Ya se qué votaré

Llevo tiempo, mucho, acusando la decepción que me producen, y como consecuencia un cansancio profundo, cuando miro a los líderes políticos. Se ha producido un relevo generacional, casi todos son jóvenes de la nueva hornada y, sin embargo, no acabo de pillarles la gracia a ninguno. Se ha instalado la media verdad -cuando no la torpe mentira- en todos sus discursos y no puedo soportar tanta falta de respeto.

Pienso a veces en los periodistas que en estos casi nueve meses de gobierno, desde que Pedro Sánchez accediera a la Presidencia mediante la primera moción de censura ganada en el vigente periodo democrático, ya le llaman con soltura “presidente”, convencido de que para hacerlo han tenido que sufrir un pesado proceso de digestión de la realidad, ya que no creo que antes de que accediera al puesto le tuvieran en gran consideración. Justificadamente, en mi opinión: no había hecho nada digno de recordar, más allá de lucir palmito y aprovecharlo para capitalizar el descontento de los afiliados del partido, aferrándose con ello, contra viento y marea, al puesto de trabajo de secretario general del PSOE, del que sus compañeros, de manera algo rocambolesca y turbia, le habían apartado, por importantes discrepancias con sus planteamientos volubles sobre Cataluña.

A ese proceso de reconsideración ha contribuido -sería injusto no mencionarlo- que sorprendiera con la audaz maniobra de expulsión de Rajoy, que nos libraba de la vergüenza de tener un Gobierno declarado corrupto por la Justicia, y con la posterior formación de uno de cierta altura, repleto de mujeres, y que haciendo honor a las trayectorias profesionales de sus miembros, no se demorara en ponerse a trabajar en las líneas de reformas socialdemócratas que cabría esperar del mismo. Al final, los deslices en algunos nombramientos iniciales (Maxim Huerta), el flirteo con las malas compañías (Dolores Delgado), o algunas incongruencias recientes sobre el nivel de exigencia moral (Pedro Duque, Pepu Hernández) y los errores (como el Consejo de Ministros en Barcelona), no invalidan una labor interesante y reconocible en favor de la presencia de España en el concierto internacional, la corrección de la desigualdad, la justicia social y la histórica, y la buena voluntad respecto a Cataluña.

Con todo, sigue pareciéndome poco reflexivo y no acaba de inspirarme toda la confianza que me gustaría tener en un presidente del Gobierno. No se si verdaderamente tiene un plan para resolver todos los problemas que nos afectan ni si sabe cómo llevarlo a cabo. El grotesco asunto del “relator” y los 21 puntos del independentismo catalán, cuyas versiones de lo ocurrido son diametralmente diferentes no ayuda a ello, más bien lo alimenta.

Nunca he llamado “naranjito” a Albert Rivera, por el respeto que creo que le debo a todas las personas, y especialmente a las que nos representan, sin perjuicio de las críticas que pudieran sugerirme, pero reconozco que últimamente me cuesta no asociar la persona al mote. Y es porque, desde la experiencia de las últimas elecciones andaluzas, su grado de inconsistencia ha aumentado de tal manera que le miro esperando oírle soltar cualquier suerte de incongruencia o eslogan poco afortunado.

Hubo un momento en que me pareció capaz de desempeñar un papel de derecha moderada, de aglutinar a todo ese electorado conservador pero razonable y democrático, cuando se planteó la gran coalición en 2016, como líder flexible y receptivo hacia planteamientos socialdemócratas, sin abandonar su liberalismo económico, y con el plus de conocer y defender Cataluña desde dentro, y ahora me pregunto en qué ha quedado todo eso, qué pensarán cada uno de los intelectuales catalanes del nutrido grupo que propició el nacimiento de Ciudadanos. Al final da la impresión de que la enorme expectativa que despertó, cuando parecía que podía llegar al Gobierno a la primera oportunidad, se ha convertido en una frustración nerviosa que le atenaza y descabala, que le desnuda de ideas y convicciones profundas, mientras el aparato que le rodea en ese partido de rebotados trabaja exclusivamente en cálculos y estrategias electorales.

