No ha sido suficiente todo lo argumentado en su contra durante todos estos largos meses de campaña, ni siquiera el conocimiento de los hechos repudiables que ha protagonizado a lo largo de su vida, además de conocer en vivo y en directo los insultos y desprecios que ha dedicado sin ningún escrúpulo a mujeres, negros, hispanos, aliados, y en general toda persona que se cruzara en su camino; había suficientes espíritus afines entre el electorado, incluso entre esos grupos,  como para activar los resortes de un sistema electoral complicado que propicia aupar a la presidencia a quien no ha obtenido la mayoría de los votos. Pero no era sólo eso. No sería justo sacar la conclusión de que toda esa masa electoral que lo ha preferido son personas tan ignorantes y mal educadas como él. Ha habido otros factores.

Para empezar hay que tener en cuenta que su rival no tenía un gran atractivo, ni político ni personal. Considerada por propios y extraños como fría y alejada de la gente, Hillary Clinton no ha logrado convencer de que a cambio era la personificación de la inteligencia, del conocimiento de los problemas y la eficacia en la gestión, o de su compromiso con los grandes valores. El fiasco incomprensible del uso de las cuentas de correo a través de su propio servidor, el luctuoso caso del consulado en Bengasi, o incluso sus poco diplomáticas reacciones ante provocaciones menores sufridas en el ejercicio de su cargo como Secretaria de Estado, no han contribuido a fomentar el prestigio de su capacidad, al que su sustitución por Kerry a mitad de presidencia quizá tampoco ha ayudado. A ello hay que añadir las revelaciones en campaña sobre sus manejos oscuros para tapar los errores y excesos de su marido, que la han asociado con una cierta predisposición a las soluciones turbias.

También ha contribuido la crisis de la democracia representativa a nivel mundial, relacionada con el bien alimentado hartazgo de los políticos por parte de los votantes reales y potenciales, motivado por la reiterada ausencia de concordancia entre lo que se ofrece en los mítines y en los programas electorales y se acaba finalmente realizando en los despachos, aderezado casi siempre con grandes dosis de burocracia, cuyo ejemplo más relevante es el propio legado incompleto de Obama.

Igualmente poco contribuye a la confianza del electorado, que al fin y al cabo son los ciudadanos, el que se estén produciendo cambios en el mundo de gran relevancia en economía y medio ambiente, que afectan a la organización de su vida y a sus expectativas, y de manera especial al futuro de su progenie, y nadie considere de una necesidad imprescindible explicar con detalle y paciencia, sus beneficios y sus costes.

Si además concurre que se produce una campaña en la que todos los medios considerados elitistas y personas famosas cuyo estado de privilegio es a menudo insultante, se muestran partidarios del candidato que representa el aparato del Estado, ya no resulta tan difícil comprender las ganas de hacerle un simbólico, pero muy efectivo, corte de mangas a todos ellos. El voto es todavía el arma cargada de futuro de los que se sienten marginados del poder y la fama.

¿Y ahora qué queda? El dolor de la decepción y la incredulidad, -escribo aún sintiendo una tenue esperanza de que podría despertarme y dejar atrás la pesadilla- que dejan paso al desconcierto ante el futuro y al miedo. Miedo real y fundado dado el delicado equilibrio internacional de poder, que mantiene al mundo preservado de un conflicto violento generalizado, aunque también sea verdad que hay aspectos de la realidad que no hay que dejar de lado, empezando por que las dos cámaras, Congreso y Senado, dominadas ambas por el aparato del Partido Republicano, donde hay que dar por supuesto que hay personas que piensan y están preparadas, ejercerán de hecho un control eficaz al poder ejecutivo de la Presidencia -eso sí, siempre que su titular respete las reglas- lo que hace improbable que las líneas maestras de la política exterior norteamericana cambien radicalmente, o en el ámbito interno se logren soslayar las que ya hay solidamente establecidas en la economía mundial -se me hace impensable, por ejemplo, que Apple acepte fabricar en USA y sus compradores acepten pagar un importante tanto por ciento más por sus productos-. Pero esto es especular, aunque los precedentes son muy desalentadores.

Al final, como después de cada catástrofe, con la importante peculiaridad de que esta acaba de empezar, toca oponerse a la adversidad, reconstruir aprendiendo de los errores, con el objetivo de mantenerse firme y mejorar lo que ya existía, el consenso ya alcanzado por muchos sobre algunos valores, como la libertad, la democracia, la igualdad y la solidaridad, para que si volviera a darse algo parecido -y lamentablemente hay más casos esperando su turno y esto les ha dado un espaldarazo- los daños sean menores y la recuperación más rápida.

