Cursis felices

Estaba anotando para mi pedestre contabilidad algunos tiques pagados con tarjeta de crédito cuando, llegado a uno de un gran almacén, me he sobresaltado porque la enumeración de los conceptos empezaba por “bóxer”…¡y seguía con “souquets”! lo que me ha hecho pensar, por un instante, si por error me habrían dado el de otro comprador. Pero no, de inmediato he caído en la cuenta de que los “bóxer” eran los prosaicos calzoncillos que había pedido, y los “souquets” los calcetines. ¡Vaya cursilería!

Me he molestado en mirar en el Diccionario de la RAE, qué significaban ambos palabros y si bien el primero sí tenía un significado, pero nada que ver con la prenda, sino con la sociedad secreta china que hostigó a los occidentales perturbadores, cuando éstos imponían demasiado sus criterios por allí al principio del siglo XX, el otro no; ningún resultado para “souquet”. Explorando en otros diccionarios tampoco está recogido en catalán, ni en francés, ni en italiano. Sí en inglés, que significa lo mismo curiosamente que en gallego: ramo de flores. Así que me he sonreído un rato imaginando qué haría con el trío de sectarios político-religiosos chinos y cómo repartiría por la casa la casi decena de ramos. Y ya, siguiendo con el divertido asunto, qué cara pondría la persona que me viniera a planchar -si la tuviera- cuando le dijera, sin inmutarme, que los “souquets” no necesitaba plancharlos, que me bastaba con emparejarlos bien estirados. Y los “bóxer” sin raya, por favor.

En la publicidad y el comercio se han impuesto la ignorancia y la estupidez. Y ha calado. Supongo que en estos tiempos de sometimiento al ejercicio constante de la aprobación o desaprobación de cualquier cosa -el mismo almacén te pide encarecidamente que valores el trato recibido por el dependiente- con lo que ello supone de devaluación de tal ejercicio, ningún publicista o encargado de dar nombre a los artículos puede permitirse no seguir la corriente, por bobo que le parezca.

Por esa suerte de complejo de inferioridad que nos invita a auparnos a palabras que no usamos, o a adoptar las que escuchamos como novedosas, de manera acrítica, aunque se refieran a conceptos corrientes, nuestra lengua se va llenando de intrusas, principalmente anglicismos, que suplantan a las ya existentes. El principal logro, deduzco, es emplear una terminología críptica, que delimita y encumbra a aquellos que la emplean y entienden, dejando al resto al margen.

La verdad es que no es un fenómeno nuevo, solo se ha disparado. Ha pasado de la anécdota a la generalidad. Cuando era joven las protagonistas eran “boutique”, “blazer”, “boite”, “drugstore”…Y ahora “aplicar”, “target” “coffee shop”, “outlet”, “fashion”, “running”…

El predominio del inglés en esta tendencia es abrumador, arrinconando a otras lenguas que nos prestaban conceptos, como el francés, lo cual es totalmente lógico, dada su omnipresencia a nivel mundial, bien apoyada en otro hecho objetivo, que la tecnología en general y la de la información y la comunicación en particular, que cada vez más lo impregna todo, se acuña en inglés.

Pero no insisto. Lo dejo ya porque según escribo me convenzo más de que el disonante soy yo y lo que me tenía que haber ocurrido al ver mi tique, en lugar del mohín y la depresión, era un subidón de autoestima por ser un comprador tan “cool”.

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Ya se qué votaré

Llevo tiempo, mucho, acusando la decepción que me producen, y como consecuencia un cansancio profundo, cuando miro a los líderes políticos. Se ha producido un relevo generacional, casi todos son jóvenes de la nueva hornada y, sin embargo, no acabo de pillarles la gracia a ninguno. Se ha instalado la media verdad -cuando no la torpe mentira- en todos sus discursos y no puedo soportar tanta falta de respeto.

