Maldad infinita

Hay momentos en los que la constatación de algunas realidades invita a mirar con envidia el destino de algunos que ya se marcharon. Personas que ya cerraron su umbral histórico y así se libraron de presenciar o vivir horrores de los que la humanidad se muestra perfectamente capaz de producir. 

Cuando recuerdo suicidios memorables, por la notoriedad de la persona que lo cometió, como el de Estefan Zweig, por un lado me entristece, en la medida en que de no haberlo llevado a cabo habría conseguido ver como aquella conflagración se resolvía a favor del bando en el que él se hubiera sentido mejor representado, pero, también me satisface porque no habría conocido el espantoso horror de la mortal culminación del deseo de exterminar a otros seres humanos, que fue el llamado Holocausto. 

¿Le hubiera compensado a su alma refinada, bien preparada para el deleite moral, intelectual y estético, la victoria bélica sobre el totalitarismo, del sufrimiento de constatar el feroz aniquilamiento de millones de personas, especialmente próximas? ¿O de los inconcebibles bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, sobre todo este último, cuando ya se sabía sin duda razonable la horrorosa magnitud del daño que produciría?

Puede que en otros tiempos históricos, el riesgo de la tragedia, de la llegada del cataclismo, fuera tan notable como ahora, los terremotos, las enfermedades para las que no se tenía cura, la colisión con un asteroide, pero ahora siento que este riesgo se ha multiplicado porque la posibilidad de intervención, de influencia del ser humano, de responsabilidad sobre el mal, se ha agigantado. 

La vida nunca ha valido mucho, pero ahora, quizá porque la inmediatez de la comunicación nos llena de horrores y muertos a diario, no tengo la impresión de que haya aumentado su cotización. 

La inquietud se adueña de la percepción sobre el futuro, el desasosiego anega el ánimo, y sólo el refugio en lo más cercano e inmediato, lo que nos permite actuar sobre ello, la familia, los amigos, el entorno, alienta momentos de felicidad. 

Especialmente cuando se toma conciencia de que hay personas, y organismos, y gobiernos que siguen funcionando como si la humanidad no fuera una, como refleja esta noticia de hoy en El País, donde se cuenta la preocupación de algunos científicos sobre los caminos en la investigación que consideran perversos, al calor de concepciones del mundo, que en mi opinión deberían abandonarse por antiguas, por superadas, porque no responden a esa auténtica realidad de unidad e igualdad del ser humano, que a lo que debiera invitar es a la fraternidad y no a prepararse para causar el mal, aunque son, por desgracia, ampliamente compartidas por los que ejercen el poder.

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Compromiso

Parece que Daimler, el fabricante de los Mercedes Benz, ha esperado hasta el último momento -el seis de agosto-, pero también ha pasado por el aro de claudicar a su derecho legítimo a hacer negocio en Irán, por la amenaza real que supone sufrir las consecuencias de las sanciones que ha impuesto el actual presidente de Estados Unidos, tras romper unilateralmente en mayo pasado el Acuerdo Nuclear con ese país. Hay que recordar que el resto de los firmantes –China, Gran Bretaña, Rusia, Alemania y Francia– no han visto el motivo que justifique no hacer honor a lo firmado.

Antes que Daimler ya el grupo francés PSG, fabricante de Peugeot y Citroën,  había anunciado su retirada de este mercado, lo que hace pensar que, previsiblemente no  será la última gran empresa en hacerlo, a pesar de la contraofensiva de la Comisión Europea apoyando decididamente la libertad y legitimidad de sus empresas para ejercer su actividad en Irán, lo que me deja un poso de indignación y tristeza. ¿No hay nada que impida que se imponga el más fuerte, aunque no tenga razón?

La constatación es evidente, a las empresas no les basta saber que actúan en la legalidad y que son apoyadas por su administración política, porque hacen cálculos y el resultado de caminar por la vía de las reclamaciones y del Derecho Internacional, da un balance peor que someterse a la arbitrariedad del poderoso, lo que desprende un hedor de abuso de poder difícil de no percibir, sin angustiarse.

