Cataluña, septiembre 2017

La Constitución

Se produce un revuelo cuando se precipitan los hechos indeseados. Es lo que suele ocurrir, a pesar de que los diferentes acontecimientos que se hayan podido producir con anterioridad, a lo largo de un extenso pasado, ya los apuntaran.

Cuando en España se alcanzó la democracia por el fallecimiento del dictador, y los más inquietos políticamente accedieron paulatinamente al poder, tenían ante sí un reto enorme: dejar atrás todo lo negativo de las casi cuatro décadas sufridas de dictadura arcaizante, y recuperando el hilo abandonado de otras iniciativas pasadas de progreso, homologar al país con lo mejor del  entorno natural de la cultura europea y mediterránea a las que siempre ha pertenecido.

La Constitución del 78 fue la herramienta forjada para lograrlo, tras un esfuerzo que desde la distancia se aprecia aun más meritorio, conociendo como era de endiabladamente complicada la situación entonces, con iniciativas terroristas varias, una clase política del régimen aún con todo el poder vigilada de cerca por el Ejército, una efervescencia social y política en las calles que reclamaba logros inmediatos, los partidos nacionalistas del País Vasco y Cataluña reclamando la recuperación de sus respectivos estatutos que lograron con la república, y, por si eso fuera poco, una economía en crisis con unos parámetros insostenibles. Afortunadamente había dos factores que actuaban en sentido opuesto para evitar la previsible violencia consecuente con la descomposición de un régimen dictatorial: el tamaño de la sociedad que disfrutaba de un cierto bienestar económico se había ampliado significativamente en las últimas décadas, y el recuerdo de la atrocidad de una cruel guerra civil aún estaba vigente.

En este contexto, los constituyentes, incluyendo a los no formalmente designados por los dos partidos políticos mayoritarios y  que, de hecho, pactaron infinidad de cuestiones, hicieron su trabajo y alcanzaron un acuerdo: una constitución que presentar al pueblo español, en la que todos cedieron, porque eran muy conscientes de que de no hacerlo la alternativa era peor.

Ha pasado desde entonces un tiempo que está a punto de alcanzar al de la dictadura, casi   cuarenta años, y el fruto de esa constitución, que fue aprobada en referendum con el 87,78 % de los votos, que suponía un 58,97 % del censo, es un país homologable en la mayoría de los aspectos de credencial democrática y de modernidad con la Europa que lo rodea, y en cuya construcción politica hoy participa.

El tiempo no pasa en balde, y sin duda hay aspectos que, fruto de la experiencia, piden ser reformados, pero sería ingenuo pensar que abrir esa puerta -perfectamente prevista por la propia carta magna- no va a generar fuertes controversias, principalmente en lo referente a los asuntos competenciales y de organización territorial. Abolir la arcaica preferencia del varón en los derechos dinásticos, o la misma existencia de la monarquía,  no creo, en cambio, que  se aborde con tanta intensidad. Por eso imagino que ha habido y hay quien considera asumir un alto riesgo abordar ahora su reforma, en caliente, con la insumisión independentista forzándolo. Quizá hubiera sido la vía lógica de entendimiento hace años pero, ahora, cuando el nacionalismo catalán ya ha desechado ese escenario, ¿es posible volver a él? Me falta información para contestar, pero lo cierto es que, con la incorporación del PSOE, aún como segundo partido mayoritario, es cada vez mayor la masa política que lo considera la única solución para evitar la permanente reivindicación nacionalista,  y en última instancia, un desmembramiento traumático de España.

Soberanía compartida

A veces nos dejamos llevar por lo que deseamos y aceptamos un uso de los conceptos que chocan con la lógica, como el nacionalismo no independentista. Los nacionalistas lo son porque quieren una nación, lo que comunmente se entiende por tal: una nación política constituida en estado. No les basta saberse y ser plenamente reconocidos una nación cultural, o una “nacionalidad”, que fue el término esperpéntico de compromiso que se utilizó en esta Constitución del 78 para denominar a los territorios de la nación española con lengua y cultura bien diferenciadas. Como consecuencia, y por definición, jamás un nacionalista estará satisfecho con menos, por mucho que su autonomía alcance cotas de soberanía muy relevantes, porque la piedra angular de su planteamiento es la independencia, que es la que conlleva el derecho a decidir por sí mismos su futuro como un estado, sin contar con nadie más. No puede, así,  aceptar una soberanía compartida con el resto de los españoles. Incluso aunque sea consciente de que la soberanía de los estados cada vez es un concepto menos absoluto en el ecosistema polítco europeo, e incluso mundial.