Respecto de Pablo Casado solo puedo decir que no encuentro un ápice de sintonía. No me inspira ninguna confianza. Cero. Además de no coincidir en ninguno de los planteamientos ideológicos que ha expuesto, me parece un manipulador sistemático, sólo sufrible por aquellos que coinciden con él en sus reflexiones anticuadas y catastrofistas, con profusión de palabras altisonantes. Ayer parecía exultante, como si se viera ya apareciendo por el porche de La Moncloa para dar una rueda de prensa como nuevo presidente. Y lo peor es que no va muy descaminado.

Finalmente Pablo Iglesias, por cerrar el círculo de la juventud, con el que podría decirse que mantengo grandes diferencias de interpretación sobre la historia reciente y sobre como tratar los nacionalismos, aunque coincida con él en la sensibilidad hacia algunos asuntos sociales, parece que ha aprendido la lección de lo negativo de precipitarse, pero no ha abandonado del todo el dogmatismo ideológico, ni su demostrada capacidad para maniobrar entre bambalinas con medias verdades, ni para cultivar su narcisismo carismático. Sería muy mala noticia que su poder de interlocución acabara siendo poder de decisión en asuntos como el de Cataluña.

Así que lo he tenido claro cuando oí ayer por la mañana que el 28 de abril volvería a votar: este gobierno aún no ha consumido su tiempo, apenas lo ha tenido para desarrollar su programa. Ojalá lo obtenga, también con mi voto.

Anuncios

Conversaciones imaginadas: Albert Rivera con su novia, Beatriz Tajuelo

_ Sí, lo sabía, pero no acabo de entenderlo. Pensaba que habría un orden cuando llegaran estos momentos clave, que organizaríais el trabajo de forma que hubiera un instante cada día en que se pudiera echar el cierre y hasta la mañana siguiente, aunque de nuevo hubiera que levantarlo temprano. No me parece sano que estés pendiente del teléfono hasta cuando duermes. ¿Qué ocurrirá si acabas siendo presidente del Gobierno?

Tienes, además, gente de confianza con la que te puedes turnar: no necesitas estar tú  atento a cualquier movimiento que hagan los demás.

Siento que sea así, pero lo llevo mal. Cada vez peor. ¿Cuántas veces hemos cenado juntos estas dos últimas semanas..? ¡Una, y llegaste a las once y media al restaurante, como hoy!

_ Tienes razón, Bea…Sí lo se, pero ya sabes que llevo un tiempo desbordado, nervioso…Esta iniciativa de apoyar al PP, a la que la ejecutiva me ha empujado, no me acaba de convencer…¡Tanta estrategia! Fernando y Juan Carlos lo tienen claro, hay que capitalizar nuestra fuerza, pero yo me encuentro entre la espada y la pared y la sensación cada vez más nítida, a medida que avanza el envite, de que prefería la pared. Ahora siento que estoy exponiéndome a unir mi suerte no ya a la del PP, sino a la de Rajoy.

Es verdad que España no se puede permitir una dilación indefinida con un Gobierno en funciones-lo siento así, mira hoy mismo, si no creo que el presidente del Gobierno español tendría que haber estado presente en la reunión con Merkel, Hollande y Renzi para tratar el futuro de la Unión, tras el triunfo del Brexit-, pero la impresión de que Rajoy se sale con la suya de permanecer y nos impone este calendario retorcido me quema, porque puede terminar acabando no sólo conmigo, también con Ciudadanos.