Cabe preguntarse qué puede hacer el ciudadano para intentar impedir el atropello y lo primero que se antoja es renunciar a comprarse ese Mercedes que resulta tan goloso a los ojos…Es decir, penalizar a la empresa pusilánime, que cede al abuso,  con el boicot a sus productos, e intentar actuar de contrapeso en esa balanza. Pero, claro, si tal ciudadano lo piensa un poco mejor, en primer lugar puede darse cuenta de que nunca ha tenido intención real de comprarse ese vehículo, por la imposibilidad económica de hacerlo, luego esta acción no está en su mano. En segundo lugar, que tampoco podría aspirar a comprarse prácticamente ningún otro,  no ya porque le siga faltando la capacidad económica -que puede que también- sino porque no hay empresas que no hayan cedido a esa presión… Pero, sobre todo, porque una terapia de este tipo, aumentando la intensidad del mal, sumándose a la presión, puede acabar matando al enfermo, lo cual es previsible que no beneficiaría a nadie.

Resulta, pues, difícil definir los límites que debe tener el compromiso político o geopolítico de las empresas. Parecen claros los principales compromisos que se les puede exigir: el social (salarios y condiciones de trabajo justos), el  económico (beneficios), el medioambiental (preservación y sostenibilidad),  y con la legalidad, ¿pero políticos?

Somos los ciudadanos los que tenemos el compromiso de ejercer la política participando activamente, señalando los problemas, en la denuncia y en el debate, y siempre, al menos, votando. Es esto lo que puede impedir que se imponga el más fuerte, aunque no tenga razón.

De ahí que quede un trascendental camino por recorrer, dado que todavía los ciudadanos del mundo no podemos votar, todos, quien ocupa el poder de tomar decisiones que nos afectan a todos.

Quizá no sea la mejor opción todavía una democracia directa, que se imagina inverosímil, sino una representativa como la que prefigura la O.N.U., pero es imprescindible que esta representación sea real y equilibrada, y se sostenga en un respeto escrupuloso a la legalidad internacional, cuyo andamiaje parece necesario mejorar, a tenor de los hechos, una vez más.

¡Cállate, niña!

Sí, se trata de la canción de Pic-Nic, publicada en 1968 y que encarna maravillosamente la voz de una jovencísima Jeannette, que fue quien la compuso, al parecer sobre la base de una nana tradicional inglesa.

La música es sencilla, pero muy afortunada. Pasa el tiempo bien por ella, me sigue produciendo placer escucharla, con esa segunda voz masculina, que a veces duplica y otras replica el fraseo de la muy atractiva voz femenina, dotada de un timbre aniñado y una pronunciación levemente anglosajona -que resultó rompedora-  y los arreglos musicales bien equilibrados, con las  intervenciones de la armónica y de detalles tan sutiles como esas notas de -xilofón sintetizado me parecen- que van colocando mojones en la melodía.

Es la letra la que cada vez que la escucho me sigue produciendo una cierta desazón y   asombro, desde que tomé conciencia de lo que decían las palabras: ¡Cállate, niña, no llores más, tu sabes que mamá debió morir! ¡Caramba, no parece la mejor frase que a uno se le ocurra decir a una niña que ha perdido a su madre! Más bien, en cambio,  sólo con esta frase, en la primera estrofa, lo que ocurre es que uno se queda un poco perplejo y se da cuenta de que no es un éxito insustancial más del verano que trata del amor juvenil, sino que hay una madre muerta y, además, ¡debía morir!

Más por curiosidad que por interés espera que a continuación le cuenten por qué, pero no, eso no ocurre, aunque la narración sigue introduciendo factores, pero que más bien  acaban por enredar lo que el que escucha va deduciendo: …ya desde el cielo te cuidará. Nunca sabrás cuanto sufrió, ahora ya, duerme sin fin. Es mejor que sea así, no llores, no llores más…Tu la puedes consolar…tu la debes consolar. Yo quería a tu mamá, y también a tu papá. Rezaré sólo por ti, calla niña, no llores más. Así, habla de la madre que aun muerta la cuidará, y justifica ese trágico fin por su sufrimiento, lo que hace pensar en alguna terrible enfermedad… Pero acto seguido resulta que también el padre parece haber muerto…¡Vaya, pues quizá no fuera una enfermedad sino un horrible accidente, pero entonces pierde sentido que tuviera que ser así, que fuera lo mejor que debía pasar, salvo que -nueva senda dolorosa- sí estuvieran los dos definitivamente muy enfermos y se hubieran suicidado!…¡Claro, que puestos a suponer, la madre podía efectivamente haberse suicidado, pero no por estar fatalmente enferma, sino por el dolor del abandono de su marido, lo que justificaría esta segunda ausencia. Aunque bien podría ser una historia más dulcemente romántica y el desaparecido por enfermedad fuera él y ella, destrozada sí, la suicida. Si bien nada impide pensar que el orden de los factores fuera el inverso; no alteraría el producto.