Pero el caso es que eso es lo que hay precisamente: una soberanía compartida, la que la Constitución declara como indivisible y que poseen todos los españoles. Es decir, son sujetos de soberanía los individuos, los ciudadanos, no los territorios. Esta es la legalidad vigente, la reconocida por Europa y el resto de los países de la ONU, la que, conviene recordarlo para que lo sepan aquellos que, en el mejor de los casos, desde una posición bienintencionada, emiten opiniones sobre el nacionalismo catalán o vasco y sus deseos de independencia, sustenta la legitimidad de las instituciones de estas autonomías españolas, incluida la de todas sus autoridades. Como esto no es difícil de entender, es lógico pensar que Puigdemont y Forcadell lo saben, y para soslayarlo, inventan o asumen como propio un derecho que sitúan por encima de cualquier otro, el de decidir ser o no un estado,  y que, principalmente, les reconocen sus correligionarios y los interesados por algún motivo en una Cataluña estado. Por eso, cualquier posibilidad de acceder a una independencia mediante un referendum catalán pactado, y por tanto legal, pasa por convencer al resto de los españoles de que cedan la suya y la dejen en manos sólo de los censados en Cataluña.

Es muy lícito hacer valer la voluntad democrática de un colectivo tan amplio como se puede ver en las manifestaciones más multitudinarias, pero no lo es olvidarse o negar que ese derecho que se reivindica no pertenece sólo a ese colectivo ciudadano, sino a otro mucho mayor, el de los ciudadanos españoles. Existe el cauce, pero se desecha por la imaginada dificultad de recorrerlo y de alcanzar el objetivo pretendido, y se opta por usar el atajo de la decisión unilateral, aunque ello conlleve abocar a la división social y al enfrentamiento que ya se está viviendo.

Sentimientos

Los sentimientos son el factor sin el cual no se puede entender por qué se ha llegado a esta ausencia total de sintonía entre una parte considerable de la ciudadanía catalana, en torno a la mitad según las encuestas, y el  resto de los españoles, hasta el punto de querer romper una relación centenaria. No hace falta ir muy lejos para saber que, incluso con las personas que más queremos, los familiares más próximos, un gesto desafortunado, una negativa mal explicada, unas maneras inadecuadas, conducen a que nos cerremos como un molusco y tampoco seamos capaces de actuar de una manera correcta, positiva y racional. A veces ni siquiera es algo objetivo, basta un malentendido. ¿Ha cambiado algo sustantivo en nuestra relación familiar? No, seguimos reconociéndonos en el papel que a cada uno corresponde en la familias, y nos seguimos queriendo, pero los sentimientos han tomado el mando. Son la frustración, el pensar que estamos siendo no tenidos en cuenta, que no despertamos suficiente aprecio, que se nos trata con poco o ningún respeto. Da igual que la realidad, si la observamos con sobriedad y rigor, invalide buena parte o todos los motivos que encontrábamos para tener esos sentimientos, o bien aporte datos para modificar las conclusiones iniciales y verlas como precipitadas, lo cierto es que suele ser necesario que medie el tiempo para que nuestro análisis nos lleve a otras conclusiones más acertadas y justas, y lo que se había dislocado vuelva a reconocerse en la realidad objetiva. Creo que la relación de Cataluña con el resto de España sufre este mal.

Pero como en el ejemplo, hay una realidad objetiva que no desaparece, que no deja de existir por más que no se aprecie y se esté dejando al margen: Cataluña es España. Bastaría pararse y mirar con otra intención alrededor para ver la profundidad de la imbricación sentimental y material entre lo que de alguna manera tiene que ver o procede de Cataluña y el resto de España: periodistas catalanes que lideran programas nacionales, actores catalanes que acaparan protagonismo en series y películas, películas en catalán representando a España, escritores y músicos catalanes entre los más vendidos y apreciados, deportistas catalanes admirados, profesionales catalanes líderes de las más variadas disciplinas, incluso empresas o instituciones que son referencia en todo el ámbito nacional español, y lo que es aun más trascendente, todo el entramado, mucho más amplio, de las relaciones familiares o personales, que permanece oculto porque pertenece al ámbito privado.