Yo no creo que con Rajoy al mando la corrupción sistémica se pueda erradicar como tampoco mejorar lo de Cataluña; lo he dicho veinte veces veinte en la ejecutiva y a los colaboradores, y a ti misma, porque creo, por un lado,  que es uno de los nodos de la trama,  no el principal, ni el origen, pero sí uno más de los beneficiados por los sobresueldos y, un poco a imitación de Franco, testigo de la corrupción de los demás, lo que crea una suerte de equilibrio sólido de contrapesos. Por el otro su irritante pasividad sólo ha hecho que crear independentistas. Parece que lo único que sabe es resistir -acuérdate del tuit a Bárcenas o cómo sostiene a Barberá- y que la justicia no logre y acabe estimando que hay pruebas definitivas.

_ Sí, ya lo se, pero tienes que enajenarte de vez en cuando del partido…Aunque sólo sea por lo que te he dicho alguna vez: que es la única manera de tener nuevas perspectivas que den lugar a nuevas ideas.

_ Mi primera opción ha sido siempre lograr un pacto constitucionalista de los dos grandes partidos con nosotros ejerciendo de elemento aglutinador y renovador. Eso consolidaría Ciudadanos, y en la medida en la que pudiéramos atribuirnos ciertas reformas nos haría crecer…Incluso podría hacerme presidente. Ya se lo dije a Pedro Sánchez, que si nuestro pacto no lograba el gobierno seguiría intentándolo. Aunque es verdad que este resultado en las segundas elecciones nos ha debilitado y nos aboca a este papel un poco mamporrero.

Con él he hablado hoy mismo, que me ha llamado para reprocharme que tenga a medio partido unido al coro que le exige que se abstenga y permita a Rajoy ser presidente de nuevo…Y he tenido que recordarle que ese acto de generosidad patriótica, de demostración de que el interés del Estado prevalece en su acción política sobre el legítimo también interés partidista o personal, es lo que juntos le exigimos al PP cuando el candidato a la investidura era él, y con la cara de cemento que los caracteriza contestaron “no” y abortaron esa iniciativa que con tanto esfuerzo habíamos logrado. Esa es la diferencia moral -le he dicho-: puesto en la misma situación tu no puedes hacer lo mismo…

_ ¿Y qué te ha constestado?

_ Que tras la segunda votación fallida de Rajoy del 2 de septiembre, espera el encargo del rey y que yo esté dispuesto a mantener esta actitud positiva, pero esta vez hacia su proyecto pactado con Podemos…

_ ¡¿No?!

_ Lo que oyes. Está empeñado en ser quien promueva el cambio constitucional que de encaje a los nacionalismos…

_ ¿Y se olvida de que necesita dos tercios y de la mayoría adversa del Senado?

_ Está convencido de que si en el Congreso logramos un acuerdo constitucional con los nacionalistas los populares serán incapaces de no aprobarlo.

_ Me fundes los plomos, ¡otro espíritu mesiánico! ¡Qué peligro! Anda, vamos a pedir que son las doce y cerrarán la cocina…

 

 

Desinformación

 

Al final la táctica se impuso sobre el interés del país: la XI legislatura concluyó en aborto.

La estadística no debe mostrar suficientemente el hartazgo que nos produce a los ciudadanos este frenazo en el desarrollo de la normalidad política, como lo es seguir avanzando en la resolución de los problemas, la mejora de las condiciones de vida y el aumento de las oportunidades de toda índole, en definitiva sustentar la esperanza de las generaciones en el futuro, porque los datos que haya ofrecido sobre este asunto no parece que hayan sido tenidos en cuenta. Hartazgo al que contribuye esa disolvente sensación de inevitabilidad de lo ocurrido, de que no tenía remedio, de que con esos mimbres protagonizando la escena era imposible obtener el cesto, todo lo cual tanto debiera preocuparles a los políticos, por lo que supone de alejamiento de lo público, de retracción de los individuos a sus asuntos exclusivos, de pérdida de interés por lo común y aumento del ombliguismo y la insolidaridad, y en definitiva de retrato de sí mismos.  Cualquier político honesto, cuyo fin primordial fuera mejorar la sociedad en la que vive, debería temer y evitar ese panorama -el rechazo de esa sociedad o en el mejor de los casos su falta de complicidad,  su indiferencia- como el peor posible para lograr ese objetivo…Pero no parece ser así aquí en España ahora, sin que me consuele echar un vistazo allende estas fronteras, donde puede ser peor.