Y quien al principio podría pensarse que se dirige a la niña, la voz que canta, un amigo o amiga, o un familiar próximo, empieza a parecer que puede ser una persona religiosa, porque, antes que otros ofrecimientos, dice a la niña que rezará por ella -¡ah, pero en exclusiva!-  lo que pondría en solfa esta opción, porque no encaja con la generosidad en los rezos hacia todos los que les rodea que a estas personas se les supone,  y renueva, entonces, la opción primera del familiar o amigo. Y, al final, lo que acaba de despistar, es que este personaje también le diga a la niña que ella la puede consolar, incluso lo debe hacer…¿A quien debe consolar y quién debe hacerlo, ¡la niña a la madre!? ¿O es al revés y el personaje que canta ya no se dirige a la niña sino que se lo dice a otro personaje, -probablemente la madre-, y no a otro distinto y al que no se hace ninguna otra referencia?

En fin, que tanta ambigüedad abre muchas posibilidades y genera un cierto galimatías intelectual y un poco melodramático. No se si existe otra canción ligera que haya triunfado tanto -varias semanas en el numero uno de las listas en España- con una letra tan trágica, fúnebre y a la vez tan confusa. Aunque quizá fuera precisamente por ello, por lo insólito del mensaje. También es posible que ante la perplejidad que despertara, emergiera más la música, que era simple pero brillante, como la ejecución, y lo tapara lo suficiente como para no resultar un problema.

 

Mundial de fútbol 2018

Pues bien, este campeonato ha llegado a su final. Ha ganado Francia merecidamente; ha sido bastante regular y ha mostrado una capacidad de resolución envidiable, que para sí hubieran querido otras selecciones.

Antes de que lo dijera Infantino ya tenía la impresión, a través de los partidos que había visto, de que estaba siendo el mejor mundial que yo recordara -aunque debo advertir de que en este asunto del fútbol me tengo por bastante lego- no tanto por la organización y las instalaciones, de las que apenas me he interesado, sino por lo apretado de la competición, que ha dado enfrentamientos muy interesantes, por las cualidades mostradas por las selecciones y la correspondiente emoción que despertaban.

Y para mi hay dos conclusiones que sobresalen sobre cualquier otra: la primera que, como en algunas otras ocasiones, ha resultado que el fútbol es un deporte de equipo, que cada encuentro lo juegan once personas contra otras once, y se apoyan en muchas más para lograrlo. Así, las más renombradas figuras, que consiguen que las estrategias de los equipos en los que juegan giren en torno a sus peculiares rasgos o habilidades, aunque éstas sean más bien poco participativas, por no decir claramente individualistas o egocéntricas, han cosechado un estruendoso fiasco. Messi y Ronaldo no han conseguido -muy merecidamente- que sus selecciones lograran pasar de segunda ronda, y precisamente han sido las figuras más participativas del juego colectivo, esas que tampoco han abandonado la idea de que defender forma parte intrínseca de las reglas de este juego, como Hazard, Modric o Griezmann, los que han llegado más lejos.

Y en segundo lugar, y no menos importante, porque trasciende los límites de la actividad deportiva: ha ganado la selección más mestiza, aquella en la que el color de la piel, el origen de los ancestros, o -posiblemente- las creencias religiosas o su ausencia no han sido un impedimento para asociarse, para creer en las posibilidades del compañero, para confiar, para aprovechar la sinergia del grupo. Bélgica e Inglaterra también estaban en esa onda y seguramente eso explica lo cerca que han estado igualmente del triunfo final.

Podría decirse que Europa, la Europa mestiza, es la gran triunfadora de esta competición universal, y yo creo que este rasgo ha sido el factor definitivo en el resultado. Por eso sería muy interesante que aquellos que se ocupan de otras actividades que no son el deporte, pero atañen -incluso más- al bienestar de los ciudadanos europeos, tomaran nota, aunque sólo fuera para reflexionar.