Pienso a veces en los periodistas que en estos casi nueve meses de gobierno, desde que Pedro Sánchez accediera a la Presidencia mediante la primera moción de censura ganada en el vigente periodo democrático, ya le llaman con soltura “presidente”, convencido de que para hacerlo han tenido que sufrir un pesado proceso de digestión de la realidad, ya que no creo que antes de que accediera al puesto le tuvieran en gran consideración. Justificadamente, en mi opinión: no había hecho nada digno de recordar, más allá de lucir palmito y aprovecharlo para capitalizar el descontento de los afiliados del partido, aferrándose con ello, contra viento y marea, al puesto de trabajo de secretario general del PSOE, del que sus compañeros, de manera algo rocambolesca y turbia, le habían apartado, por importantes discrepancias con sus planteamientos volubles sobre Cataluña.

A ese proceso de reconsideración ha contribuido -sería injusto no mencionarlo- que sorprendiera con la audaz maniobra de expulsión de Rajoy, que nos libraba de la vergüenza de tener un Gobierno declarado corrupto por la Justicia, y con la posterior formación de uno de cierta altura, repleto de mujeres, y que haciendo honor a las trayectorias profesionales de sus miembros, no se demorara en ponerse a trabajar en las líneas de reformas socialdemócratas que cabría esperar del mismo. Al final, los deslices en algunos nombramientos iniciales (Maxim Huerta), el flirteo con las malas compañías (Dolores Delgado), o algunas incongruencias recientes sobre el nivel de exigencia moral (Pedro Duque, Pepu Hernández) y los errores (como el Consejo de Ministros en Barcelona), no invalidan una labor interesante y reconocible en favor de la presencia de España en el concierto internacional, la corrección de la desigualdad, la justicia social y la histórica, y la buena voluntad respecto a Cataluña.

Con todo, sigue pareciéndome poco reflexivo y no acaba de inspirarme toda la confianza que me gustaría tener en un presidente del Gobierno. No se si verdaderamente tiene un plan para resolver todos los problemas que nos afectan ni si sabe cómo llevarlo a cabo. El grotesco asunto del “relator” y los 21 puntos del independentismo catalán, cuyas versiones de lo ocurrido son diametralmente diferentes no ayuda a ello, más bien lo alimenta.

Nunca he llamado “naranjito” a Albert Rivera, por el respeto que creo que le debo a todas las personas, y especialmente a las que nos representan, sin perjuicio de las críticas que pudieran sugerirme, pero reconozco que últimamente me cuesta no asociar la persona al mote. Y es porque, desde la experiencia de las últimas elecciones andaluzas, su grado de inconsistencia ha aumentado de tal manera que le miro esperando oírle soltar cualquier suerte de incongruencia o eslogan poco afortunado.

Hubo un momento en que me pareció capaz de desempeñar un papel de derecha moderada, de aglutinar a todo ese electorado conservador pero razonable y democrático, cuando se planteó la gran coalición en 2016, como líder flexible y receptivo hacia planteamientos socialdemócratas, sin abandonar su liberalismo económico, y con el plus de conocer y defender Cataluña desde dentro, y ahora me pregunto en qué ha quedado todo eso, qué pensarán cada uno de los intelectuales catalanes del nutrido grupo que propició el nacimiento de Ciudadanos. Al final da la impresión de que la enorme expectativa que despertó, cuando parecía que podía llegar al Gobierno a la primera oportunidad, se ha convertido en una frustración nerviosa que le atenaza y descabala, que le desnuda de ideas y convicciones profundas, mientras el aparato que le rodea en ese partido de rebotados trabaja exclusivamente en cálculos y estrategias electorales.

Respecto de Pablo Casado solo puedo decir que no encuentro un ápice de sintonía. No me inspira ninguna confianza. Cero. Además de no coincidir en ninguno de los planteamientos ideológicos que ha expuesto, me parece un manipulador sistemático, sólo sufrible por aquellos que coinciden con él en sus reflexiones anticuadas y catastrofistas, con profusión de palabras altisonantes. Ayer parecía exultante, como si se viera ya apareciendo por el porche de La Moncloa para dar una rueda de prensa como nuevo presidente. Y lo peor es que no va muy descaminado.

Finalmente Pablo Iglesias, por cerrar el círculo de la juventud, con el que podría decirse que mantengo grandes diferencias de interpretación sobre la historia reciente y sobre como tratar los nacionalismos, aunque coincida con él en la sensibilidad hacia algunos asuntos sociales, parece que ha aprendido la lección de lo negativo de precipitarse, pero no ha abandonado del todo el dogmatismo ideológico, ni su demostrada capacidad para maniobrar entre bambalinas con medias verdades, ni para cultivar su narcisismo carismático. Sería muy mala noticia que su poder de interlocución acabara siendo poder de decisión en asuntos como el de Cataluña.