No hay suficiente catalanofobia en España, aunque haya catalanófobos, ni hispanofobia en Cataluña, aunque haya hispanófobos. Su número es insignificante para destruir eso. Tontos fóbicos hay en todos lados; sólo hay que no hacerles caso, y si es posible, ilustrarlos.

Futuro

Que en la tierra donde se han desarrollado los castells, ejemplo maravilloso de colaboración de muchos y muy distintos para conseguir un objetivo común, se esté produciendo el desencuentro y el desgarro sentimental como los que se expresan estos días, no sólo es un cúmulo de pérdidas en diferentes ámbitos, de las que quizá nunca nos recuperemos, si se consolidan, sino un motivo de tristeza infinita, un abrumador fracaso colectivo. Espero que sepamos darnos cuenta a tiempo de impedirlo.

Quizá la fórmula sea dejar el pasado sólo como lo que es: fuente de experiencia. Miremos al futuro para elegir nuestras acciones, recuperemos la conciencia de lo que supone estar unidos y compartir destino histórico. Y disfrutémoslo, porque lo bueno de la unión es que se disfruta, al contrario de lo que ocurre con la desunión, que se sufre.

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Ordinales

Hace poco un periodista en su crónica en la radio me sorprendió gratamente diciendo cuadragésima novena edición al referirse a un acontecimiento que se iba a celebrar, para luego, al cerrar la información del mismo, decir la cuarenta y nueve edición y chafarme la satisfacción. Como si hubiera sentido la necesidad de enmendar un error o un desliz y hubiera vuelto a lo de uso común, a lo habitual. O premeditadamente para advertir a la jefatura de redacción de que él sabía usar los ordinales pero acataba la orden de usar en su lugar los cardinales.

¿Se dan estas órdenes en las jefaturas de redacción? Lo ignoro, pero así parece si lo juzgo por el número tan escaso de ordinales que oigo en la boca de los periodistas, principalmente los que realizan los informativos. Desde que se entra en la segunda decena, los ordinales desaparecen, tal como la RAE reconoce que se ha ido imponiendo con el tiempo. Yo no he escuchado aún “cayó desde un piso cuatro”, pero no pierdo el temor a que eso ocurra en el futuro. Y el caso es que tampoco oigo decir mucho “se celebra el aniversario que hace el número noventa y dos”, que suena mejor aunque siga eligiendo usar un cardinal donde más apropiadamente en mi opinión sonaría un ordinal.

La razón parece clara: el común de los hablantes no usa los ordinales, e incluso podría decirse, sin miedo a equivocarse, que les suenan arcaicos o afectados, y probablemente en su mayoría los desconoce, y como consecuencia, cabe suponer que sus interlocutores o receptores no entenderían lo que se les quiere decir, lo cual, se da por hecho, es algo que normalmente se quiere evitar. Así, lo que suele hacerse, eludiendo también esa paráfrasis por economía, es ir directamente al cardinal “noventa y dos aniversario” que a mi -ya ven- me resulta chirriante, en lugar del espléndido y eufónico “nonagésimo segundo aniversario…”.

Es verdad que no deja de ser una simplificación usar los cardinales como ordinales, lo cual encaja con esa ley de economizar que también rige el lenguaje, pero ¡¿es que otras consideraciones como la riqueza o la belleza de una lengua no cuentan?! ¡No se regodeen, sé la respuesta, y sí, esto es un intento de romper una lanza a favor del uso de los ordinales!

No pretendo dar aliento a los que ya están prácticamente muertos, los que designan al cien y todos los superiores que le siguen, como centésimo primero (101) o los menos oídos aun como centésimo vigésimo cuarto (124), y no digo nada ya si seguimos subiendo y queremos expresar un año como el de la actual Constitución (1978) como milésimo noningentésimo septuagésimo octavo…que resulta excesivamente largo frente a mil novecientos setenta y ocho, pero sí reivindicar la riqueza y la eufonía de los primeros noventa y nueve, que no lo son tanto.

A mi me parece un esfuerzo que merece la pena.