Ara y Bruvi

Los osos, ahora, al final del verano, acostumbran a comer los frutos que proporciona el bosque donde viven. Les encanta que se ofrezcan así, generosamente colocados en las ramas de los arbustos y algunos árboles, como si estuvieran allí para que ellos llegaran y los cogieran. Pero antes, durante los meses anteriores de la primavera y el verano, comer no había sido tan fácil para Ara, una osa adulta y su osezna, Bruvi, sino que les había exigido un esfuerzo bastante mayor, sobre todo cuando habían tenido que escarbar en el suelo, cerca de los ribazos, para desenterrar ricas raíces, o en los troncos viejos, donde hacen su casa muchos sabrosos insectos. Por eso, en esta tarde luminosa en el bosque de media montaña, donde desde algunos claros de la ladera, se podía ver el valle, surcado por el río que nutría un lago resplandeciente, la mamá osa y su hija estaban muy contentas comiendo arándanos y moras. 

Bruvi estaba especialmente feliz. Había encontrado una larga rama de una zarzamora cuajada de frutos y se los había comido todos, no había dejado ni uno. Es verdad que había tenido que apartar otras ramas llenas de espinas que ocultaban y protegían a la que tenía tantas frutillas, pero con su espesa capa de pelos se sentía muy protegida, las espinas no conseguían alcanzarle la piel para arañarla. Tenía el hocico, eso sí, un poco negro, porque era muy glotona y se las había tomado muy deprisa, y el zumo de las moras maduras le había ido salpicando y churreteando por los carrillos. 

Tan ufana estaba que al avanzar hacia otro zarzal, despistada, tropezó en una raíz de un pino que sobresalía del suelo y se cayó de lado, comenzando a rodar por la ladera,  hasta que después de unas cuantas vueltas un arbusto la detuvo. No se había hecho daño al caer y hacerlo rodando le pareció muy divertido. Tanto que quiso repetirlo. Así que se incorporó y acto seguido se dejó caer sentándose y recostándose sobre la espalda…

– ¡Guauu, qué divertido, de pronto todo se mueve y el corazón empieza a palpitar más deprisa! ¡Qué emoción!

Lo hizo varias veces y después de la última, recostada boca arriba junto a una gran piedra que la había detenida en su rodadura, pensó que tenía que decírselo a su mamá, lo bien que lo estaba pasando. Se levantó y miró hacía arriba, pero no la vio. Trepó entonces hasta donde había empezado a jugar a dar volteretas pero allí no estaba su madre.

-¡Qué raro, si estaba aquí a mi lado hace un momento! 

Levantó la cabeza y se fue girando alrededor, escudriñando todos los arbustos y zarzales a ver si la encontraba, pero no, no había rastro de ella. Se sentó un poco asustada y se quedó pensativa…

– ¿Y ahora qué hago? Mamá no está y no me acuerdo donde está nuestra gruta.

Volvió a mirar lo más lejos que podía, volviendo la cabeza hacia todos los lados, sin conseguir atisbar a su madre…Incluso gruñó un par de veces levantando el hocico hacia el horizonte…

De pronto, se acordó de algo que ella le había dicho alguna vez: “Los osos no tenemos una gran vista como las águilas, ni un oído muy fino, como los búhos, pero sí un olfato excelente…” Así que se irguió, cerró los ojos y empezó a aspirar y espirar en intervalos cortitos y enseguida reconoció el olor de su madre flotando en el aire, mezclado con los de la resina de los pinos, la humedad de la tierra, y los restos de algunos jacintos…

Empezó a moverse siguiendo ese aroma. Subió un poco más la ladera, pasó bordeando un grupo de peñas y cada vez el olor era más intenso. Siguió por un camino en un claro, que bajaba un poco, entre matorrales, y se adentraba de nuevo en el bosque. El sol acababa de ponerse cuando llegó a allí. Otra vez en la oscuridad de la espesura la fragancia de Ara se hizo muy perceptible. Se detuvo un instante y en seguida reconoció no muy lejos una zona que le resultaba familiar. Había una gran roca semi enterrada, que sobresalía como una visera en un pequeño cortado; detrás estaba la gruta donde vivía con su mamá. Se acercó trotando y sí, allí estaba tumbada su madre, que la recibió con un gruñido y la mirada seria.

– Grrrrrr, ¡¿Qué, te parece bien haberte alejado de mi hasta que te perdí de vista!? 