Referendum en Colombia

Anteanoche, cuando pasaban 36 minutos de las doce y recibí la noticia de que en el referendum colombiano sobre la aprobación del acuerdo de paz, negociado durante cuatro años entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, había ganado el “no”, confirmado dos minutos más tarde por otra cadena, sentí alivio. En medio ví como en Twitter, una amiga a la que tengo por bien informada y con criterio se lamentaba de manera amarga del resultado.

¿Por qué mi alivio y la pesadumbre de ella? ¿Por qué si a ambos, estoy seguro, la guerra nos parece abominable y como consecuencia lógica e inmediata queremos la paz, reaccionamos de manera casi opuesta?  Creo que lo que nos ha diferenciado es el precio que cada uno ha considerado que una sociedad debe estar dispuesta a pagar. O diciéndolo de otra manera: qué principios nos han parecido irrenunciables y cuáles o qué parte de algunos una sociedad muy amenazada, aun con el mayor esfuerzo, debería estar dispuesta a ceder a cambio de la paz.

En los días anteriores a la votación ya había pensado que en los partidarios de la aceptación del acuerdo apreciaba un cierto síndrome de Estocolmo, tan comprensible entre las víctimas, que luego, en mi opinión, ha sido confirmado por la mayoría que ha votado esta opción en las zonas más afectadas…¿Pero y los demás, los que sin haber sido víctimas directas defendían el voto afirmativo, qué más los movía? Me decía que una mirada al futuro, un deseo perfectamente comprensible de disfrutar de unas oportunidades vitales no condicionadas por la amenaza de una violencia imprevisible e incontrolable, el aseguramiento de los beneficios inherentes a la paz, la libre e intensa circulación de personas, el optimismo, una economía floreciente en todos los niveles, no sólo en los pocos que se aprovechaban de las hostilidades.

Sabiendo y compartiendo esos argumentos, que el mejor futuro pasa por ellos, por que se cumplan, me preguntaba también qué consecuencias trendría para este futuro la aceptación de un acuerdo que implícitamente vulneraba las bases de una convivencia democrática, como es el respeto escrupuloso a las leyes, a los acuerdos de funcionamiento que una sociedad ha creado para regir el comportamiento de sus individuos. Me preguntaba en concreto qué consecuencias tendría en la sociedad colombiana el que los que despreciando esas normas hubieran adoptado otras propias, entre las cuales no hubiera ninguna que impidiera hacer todo el daño posible a unos también creados enemigos, con el fin de conseguir e imponer al resto unos objetivos políticos, que efectivamente se hubieran dedicado en cuerpo y alma a ello durante cincuenta y dos años, y que viéndose incapaces también de alcanzarlos de esta manera, finalmente lograran un acuerdo con las víctimas que les permitiera reintegrarse y volver a ese marco de convivencia que abandonaron,  y no pagar el sobreprecio de las consecuencias de esos actos, como si nada hubiera pasado ni a nadie hubiera afectado. Como una pesadilla que al despertar se desvanece. ¿La propia asunción de responsabilidad y publicidad de la tragedia serviría de suficiente escarmiento para todos, o dejaría el poso del ejemplo válido conforme a sus resultados y propiciaría que otros quisieran aventurarse a probar ese camino?

Puede que el ser humano haya superado, o esté en fase de hacerlo, al menos colectivamente, los rasgos estímulo/respuesta descubiertos en la investigación de Pavlov, y pueda dar respuestas complejas a estímulos también complejos, pero si al nivel individual no es así, si todavía es vigente la conclusión de que lo que hace que un individuo no acerque en exceso la mano al fuego es que ya lo ha hecho anteriormente o ha visto a alguno hacerlo y sabe cuales son las consecuencias, los que eligieron a conciencia la violencia para imponer ideas e intereses y despreciaron en mayor o menor medida las consecuencias en las vidas de todas sus víctimas, no pueden dejar de ser juzgados, sometidos a las mismas normas que rigen para todos los demás individuos que forman parte de la sociedad en la que quieren reintegrarse. Se perdería el efecto de conocimiento ejemplarizante. Y no sería justo al dejar de ser  igualitario. Habría un trato de favor inducido por la amenaza y me resulta muy difícil creer que esa injusticia tuviera la capacidad de ser en el futuro un buen caldo de cultivo de una sociedad sana y próspera.

El asesinato, la extorsión, el secuestro, el lastre económico…Todo espantoso, pero no dejo de tener un profundo e inevitable sentimiento de que la sociedad colombiana estaba siendo forzada a aceptar un chantaje, que la paz de la normalidad y el futuro tenían el precio de aceptar la desigualdad ante la ley, una desigualdad no justificable sino viciada, la necesidad de asumir que debían producirse excepciones, y eso no me parece un precio aceptable, por lo apuntado antes, la mala semilla que siembra.