Así que lo he tenido claro cuando oí ayer por la mañana que el 28 de abril volvería a votar: este gobierno aún no ha consumido su tiempo, apenas lo ha tenido para desarrollar su programa. Ojalá lo obtenga, también con mi voto.

Taxistas

Ya se ha dicho: las dos partes enfrentadas tienen parte de razón en reclamar su trozo del pastel. Los que estaban, porque fueron y están sometidos a un cierto control, condiciones exigidas por la Administración en cuanto a titulación, formación y requisitos técnicos y jurídicos, precios regulados… Y los recién llegados, porque ofrecen un reconocido mejor servicio, e incluso ocasionalmente más barato -aunque sobre esto hay mucho que decir- apoyados en una visión más exigente del mismo, y aprovechando las nuevas capacidades que ofrece la tecnología.

También se ha dicho que la Administración, que ha intervenido o se ha ausentado, dependiendo del asunto, en su relación con ambos colectivos, así mismo tiene una parte importante de responsabilidad en la creación del conflicto que ahora se vive. Principalmente consintió la disparada y disparatada especulación con las licencias de taxi, por un lado, y por el otro concedió, de manera incomprensible, muchas más autorizaciones para los VTC de las que sus propias normas señalaban -cerca del doble en media nacional-.

Se ha abogado por subvencionarlos para paliar los traumas derivados y tiene lógica -sobre todo si la Administración ha ayudado a generar el problema- pero entonces no dejemos ningún sector o colectivo a los que el progreso -pero también sus propias decisiones- empujan hacia la cuneta de la marginación social y el olvido -como los mineros del carbón- .

Puede resultar sugerente añadir también, que se trata de un enfrentamiento fruto del lógico desgarro entre conceptos del pasado -primacía de lo local, servicio público y ecosistema monopolístico, periclitados- frente a la imperante concepción del mundo, bien nutrida de palabras de prestigio cotizado, como las de globalización, eficiencia y libertad, aplicadas a la empresa y a la competencia, pero eso tropieza con algunos datos de la realidad que no lo avalan. Resulta que en el afán por establecer entornos privilegiados o monopolísticos, ambos colectivos se igualan, lo cual forma parte de la naturaleza humana. Saber que Uber, el principal impulsor de este modelo de negocio nacido en 2009, todavía no ha dado un resultado positivo en sus balances, tras tantos años de inversiones millonarias, a pesar de la poca relevancia de los ingresos que obtienen sus conductores, pero que es valorada para su salida a bolsa en USA, en 120.000 millones de $, indica que la apuesta importante no es tanto lo que ahora se discute, como estar situado de la manera más privilegiada en la carrera mundial por monopolizar el servicio de la futura movilidad sin conductor. Tengo la impresión de que ese es el bocado buscado. Lo que no impide que mientras dure el camino, se vayan obteniendo cosas de valor, o se prueben otras vías de negocio convergentes, y algunos depredadores menores -de hecho parece que un antiguo dirigente de las asociaciones de taxi es uno de los más importantes empresarios acaparadores de licencias VTC- se apunten a la fiesta, sabiendo, probablemente, que todos los conductores tienen ya inoculado el virus de su desaparición, sustituidos por la capacidad tecnológica. Ese es su destino a no muy largo plazo: desaparecer.

Esa máquina está ya en marcha. El vehículo que transporte a los viajeros será capaz, no tardando mucho, de realizar esta labor sin el concurso de un conductor. Ofrecerá agua y más cosas, y preguntará qué camino de los posibles prefiere el pasajero, si pone alguna emisora de radio o deja la música, y lo hará con el acento, el timbre de voz y el idioma qué prefiramos, y -¿por qué no?- el olor que más nos guste.

Y el monopolio habrá dejado de ser local para ser mundial, y el servicio, en todos sus aspectos, empezando por el precio, retornará a cotas menos deseables, siempre, claro, que las administraciones competentes no lo remedien.