Canciones con doble sentido

En la reciente despedida de la periodista Gemma Nierga de la Cadena Ser apareció (Sittin’ On) The Dock Of The Bay, de Otis Redding, como una canción a la que ella no había mostrado especial aprecio en un momento dado, resultando que ahora sonaba acompañándola como introducción en el discurso de su marcha. Ella explicó la anécdota qué le había llevado a elegirla ahora, y ello me invitó a prestarle atención al texto y a recordar el caso de las falsas canciones de amor, o para decirlo de manera más precisa, de las canciones en que el conocer poco o nada el idioma en el que se canta, la música lo ocupa todo, excepto el trozo de imaginación que cada oyente aporta.

Ésta -que he escuchado cientos de veces- imagino que hay que tener un buen conocimiento del inglés para sentir el significado de su letra hasta el punto de que condicione el propio estado de ánimo. Si no, la música acapara la mayor parte de la atención y en consecuencia es la responsable en la misma medida del placer estético que produce. Lo que cuenta queda entonces en un plano menor y puede incluso desaparecer o ser sustituido. Si me pongo a cantarla recuerdo fácilmente el inicio: “Sittin’ in the morning sun, / I’ll be sittin’ when the evening come” , pero soy incapaz de seguir, porque nunca lo he hecho con conciencia y por tanto no la tengo en la memoria. No se me escapaba que hablaba de la indolencia: ” Sentado al sol matinal, aquí seguiré cuando llegue la noche…” e imaginaba perfectamente a un negro adulto como Redding con pantalones remangados, sentado en uno de esos pantalanes de madera sujetos al fondo por troncos que sobresalen para ayudar como noray en los amarres, mirando indolente el horizonte.  Pero veo ahora al leerla que había también un reproche al destino, a la ausencia de oportunidades para alguien así, nacido en Georgia -e implícitamente negro- y emigrado a California en busca de una vida diferente.

Pero el caso es que esta canción la bailábamos apretaditos en la oscuridad de las discotecas, henchidos de amor, imaginando otras cosas muy diferentes y olvidando su real significado.

Quizá el caso más paradigmático sea el de In The Ghetto que supuso la vuelta de Elvis Presley a la atención discográfica mundial tras una ausencia prolongada, cuya letra de un carácter eminentemente de denuncia social, era de las preferidas para amartelarse y compartir sudor y besos a un ritmo de mecedora, en los momentos lentos de los guateques y las discotecas…¡Qué más daba el “And his mama cries…” que muchos sí entendíamos a la primera! ¡¿Para qué  expurgar en el crudo mensaje de inexorabilidad del destino del niño que nace para morir joven alcanzado por una bala certera, tirado sobre una acera -mensaje muy similar al anterior de Chicago-?! …Al fin y al cabo tampoco había entonces tantas canciones con un ritmo lento que nos permitieran bailar sintiendo la palpitación del cuerpo del otro. ¿A quien le interesaba entonces la injusticia social, los dramas urbanos o las minorías como para ponerlo por encima de un buen rato de crepitar adolescente?

Así, sólo la música, sus quiebros, sus modulaciones, sus silencios, sus infinitos matices ocupaban el espacio haciéndolo vaporoso y denso,  al tiempo que acompasaban el latido de nuestros corazones, dejando el mensaje para otro momento.

Para algunos estas canciones habrán cambiado, serán otras, pero en cambio para otros el sonido de sus primeros compases les evocarán momentos vividos de agradable recuerdo, y según donde les toque escucharlas les tentará alargar la mano e invitar a un baile, manteniendo en el olvido su original y verdadero significado.

Economía, pero primero salud

La contaminación en Madrid, como en otras grandes urbes, esta asociada principalmente al tráfico, una vez que el uso de combustibles fósiles altamente contaminantes, como el carbón y el fueloleo en las calefacciones y la industria han sido o prohibidos, o sustituidos o mejorados tecnológicamente. Es, en consecuencia, la movilidad privada, la principal causa de contaminación ambiental en las ciudades, y en especial del aire.

El número de muertes prematuras asociadas a la incidencia que esta toxicidad tiene sobre las personas más vulnerables, en asociación con otras enfermedades que atañen principalmente a los sistemas respiratorio y circulatorio, o debilidades relacionadas con la edad, es escandaloso (400.000/año). Al margen de las reservas que una cifra tan redondeada y abultada pueda despertar, lo cierto es que no hay más que salir a la calle a dar un paseo para tomar plena conciencia de la basura que respiramos.