Me hubiera parecido diferente y mejor la vía de haber alcanzado un compromiso para que soberanamente, aunque fuera teniendo en cuenta de manera inexorable la terrible realidad existente, los legisladores colombianos hubieran introducido matices o correcciones en su código penal que facilitaran y promovieran la reinserción de los automarginados, con tratamientos más benevolentes o ajustados a sus realidades concretas, pero sin eliminarlos, sin ahorrarles el paso por la justicia y sin ningún tipo de privilegio de otra índole, lo que tendría la virtud de atañer a todos, de ser leyes para todos y así evitar en gran medida la negativa excepcionalidad, la insoportable y perversa impunidad subyacente…Pero, puedo estar equivocado, sobre todo cuando no hay que olvidar que hay algo que pende inoculado sobre todas las conciencias en Colombia y es muy pesado de remover: que la excepcionalidad de triste y desacreditada memoria ya se practicó.

Todos y todas

Intercambiaba hace poco con unas amigas impresiones sobre el cansancio que notábamos que nos producía la contemplación de la actividad política actual en España. Nos situábamos, de manera implícita claro, dentro del marco de la crisis económica, de la insatisfacción por comportamientos irresponsables, y de la indignación cuando apuntaban a fraudulentos, que más nos parecían tendentes a engañarnos a los ciudadanos, a darnos gato por liebre, a tomarnos el pelo, que a cumplir con sus jurados o prometidos compromisos con nosotros. Y creo que había consenso en que se trataba de un sentimiento que ocurría a pesar nuestro, de que en fin, no hacíamos nada para ayudar a este cansancio, sino que lo habíamos notado surgir venciendo nuestro interés por estar al día de los asuntos de la gran y la pequeña política, de poseer opiniones formadas sobre ellos, para poder ejercer correctamente nuestra libertad y nuestra crítica o anuencia con las decisiones que tomaran los responsables políticos.

Es en este contexto en el que quiero señalar la cada vez mayor fatiga que me produce el uso de los desdoblamientos de género en todo tipo de palabras. Me estoy refiriendo sí, al uso de “compañeros y compañeras”, “ciudadanos y ciudadanas”, “amigos y amigas” y por encima de todos ellos el engendro “todos y todas”.

Doy por bueno que en origen este uso lo inspira el combatir el sexismo que se muestra en muchos aspectos de nuestra sociedad, pero como no creo que eso ocurra en este caso, porque ha transcurrido un buen tiempo desde que saltaron las primeras voces reclamándolo para analizar bien el asunto, discernir y tener bien formada una convicción, lo percibo o como una dejadez, o una falta de rigor, o un desprecio por el sentido común o el conocimiento de los especialistas, o una impostura o añagaza electoralista más, o todo ello a la vez y, en consecuencia, no me gusta, me desagrada e irrita.

Hay estudios, realizados por profesionales del lenguaje, a los que me remito para dar información rigurosa sobre esto y su particular casuística, como el artículo publicado en El País hace ya algún tiempo por el académico de la R.A.E. Ignacio Bosque, que a su vez citaba a otros autores que habían profundizado en ello, por lo que no quiero repetir  las razones que allí se argumentaban, y que comparto, sino poner el foco en el aspecto del comportamiento hipócrita de los políticos que sí lo hacen suyo y así se expresan en sus intervenciones públicas, cuyo único fin al hacerlo es hacerse pasar por sensibles a los problemas de desigualdad de género, regalar los oídos de las personas sensibilizadas con este asunto y contribuir con ello a obtener su adhesión y como consecuencia el mejor resultado posible en unas elecciones.

Como no creo que la mayoría de estos políticos y líderes que nos hablan de esta manera incorrecta -según la R.A.E. y demás academias como ya he indicado- cuando se dirigen a nosotros en público, hicieran lo mismo si mantuviéramos una conversación privada, sin medios que recogieran y publicaran el mensaje, lo que percibo es, efectivamente, más que ninguna otra cosa, postureo y electoralismo. Y no lo creo porque encuentro dos motivos poderosos para que no lo hicieran: el primero porque en el uso habitual no dejan de hacer caso de una característica primordial y común a todas las lenguas, como es la economía. -¿Qué sentido tiene duplicar el gasto en saliva, tiempo y concentración usando dos palabras cuando una de ellas sola engloba a las dos y expresa todo lo que ambas pueden transmitir? ¡Cuánto más si eso ha de reproducirse decenas de veces en un discurso!- El segundo, íntimamente imbricado con el primero, porque sin duda alguna ninguno cree que haya entre su audiencia alguien que deje de percibir con la suficiente exactitud su mensaje completo si omiten el desdoblamiento.