La Gran Vía de Madrid

El pasado viernes 24 fue inaugurada oficialmente por la alcaldesa Manuela Carmena la última remodelación de esta centenaria y emblemática arteria de Madrid, que le proporciona una fisonomía más amable para los ciudadanos que aún disfrutan caminando. La hice una visita al día siguiente, sábado, con el cielo muy encapotado y barruntando lluvia.

Principalmente se han ensanchado las aceras, pero también se la ha decorado con un nuevo mobiliario urbano, bancos de piedra y de madera, semáforos exclusivos, y unos hermosos y exóticos árboles, junto con macizos, que aún deben consolidarse. Una nota de vegetación, en especial la arbórea, que se echaba de menos, sobre todo en verano.

Pero no han sido sólo los paseantes de la ciudad y los turistas los que han sido beneficiados, en mi opinión. Si bien sobre esto hay una viva controversia -pocos días después  incluso los conductores de los autobuses municipales parecían quejarse- creo que el comercio, los hoteles y los espectáculos, los tres pilares principales de la actividad económica de esta vía, también apreciarán pronto las ventajas de un entorno más monumental y más adaptado a una movilidad colectiva e intensa.

Llena de hoteles y edificios importantes que van contando algunos de los acontecimientos que jalonan la historia de esta ciudad,  nace en diagonal desde la margen izquierda de la calle de Alcalá, cuando ésta ya se ha ensanchado buscando la plaza de Cibeles, iniciando una subida que traza una suave línea curva, lo que le proporciona un atractivo peculiar, y culmina, a la altura de la Red de San Luís y el arranque de la calle de Hortaleza, en una planicie recta que se extiende hasta más o menos la plaza  del Callao, donde se produce un ángulo menor a la derecha, y entonces desciende, de nuevo recta, hasta su desembocadura en la plaza de España.  

El inicio, ayer 30 de noviembre de 2018, de Madrid Central, supone un buen colofón a este giro hacia la modernidad para resolver los problemas de contaminación y estrés circulatorio de una ciudad grande como Madrid. Bienvenido sea.

Comienzo de la calle en su orilla izquierda con el innumerables veces fotografiado edificio Metrópolis, que forma la esquina redondeada con Alcalá.

Encuadre en el que se aprecia donde comienza la numeración de los impares, con el edificio que aloja la joyería Grassy (ahora cubierto por ese cartelón) y los pares, en el de esa galería que aparece festoneada con la bandera nacional, inicio de la calle Marqués de Valdeiglesias.

Los cuatro carriles de este tramo, bien representados en la señal sujeta en la farola y también marcados sobre el pavimento.

Los telones de luces navideñas, con la torre de Telefónica y sus relojes.

La primera tienda de Loewe, la empresa de marroquinería con raíces en el siglo XIX, en la Gran Vía, haciendo esquina con la calle Victor Hugo, inaugurada recién acabada la Guerra Civil, en 1939.

El hermoso edificio del número 7.

El perfil del edificio de Telefónica.

Tráfico intenso, a una semana vista de la entrada en vigor de Madrid Central, profusamente anunciado.


El chaflán y la marquesina de cristal del hermoso edificio de la esquina con la calle Clavel.

La suave curvatura.

Curvatura que no impide vislumbrar al fondo el edificio Carrión, junto a la plaza de Callao.

El edificio del número 13.

La otra esquina achaflanada de la calle Clavel.

Real Oratorio del Caballero de Gracia.

El negocio del azar también ha cobrado su pieza en la Gran Vía.

La curvatura vista desde más o menos desde su eje, en los pares.

El edificio que hace esquina a la derecha de la Red de San Luís, con la valla que delimita la actual rehabilitación de la plaza para remodelarla, incluyendo la salida de la estación del metro. 

La cúpula del edificio de Telefónica desde la plazuela de la Red de San Luís

En esta parte la calle se ensancha, aunque la calzada permanece con los cuatro carriles con los que comienza. 

Aquí se aprecia bien el ensanchamiento de la parte peatonal, que la convierte en una avenida cómoda y agradable de transitar.

Inicio de la calle Valverde, una de las peatonalizadas que parten o se asoman a la Gran Vía.