Bruvi, compungida, bajo la mirada y se encogió un poco. Ara, dulcificó su gesto, pero todavía sería, le dijo:

– Te vi jugando a dar volteretas, pero no pensé que fueras tan temeraria de separarte tanto de mi. Te alejaste mucho bajando la ladera y eso es peligroso, todavía eres pequeña. ¿Qué hubiera pasado si te hubieras encontrado con un jabalí adulto y éste se hubiera asustado al verte y te hubiera envestido? Podía haberte hecho daño. ¿Has pasado miedo?

– Un poco, mami, cuando me he dado cuenta de que no estabas. Pero me he parado a pensar, como tu me habías dicho muchas veces, y he recordado que siempre me insistías en que utilizara el olfato para orientarme, para saber donde estaban, no sólo la comida, sino esos otros animales que pueden ser peligrosos para nosotras, los jabalíes, los lobos, y especialmente esos que se cubren con telas y llevan agarrado un palo por el que sale fuego…

– Podía haberte seguido -continuó diciéndole su madre- pero he preferido esconderme y vigilarte desde lejos para comprobar que has aprendido lo que tantas veces te he contado: que en las situaciones difíciles hay que pensar con calma y tomar la decisión más conveniente. Tú lo has hecho al decidir guiarte por el sentido más desarrollado que tienes, el olfato. Estoy orgullosa de ti. No te has puesto nerviosa y así has conseguido encontrar pronto mi rastro y volver a casa. Ven, acurrúcate a mi lado y dame un abrazo. Mañana te llevaré al río y te enseñaré un talud arenoso donde podrás practicar las volteretas que has aprendido a hacer hoy. Ahora duerme, que es tarde, para estar fresca y descansada con el alba. Buenas noches, Bruvi.

– Buenas noches, mamá.  

Ignorancia de España

El servicio mundial de la cadena pública británica BBC, entre otros realiza unos buenos programas de radio de casi media hora, dos veces al día, que a su vez aglutina en unos repasos de fin de semana. Son resúmenes, que titula Global News Podcast, que cuelga en Internet en forma de podcast,  en los que, conforme al criterio del periodista de turno refleja lo  más relevante o actual de lo que, a nivel mundial,  pasa por esa redacción. Al final del primero del día, emitido el 20 de febrero pasado,  titulado Dark Web Paedophile Jailed After Global Investigation, el periodista se disculpa, en nombre de toda la redacción, por un error cometido en la presentación de un entrevistado en un episodio anterior reciente, y que varios oyentes han señalado. El error en cuestión es que habían hecho italiano al tenor Plácido Domingo. Dada la propia magnitud del artista, el tiempo que lleva en el mundo de la ópera, y en concreto las muchas veces que ha debido actuar en Londres, efectivamente el error es importante. Y aunque ha sido subsanado -como el mínimo de profesionalidad y rigor exigía- no deja de ser un síntoma preocupante de la ignorancia que se tiene en el mundo sobre España y los españoles. La cual, probablemente, e independientemente de la mostrada por los periodistas responsables de esa emisión, responde a una falta general de interés por este país, para lo cual podemos encontrar  muchos motivos, desde los puramente históricos objetivos -España ya no es un imperio y sus acciones influyen poco en la geopolítica internacional- hasta los subjetivos, como la supervivencia de retazos deshilachados de propaganda, de cultivo de una leyenda negra, residuos de una vieja rivalidad formada al calor del temor a que aquél viejo imperio que fue, sometiera a los pueblos que lo rodeaban.

Estas son las razones que se me ocurren más probables para que se siga recurriendo en los medios internacionales, cuando se inicia una visión sobre nosotros, de manera más o menos sutil, como poco, como lo más anecdótico, al flamenco, las bailaoras vestidas de faralaes, los toros, o los tricornios de los guardias civiles -metáfora del gusto por la violencia- dejándose llevar por esa inercia por hacer de menos mediante la caricatura. Pero hay más, y de más enjundia, que resulta más hiriente y descorazonador, cuando se deja de lado una realidad que a la mayoría de los españoles nos parece evidente, el esfuerzo realizado y los logros alcanzados en el último cuarto del siglo pasado y lo que llevamos de éste, y especialmente -porque es como una enmienda borrón a la totalidad- cuando se pone en tela de juicio nuestra propia entidad como nación, como unidad política unida por los valores de libertad, democracia, paz y progreso.