Por más que intuya la matraca que deben sufrir por parte de sus asesores estos políticos para no hablar como lo hace todo el mundo, de una manera que tachan como sexista, espero de su capacidad y sentido crítico que no se escondan ante una cuestión polémica como ésta y expongan su criterio y razones para este uso. Pero no, lo que ocurre es que optan por el maquillaje y el escaparate, por lo más sencillo y barato, como no deja de serlo apuntarse a esa corriente de cierto pensamiento feminista que tiene como necesario ese uso, lo reivindica y lo promueve, aunque ello vaya en contra de la opinión de los especialistas académicos sean éstos hombres o mujeres. Veo así una contradicción entre lo que de verdad se cree, porque es lo que se practica como habitual en el ámbito privado, y lo que se ven obligados a decir, lo sientan o no, en cada intervención pública. En resumen: hipocresía.

Esto no supone, naturalmente,  que los que se someten a este dictado, de un sexo u otro, no tengan firmes convicciones sobre la igualdad entre las personas, de manera independiente de cual sea su sexo, y también de la necesidad de combatir ese sexismo que existe en muchísimos aspectos de nuestra sociedad -yo no lo sé, pero se lo doy por bueno- sino que en el mejor de los casos no le dan la máxima prioridad ni proponen o legislan medidas que verdaderamente igualen a todos, sino que aceptan el camino fácil, aunque tedioso, pero hipotéticamente rentable, de intentar contentar a todos, orillando la polémica sobre este uso particular del desdoblamiento, y sumándose así, desde mi punto de vista de manera equivocada, a esa corriente feminista porque deben creer, supongo, que los prestigia y los salvaguarda de presentar flancos donde el adversario pueda hincar el diente.

Y me pregunto si los asesores y ellos mismos han considerado las consecuencias negativas en los que los escuchan del aburrimiento y el desinterés por la falta de agilidad y por la reiteración, y la escasez del mensaje, que esta práctica produce, al obligar a acortar el discurso, que necesariamente debe hacerse breve para que puedan caber todas esas repeticiones…

Quizá sólo sea mi caso, pero cuando escucho un comienzo del tipo “quiero deciros a todos y todas” pierdo todo interés por saber qué es lo que sigue, aunque mirado desde otro punto de vista puede que sea éste, además de decir lo menos posible, limitándose a muy pocas ideas para no distraer o dispersar al electorado, el objetivo que se busca conseguir: que lo dicho no sea escuchado, y en la mayoría  de los casos no cale y sea olvidado de inmediato. Al final el triunfo aplastante del engatusamiento y el humo de pajas.

Función de despedida

Las inauguraciones y clausuras de los Juegos Olímpicos se han convertido en el espectáculo heterogéneo de mayor audiencia mundial. Como consecuencia supone un trampolín de lanzamiento único para artistas y más cosas que se cuelan adornadas o camufladas. Al margen de cualquier valoración sobre los criterios estéticos actuales de los británicos, en la moda, la escenografía y el vestuario, la despedida me pareció ramplona tanto en la idea como en la realización. No obstante, como no soy experto en ninguna de las dos disciplinas, sino un simple espectador, puedo permitirme decirlo con toda naturalidad. Si alguien más sesudo o conocedor de los entresijos y dificultades me ilustra, estaré encantado de aprender.

Pero de lo que yo quería hacer crítica, sobre todo, es de la inclusión de Imagine de John Lennon. Al principio, cuando el coro comenzó con la primera estrofa, yo que la he disfrutado y considerado un himno, me conmoví, pero, sin dejar de disfrutar de las notas del piano y el fraseo único de Lennon, caí en la cuenta de que el mensaje de la canción es diametralmente opuesto al espíritu de la celebración y del Comité Olímpico Internacional. Lo que dice la canción y decía Lennon cuando la compuso y la cantaba, era justamente que nos imagináramos abandonando conceptos que nos diferencian artificialmente, como los países y las religiones, para unirnos en el reconocimiento de la hermandad del ser humano, en paz y armonía.

Se me ocurren varias explicaciones a la inclusión de esta canción con este mensaje, la primera que el responsable directo del guión, y quien lo ha autorizado, hayan querido colocar una carga de profundidad para abrir un boquete en el entramado inmoral de intereses en que se han convertido los Juegos Olímpicos, en particular, y las relaciones internacionales políticas y económicas, en general. La segunda es que ninguno de los responsables sepa leer y escuchar, sean unos analfabetos funcionales, y no sepan distinguir el mensaje de una canción como ésta -con afirmaciones comunistas como la renuncia a la propiedad privada- con los de una canción de amor resultona. La tercera, la que considero más probable, y consecuentemente la que me produce indignación y repulsa, es que consideren toda la propuesta de la canción de Lennon, periclitada, digeridos y regurgitados en forma de “marshmallow” todo su carácter y fuerza revolucionaria.