Otras, aunque conservan la calzada acotada por bolardos, y el uso para circular vehículos, también fueron rehabilitadas y arboladas por consistorios anteriores.

Grandes firmas que han querido estar aquí.

Los macizos que necesitaran mimo para consolidarse.

Otro edificio, el Carrión, obligado a adaptarse a las irregularidades en el trazado de las calles del Madrid más antiguo, que alberga el cine Capitol e incrementó su presencia en el imaginario colectivo de varias generaciones por su protagonismo en la película El día de la bestia dirigida por Álex de la Iglesia. 

El más viejo Madrid que asoma por las bocacalles que confluyen en la Gran Vía. 

El lateral de la plaza del Callao con el edificio de los cines del mismo nombre, que hace esquina con la calle de Jacometrezo. 

De nuevo el edificio Carrión, como la proa de la parte menos antigua de la Gran Vía

Visión desde la plaza del Callao del último tramo en descenso, con el edificio Torre de Madrid al fondo.

También  desde la Plaza del Callao, el abigarramiento del tráfico de ese sábado.

La maraña de luces que jalonan toda la vía hasta su desembocadura en Plaza de España.

El edificio Torre de Madrid, que durante décadas fue el más alto de la capital.

El edificio más reciente en la acera de los pares, frente al cine Capitol.

Panorámica al amparo de la marquesina del Capitol. 

En este tramo, desde Callao, sin renunciar a las muy anchas aceras, la calzada añade un carril específico para bicicletas.

Aquí se aprecia mejor ese carril, a la vez que asoma, en la confluencia con la calle San Bernardo, ese edificio de ladrillo visto del Madrid menos monumental y más habitual en el final del XIX y comienzos del XX.

Uno de los edificios de esta parte más reciente, coronado por una imponente figura. 

De nuevo el carril de bicicletas perfectamente delimitado. 

Vista desde la misma Plaza de España.

Tomas ampliadas desde el mismo punto, donde se observa como la construcción es más moderna, de mayor altura, y donde aparece, al fondo,  el edificio que forma la esquina de la Plaza del Callao con la Gran Vía.

Maldad infinita

Hay momentos en los que la constatación de algunas realidades invita a mirar con envidia el destino de algunos que ya se marcharon. Personas que ya cerraron su umbral histórico y así se libraron de presenciar o vivir horrores de los que la humanidad se muestra perfectamente capaz de producir. 

Cuando recuerdo suicidios memorables, por la notoriedad de la persona que lo cometió, como el de Estefan Zweig, por un lado me entristece, en la medida en que de no haberlo llevado a cabo habría conseguido ver como aquella conflagración se resolvía a favor del bando en el que él se hubiera sentido mejor representado, pero, también me satisface porque no habría conocido el espantoso horror de la mortal culminación del deseo de exterminar a otros seres humanos, que fue el llamado Holocausto. 

¿Le hubiera compensado a su alma refinada, bien preparada para el deleite moral, intelectual y estético, la victoria bélica sobre el totalitarismo, del sufrimiento de constatar el feroz aniquilamiento de millones de personas, especialmente próximas? ¿O de los inconcebibles bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, sobre todo este último, cuando ya se sabía sin duda razonable la horrorosa magnitud del daño que produciría?

Puede que en otros tiempos históricos, el riesgo de la tragedia, de la llegada del cataclismo, fuera tan notable como ahora, los terremotos, las enfermedades para las que no se tenía cura, la colisión con un asteroide, pero ahora siento que este riesgo se ha multiplicado porque la posibilidad de intervención, de influencia del ser humano, de responsabilidad sobre el mal, se ha agigantado. 

La vida nunca ha valido mucho, pero ahora, quizá porque la inmediatez de la comunicación nos llena de horrores y muertos a diario, no tengo la impresión de que haya aumentado su cotización. 

La inquietud se adueña de la percepción sobre el futuro, el desasosiego anega el ánimo, y sólo el refugio en lo más cercano e inmediato, lo que nos permite actuar sobre ello, la familia, los amigos, el entorno, alienta momentos de felicidad. 