Antonio Elorza hacía una reflexión, el pasado julio, donde repasaba episodios y controversias sobre este asunto, el mismo concepto de España, al hilo de la conmoción catalana que ya apuntaba, y aconsejaba huir de réplicas simplistas, y reconocer los hechos, los buenos y los malos. En definitiva: optar por la objetividad.

Y en el mismo sentido encuadro lo que contaba con un punto de indignación, cansancio y amargura, Antonio Muñoz Molina, poco después del pseudo referéndum catalán del 1 de octubre pasado. Él, que por trabajo y vocación ha pasado largos periodos viviendo en otros países, o visitándolos, y tenido mucha relación con una élite cultural y, como consecuencia, es un testigo excepcional de lo que se piensa de nosotros.

Recomiendo la lectura de ambos artículos y no caer en la melancolía. Los españoles sabemos mirarnos con sentido crítico, pero también reconocer nuestros logros. Si esa realidad no ocupa su lugar, otra lo hará, aunque no sea tan verdad – nosotros también conocemos bien la ruindad y persistencia del sambenito-. Así que toca insistir en el testimonio de la España que hoy somos, la que con tanto esfuerzo, y dejando a tantos por el camino, hemos logrado.

Apple y Volskwagen

Apple recientemente -porque ha sido descubierta y denunciada públicamente- ha reconocido que había modificado, a través de las actualizaciones del sistema operativo de sus teléfonos móviles más antiguos, la manera en la que éstos gestionaban el uso de la batería, con el fin de que éstas duraran más. La consecuencia más perceptible para los usuarios de los teléfonos ha sido que realizaban más lentamente funciones que antes de la actualización realizaban más deprisa.

Apple ha intentado justificar esta intervención como un beneficio para el cliente, como respuesta a una preocupación por alargar la vida de unas baterías de ion-litio, que sufrían de un deterioro en su capacidad con el uso, lo cual puede parecer a todo el mundo algo loable… Lo que no ha parecido tan loable ha sido que no lo comunicara con antelación a los usuarios, y les diera la posibilidad de elegir, si querían paliar de esa manera las posibles consecuencias del envejecimiento de sus baterías, o adoptar otra solución, como sustituirlas. Con toda lógica, buena parte de estos usuarios han pensado que había otra intención, esta vez no manifestada, de invitarles “sutilmente” a plantearse la compra de un aparato nuevo, ante la incomodidad de ver enlentecidas operaciones que estaban acostumbrados a realizar con mayor rapidez.

Esta presunción viene avalada por algo que el servicio técnico telefónico de Apple realiza de manera sistemática, como es recordar al cliente que requiere sus servicios, que su aparato es antiguo –vintage lo suelen llamar- y en consecuencia puede haber quedado incapaz para afrontar, de manera óptima, los retos de las nuevas versiones de los programas que procesan, a pesar de recomendar instalarlas, por diferentes motivos, entre ellos de seguridad, y estar éstos dentro del rango de aparatos que la propia marca incluye entre los que pueden soportarlas.

En fin, querer vender mucho, que no se frene la renovación tecnológica, es legítimo, ¿pero lo es promoverlo de esta manera, colocando al cliente/usuario de sus productos, sin su consentimiento, en dificultades o mermas en el servicio que sus aparatos les prestan?

Volkswagen, por su parte, después del escándalo de los programas que trucaban los resultados de sus motores diesel, que tanto descrédito y erario gastado en multas y reparaciones le ha costado, ha seguido defendiendo una política industrial que apostó por un tipo de motor que ha resultado extraordinariamente contaminante y perjudicial para la salud de las personas, participando del escandaloso estudio experimental con monos y personas, en busca de argumentos a favor de dicho motor.

Y lo que me pregunto es qué tipo de exigencia ética tienen estos directivos que toman estas decisiones. ¿Dónde se forman? ¿Qué se les enseña? O yendo más allá: ¿qué sistema ético tenemos que puede hacer pensar a los directivos de empresas tan grandes y consolidadas, de las que cabría pensar que deberían ser ejemplares, por la cantidad de personas que dependen económicamente de ellas y todas a las que sirven, que la búsqueda del beneficio está por encima del respeto y la consideración debida a la libertad de estas mismas personas, o a su salud?