Da igual por qué barrio se haga a efectos de tener esta percepción, aunque sin duda los hay más y menos contaminados, dependiendo de diversos factores, como la altura, el índice de edificación, la dirección predominante del viento… Hace poco decidí acudir andando a un médico situado en la confluencia de las calles Joaquín Costa y Velázquez. Para los que no conocen Madrid, estas dos vías forman parte de esos ejes arteriales que recorren la ciudad con gran intensidad circulatoria, pero ya en una zona alta y que fue periférica en tiempos pasados, y desde donde muy cerca, como consecuencia de ello,  se extiende un enorme barrio de colonias de chalés o edificios de poca altura, es decir, donde la densidad circulatoria casi desaparece en las estrechas calles, y donde los jardines y la vegetación son abundantes. Hacía buena tarde y apetecía ese largo paseo que me haría adentrarme en esas callejuelas arboladas y tranquilas, dándome ocasión de observar jardines y habitats relajados, y en ocasiones, envidiablemente sugerentes y armoniosos. ¡Pues no conseguí quitarme de la pituitaria el desagradable olor a tubo de escape, aunque me llegara mezclado con fragancias vegetales que ya asomaban por doquier, dado el calor prematuro! Me preguntaba esa tarde cuánta basura respirarían aquellos que se lanzan a correr por las calles si yo, que estaba realizando una actividad tan moderada como caminar a un ritmo normal, me sentía envenenado en cada inhalación.

Es fácil entender que las personas no quieran renunciar a hacer una vida normal que incluya el ejercicio físico al aire libre allí donde viven, pero cuando el aire que se respira está muy contaminado, y esto es una realidad contrastada, se produce un disloque de la lógica que provoca asombro. Hacer ejercicio es saludable, pero no tanto, o nada en absoluto, si el precio es introducir en tu torrente sanguíneo sustancias altamente tóxicas que te pasarán factura.

Se trata, por tanto, volviendo al principio, de un problema de salud pública cuya solución colisiona con una demanda de movilidad cada vez más exigente y muy relacionada con el desarrollo de la actividad económica. Difícil dilema por la complejidad de factores que concurren, que para mi sólo puede inclinarse a favor de una solución en la que prevalezca la salud, y cuyas decisiones han de tomarse ya, precisamente porque deben respetarse los tiempos para no causar un perjuicio mayor que el que se pretende evitar. Para que las adaptaciones necesarias se produzcan sin causar ese daño, el primer paso es establecer compromisos en el calendario, de acuerdo con los imprescindibles informes técnicos. Fijar la prohibición de circular por el centro de las ciudades a los vehículos diesel en 2025, sin entrar en si esa cita puede anticiparse o debe postponerse, es un buen ejemplo. Áreas de actuación: mejora del transporte público pensando en la ciudad del futuro, con su plan realista de inversiones, lo que de manera obligada conllevará cambios en la actual estructura de transporte y suministro de mercancías, así como en la de recogida de residuos. Apuesta igualmente por la optimización de los recursos y el desarrollo de la masa verde, estudiando todas las propuestas que van en la dirección de una ciudad sostenible y saludable.

Puede que la alcaldesa de Madrid no tenga a su servicio el mejor aparato de comunicación. Como puede que no despierte las simpatías de la mayoría de los medios, pero ella y su equipo de gobierno municipal son los primeros que han demostrado tener una sincera sensibilidad por la salud medioambiental de esta ciudad, y tomado decisiones, como la restricción que de nuevo mañana (11/3/2017) se establece, que hacen prevalecer la salud sobre otros intereses, por muy legítimos que también sean.  El futuro de Madrid, como el de toda pequeña o gran ciudad, sólo debería ser sostenible y límpio, porque eso es lo mejor para todos, incluidos los que ahora se muestran contrariados y quejosos.