Precisamente hay observadores alejados que aprovechan esa circunstancia para desarrollar opiniones muy interesantes sobre las razones del fracaso, como la baja calidad -ya apuntada- de los protagonistas políticos, dada la pérdida de prestigio y reconocimiento económico que tiene esta carrera, que desincentiva las vocaciones de los más capaces o mejor preparados. O sin centrarse en las personas, reconocer que el devenir político, a pesar de las dificultades evidentes -crisis económica y crisis de identidad- tiene una inercia de funcionamiento democrático no desdeñable, amparado por la pertenencia a la Unión Europea, y por tanto la situación no es tan grave como lo era tras la muerte del dictador Franco, donde una decisión equivocada conducía al abismo, lo que permitiría un cierto grado de irresponsabilidad de los actores.

Como complemento a estas interpretaciones, que en buena medida comparto, a mi me llama especialmente la atención y me acongoja, la pobre calidad del mensaje que se maneja. Es probable que sea la propia estructura actual de la comunicación lo que lo propicie, que se desarrolla en cauces diferentes a los que conocíamos los que crecimos antes de la llegada de esta evolución tecnológica, cada vez más urgida de ser inmediata y mínima, cuyo paradigma es Twitter y sus 140 caracteres, y en consecuencia carente del filtro de la imprescindible sedimentación. También el uso generalizado de las redes sociales y los medios digitales, al que todos accedemos y deja a los profesionales flotando desperdigados en esa marea. Pero, sobre todo, la responsable es la propia renuncia de los políticos a comprometerse con la emisión de un mensaje nítido y completo que los defina, que exponga adecuadamente su pensamiento y su programa, las medidas concretas mediante las cuales pretenden alcanzar los objetivos que proponen. Sus itinerarios. Parece que se sienten cómodos ahí, en la superficie, chapoteando en esa sopa de mensajes simplones, de lugares comunes, conscientes de que no definirse los beneficia. Y con ello muestran lo poco que confían en la capacidad del electorado para entender argumentos complejos. Claro que tambíen puede ser que ni siquiera ellos entiendan tales argumentos, por ejemplo los económicos, y por tanto se sientan incapaces de reproducirlos o defenderlos sin quedar en ridículo.

Como sea, lo cierto es que a los receptores de información lo que nos llega siempre son slóganes, que apenas definen nada, cuando no sencillamente son invitaciones al despiste, a tragar bulos, o en el mejor de los casos medias verdades, lo que en definitiva no es más que una visión parcial de la realidad y en consecuencia son en buena parte una falsedad.

Todo esto me produce una desconfianza importante hacia los candidatos. Me empiezo a preguntar  sobre sus verdaderas intenciones, principalmente si defienden los intereses comunes o los suyos propios o los de sus afines. También qué concepción del futuro colectivo tienen, no sólo el nuestro local, cuya importancia e interés para mi, disminuye proporcionalmente con el rápido empequeñecimiento del espacio planetario, al impedir con ello eludir los efectos de lo que otros en el otro extremo del globo deciden, sino por tanto, cómo creen que debe ser el mundo, qué normas deben regir la convivencia política y la actividad económica internacional.

Con todo ello cumplir con la obligación moral de participar votando se convierte en una tarea pesada de discernimiento, de desbroce, empezando por las habilidades de los candidatos a la exposición mediática. Sin duda los hay muy capaces de engatusar por su simpatía, su gracia personal, su capacidad de seducción en la distancia corta, su imagen personal más o menos afin a los cánones que cada uno entiende como propios…Pero eso es paja. Lo importante son sus convicciones profundas y su capacidad y determinación para lograrlas y de eso encuentro demasiado poco para ser suficiente.