Especialmente cuando se toma conciencia de que hay personas, y organismos, y gobiernos que siguen funcionando como si la humanidad no fuera una, como refleja esta noticia de hoy en El País, donde se cuenta la preocupación de algunos científicos sobre los caminos en la investigación que consideran perversos, al calor de concepciones del mundo, que en mi opinión deberían abandonarse por antiguas, por superadas, porque no responden a esa auténtica realidad de unidad e igualdad del ser humano, que a lo que debiera invitar es a la fraternidad y no a prepararse para causar el mal, aunque son, por desgracia, ampliamente compartidas por los que ejercen el poder.

Compromiso

Parece que Daimler, el fabricante de los Mercedes Benz, ha esperado hasta el último momento -el seis de agosto-, pero también ha pasado por el aro de claudicar a su derecho legítimo a hacer negocio en Irán, por la amenaza real que supone sufrir las consecuencias de las sanciones que ha impuesto el actual presidente de Estados Unidos, tras romper unilateralmente en mayo pasado el Acuerdo Nuclear con ese país. Hay que recordar que el resto de los firmantes –China, Gran Bretaña, Rusia, Alemania y Francia– no han visto el motivo que justifique no hacer honor a lo firmado.

Antes que Daimler ya el grupo francés PSG, fabricante de Peugeot y Citroën,  había anunciado su retirada de este mercado, lo que hace pensar que, previsiblemente no  será la última gran empresa en hacerlo, a pesar de la contraofensiva de la Comisión Europea apoyando decididamente la libertad y legitimidad de sus empresas para ejercer su actividad en Irán, lo que me deja un poso de indignación y tristeza. ¿No hay nada que impida que se imponga el más fuerte, aunque no tenga razón?

La constatación es evidente, a las empresas no les basta saber que actúan en la legalidad y que son apoyadas por su administración política, porque hacen cálculos y el resultado de caminar por la vía de las reclamaciones y del Derecho Internacional, da un balance peor que someterse a la arbitrariedad del poderoso, lo que desprende un hedor de abuso de poder difícil de no percibir, sin angustiarse.

Cabe preguntarse qué puede hacer el ciudadano para intentar impedir el atropello y lo primero que se antoja es renunciar a comprarse ese Mercedes que resulta tan goloso a los ojos…Es decir, penalizar a la empresa pusilánime, que cede al abuso,  con el boicot a sus productos, e intentar actuar de contrapeso en esa balanza. Pero, claro, si tal ciudadano lo piensa un poco mejor, en primer lugar puede darse cuenta de que nunca ha tenido intención real de comprarse ese vehículo, por la imposibilidad económica de hacerlo, luego esta acción no está en su mano. En segundo lugar, que tampoco podría aspirar a comprarse prácticamente ningún otro,  no ya porque le siga faltando la capacidad económica -que puede que también- sino porque no hay empresas que no hayan cedido a esa presión… Pero, sobre todo, porque una terapia de este tipo, aumentando la intensidad del mal, sumándose a la presión, puede acabar matando al enfermo, lo cual es previsible que no beneficiaría a nadie.

Resulta, pues, difícil definir los límites que debe tener el compromiso político o geopolítico de las empresas. Parecen claros los principales compromisos que se les puede exigir: el social (salarios y condiciones de trabajo justos), el  económico (beneficios), el medioambiental (preservación y sostenibilidad),  y con la legalidad, ¿pero políticos?

Somos los ciudadanos los que tenemos el compromiso de ejercer la política participando activamente, señalando los problemas, en la denuncia y en el debate, y siempre, al menos, votando. Es esto lo que puede impedir que se imponga el más fuerte, aunque no tenga razón.

De ahí que quede un trascendental camino por recorrer, dado que todavía los ciudadanos del mundo no podemos votar, todos, quien ocupa el poder de tomar decisiones que nos afectan a todos.

Quizá no sea la mejor opción todavía una democracia directa, que se imagina inverosímil, sino una representativa como la que prefigura la O.N.U., pero es imprescindible que esta representación sea real y equilibrada, y se sostenga en un respeto escrupuloso a la legalidad internacional, cuyo andamiaje parece necesario mejorar, a tenor de los hechos, una vez más.

¡Cállate, niña!