Trump

 

En España, al final de la dictadura de Francisco Franco, cuando fue hospitalizado y se deducía por el deterioro de su salud que moriría pronto, hubo numerosas personas que compraron botellas de champán, de cava o de cualquier otro vino o licor, según sus preferencias y posibilidades, y las guardaron celosamente en la nevera o en lugar resguardado y a mano, para abrirlas cuando se produjera su fallecimiento y así celebrarlo. Algunos las tenían compradas desde mucho antes. La razón obvia es que consideraban esta muerte un paso inevitable y necesario para que la posibilidad de acceder a la libertad política y con ello a un futuro muy diferente para el país se abriera paso, y en consecuencia un acontecimiento merecedor de ser celebrado. En el plano más sentimental es fácil imaginar que a la vez significaba dar cauce a una mezcla compleja de sentimientos, donde quizá el que menos se produjo fue simplemente de alegría, más bien de alivio y satisfacción, al presumir haber alcanzado una situación desconocida hasta entonces, fruto de la desaparición del principal agente origen de una amenaza y de un mal. Los hubo también que lloraron amargamente esta muerte, supongo que entre ellos la mayoría de los que acudieron a contemplar su féretro expuesto durante algo más de dos días en el Palacio Real y ellos sabrán por qué, aunque de éstos, algunos lo hicieron para sentir también la satisfacción de ver al enemigo convertido en cadaver.

En principio no parece que sean sentimientos muy edificantes, moralmente irreprochables, de los que pueda uno sentirse orgulloso, sentir satisfacción y alivio por la muerte de un ser humano, haberlo deseado incluso, pero lo cierto es que surgen y es verdaderamente muy difícil apartarse de ellos. Y no solamente en el complejo entramado de poder que se establece entre las personas, cuando su resultado es que una mayoría se ve sometida a la voluntad de unos pocos, de forma gravosa y dañina para los propios intereses y anhelos, y sin capacidad para poder oponerse sin riesgo cierto de dejarse la vida en el empeño, porque no se consienten los cauces políticos y legales para ello, como son las dictaduras, sino también en sistemas políticos democráticos como el de Estados Unidos de América, donde sólo hay que esperar cuatro años para desbancar mediante unas elecciones al presidente en ejercicio, y hasta hay mecanismos en su ordenamiento jurídico que hacen posible el cuestionamiento de su integridad y validez y acabar expulsándolo del puesto, como no hace tanto le ocurrió a Richard Nixon. Quizá porque se piense que cuatro años es un periodo demasiado largo -incluso cuatro días- si lo que se espera del titular presidencial como consecuencia lógica de sus hechos anteriores es precisamente todo lo contrario a las más profundas convicciones propias no sólo políticas sino morales, a lo que razonablemente se considera comportamientos dignos y justos.

La idea viene seguida: un amigo, un familiar, bellas personas, conocidos creadores, políticos honestos, aquellos que ayudan, que se entregan, que guían, que emocionan, que nos  hacen mejores y sentir orgullo de ser humanos, que los coge una enfemedad y en un pis pas se los lleva. Las enfermedades no distinguen, no seleccionan, no se informan, no ven las consecuencias…Pero por eso mismo, a veces aciertan. ¿Cuánta miseria y cuántas muertes se habrían dejado de producir si Hitler hubiera enfermado de un cáncer fulminante en 1934?

Yo no me lo voy a permitir, desear que una enfermedad le siegue la vida, porque sería aceptar que este nuevo presidente estadounidense ya ha logrado alcanzarme con su veneno, pero sí deseo y espero vehementemente que sus correligionarios, que dominan las dos cámaras, hagan bien su trabajo -esa capacidad del sistema democrático para compensar el paso de la incompetencia por el gobierno de la que escribía Innerarity hace poco- y no le permitan destrozarlo todo. Y no deberían demorarse. Por mi parte compraré una botella de champán, que pondré a enfríar con la esperanza de poder abrirla pronto, antes de que el grueso de esa devastación se haya consumado.

Catástrofe

Había otras palabras que sintetizaban lo culminado con el resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas del pasado 8 de noviembre de 2016, para titular este comentario, como debacle, sorpresa, hundimiento, desolación…Pero ninguna me parecía que concentrara tantos rasgos definitorios coincidentes con lo sucedido como ésta, que se suele emplear principalmente en relación con hechos naturales destructivos, muy dañinos para el ser humano o su entorno.  El paralelismo con éstos se me hace evidente: por un lado se sabe que pueden suceder, aunque dificilmente se dejen fechar con exactitud -como ocurre con el gravísimo terremoto que se prevé desencadene el ajuste de las placas tectónicas de la falla de San Andrés-. Las advertencias sobre su peligrosidad y toxicidad en los medios de comunicación habían sido reiteradas y unánimes desde que se supo que él, Donald Trump, había logrado la candidatura por el Partido Republicano en la carrera presidencial, exceptuando los que como él se alimentaban de mentiras o medias verdades. Por otro lado cabía la posibilidad de que los agentes impulsores, algunos desconocidos o muy dificilmente detectables en su magnitud, o las circunstancias, acabaran desactivando su desencadenamiento, lo que permitía un cierto grado de esperanza de que no llegara a producirse. Y estaba, claro, el paralelismo con las consecuencias, la proyección del acontecimiento en el futuro, también muy imprevisible en su magnitud pero no en su caracter destructivo y dañino.