Sí, se trata de la canción de Pic-Nic, publicada en 1968 y que encarna maravillosamente la voz de una jovencísima Jeannette, que fue quien la compuso, al parecer sobre la base de una nana tradicional inglesa.

La música es sencilla, pero muy afortunada. Pasa el tiempo bien por ella, me sigue produciendo placer escucharla, con esa segunda voz masculina, que a veces duplica y otras replica el fraseo de la muy atractiva voz femenina, dotada de un timbre aniñado y una pronunciación levemente anglosajona -que resultó rompedora-  y los arreglos musicales bien equilibrados, con las  intervenciones de la armónica y de detalles tan sutiles como esas notas de -xilofón sintetizado me parecen- que van colocando mojones en la melodía.

Es la letra la que cada vez que la escucho me sigue produciendo una cierta desazón y   asombro, desde que tomé conciencia de lo que decían las palabras: ¡Cállate, niña, no llores más, tu sabes que mamá debió morir! ¡Caramba, no parece la mejor frase que a uno se le ocurra decir a una niña que ha perdido a su madre! Más bien, en cambio,  sólo con esta frase, en la primera estrofa, lo que ocurre es que uno se queda un poco perplejo y se da cuenta de que no es un éxito insustancial más del verano que trata del amor juvenil, sino que hay una madre muerta y, además, ¡debía morir!

Más por curiosidad que por interés espera que a continuación le cuenten por qué, pero no, eso no ocurre, aunque la narración sigue introduciendo factores, pero que más bien  acaban por enredar lo que el que escucha va deduciendo: …ya desde el cielo te cuidará. Nunca sabrás cuanto sufrió, ahora ya, duerme sin fin. Es mejor que sea así, no llores, no llores más…Tu la puedes consolar…tu la debes consolar. Yo quería a tu mamá, y también a tu papá. Rezaré sólo por ti, calla niña, no llores más. Así, habla de la madre que aun muerta la cuidará, y justifica ese trágico fin por su sufrimiento, lo que hace pensar en alguna terrible enfermedad… Pero acto seguido resulta que también el padre parece haber muerto…¡Vaya, pues quizá no fuera una enfermedad sino un horrible accidente, pero entonces pierde sentido que tuviera que ser así, que fuera lo mejor que debía pasar, salvo que -nueva senda dolorosa- sí estuvieran los dos definitivamente muy enfermos y se hubieran suicidado!…¡Claro, que puestos a suponer, la madre podía efectivamente haberse suicidado, pero no por estar fatalmente enferma, sino por el dolor del abandono de su marido, lo que justificaría esta segunda ausencia. Aunque bien podría ser una historia más dulcemente romántica y el desaparecido por enfermedad fuera él y ella, destrozada sí, la suicida. Si bien nada impide pensar que el orden de los factores fuera el inverso; no alteraría el producto.

Y quien al principio podría pensarse que se dirige a la niña, la voz que canta, un amigo o amiga, o un familiar próximo, empieza a parecer que puede ser una persona religiosa, porque, antes que otros ofrecimientos, dice a la niña que rezará por ella -¡ah, pero en exclusiva!-  lo que pondría en solfa esta opción, porque no encaja con la generosidad en los rezos hacia todos los que les rodea que a estas personas se les supone,  y renueva, entonces, la opción primera del familiar o amigo. Y, al final, lo que acaba de despistar, es que este personaje también le diga a la niña que ella la puede consolar, incluso lo debe hacer…¿A quien debe consolar y quién debe hacerlo, ¡la niña a la madre!? ¿O es al revés y el personaje que canta ya no se dirige a la niña sino que se lo dice a otro personaje, -probablemente la madre-, y no a otro distinto y al que no se hace ninguna otra referencia?

En fin, que tanta ambigüedad abre muchas posibilidades y genera un cierto galimatías intelectual y un poco melodramático. No se si existe otra canción ligera que haya triunfado tanto -varias semanas en el numero uno de las listas en España- con una letra tan trágica, fúnebre y a la vez tan confusa. Aunque quizá fuera precisamente por ello, por lo insólito del mensaje. También es posible que ante la perplejidad que despertara, emergiera más la música, que era simple pero brillante, como la ejecución, y lo tapara lo suficiente como para no resultar un problema.