Así pues, al final se ha consumado. No ha sido suficiente todo lo argumentado en su contra durante todos estos largos meses de campaña, ni siquiera el conocimiento de los hechos repudiables que ha protagonizado a lo largo de su vida, además de conocer en vivo y en directo los insultos y desprecios que ha dedicado sin ningún escrúpulo a mujeres, negros, hispanos, aliados, y en general toda persona que se cruzara en su camino; había suficientes espíritus afines entre el electorado, incluso entre esos grupos,  como para activar los resortes de un sistema electoral complicado que propicia aupar a la presidencia a quien no ha obtenido la mayoría de los votos. Pero no era sólo eso. No sería justo sacar la conclusión de que toda esa masa electoral que lo ha preferido son personas tan ignorantes y mal educadas como él. Ha habido otros factores.

Para empezar hay que tener en cuenta que su rival no tenía un gran atractivo, ni político ni personal. Considerada por propios y extraños como fría y alejada de la gente, Hillary Clinton no ha logrado convencer de que a cambio era la personificación de la inteligencia, del conocimiento de los problemas y la eficacia en la gestión, o de su compromiso con los grandes valores. El fiasco incomprensible del uso de las cuentas de correo a través de su propio servidor, el luctuoso caso del consulado en Bengasi, o incluso sus poco diplomáticas reacciones ante provocaciones menores sufridas en el ejercicio de su cargo como Secretaria de Estado, no han contribuido a fomentar el prestigio de su capacidad, al que su sustitución por Kerry a mitad de presidencia quizá tampoco ha ayudado. A ello hay que añadir las revelaciones en campaña sobre sus manejos oscuros para tapar los errores y excesos de su marido, que la han asociado con una cierta predisposición a las soluciones turbias.

También ha contribuido la crisis de la democracia representativa a nivel mundial, relacionada con el bien alimentado hartazgo de los políticos por parte de los votantes reales y potenciales, motivado por la reiterada ausencia de concordancia entre lo que se ofrece en los mítines y en los programas electorales y se acaba finalmente realizando en los despachos, aderezado casi siempre con grandes dosis de burocracia, cuyo ejemplo más relevante es el propio legado incompleto de Obama.

Igualmente poco contribuye a la confianza del electorado, que al fin y al cabo son los ciudadanos, el que se estén produciendo cambios en el mundo de gran relevancia en economía y medio ambiente, que afectan a la organización de su vida y a sus expectativas, y de manera especial al futuro de su progenie, y nadie considere de una necesidad imprescindible explicar con detalle y paciencia, sus beneficios y sus costes.

Si además concurre que se produce una campaña en la que todos los medios considerados elitistas y personas famosas cuyo estado de privilegio es a menudo insultante, se muestran partidarios del candidato que representa el aparato del Estado, ya no resulta tan difícil comprender las ganas de hacerle un simbólico, pero muy efectivo, corte de mangas a todos ellos. El voto es todavía el arma cargada de futuro de los que se sienten marginados del poder y la fama.

¿Y ahora qué queda? El dolor de la decepción y la incredulidad, -escribo aún sintiendo una tenue esperanza de que podría despertarme y dejar atrás la pesadilla- que dejan paso al desconcierto ante el futuro y al miedo. Miedo real y fundado dado el delicado equilibrio internacional de poder, que mantiene al mundo preservado de un conflicto violento generalizado, aunque también sea verdad que hay aspectos de la realidad que no hay que dejar de lado, empezando por que las dos cámaras, Congreso y Senado, dominadas ambas por el aparato del Partido Republicano, donde hay que dar por supuesto que hay personas que piensan y están preparadas, ejercerán de hecho un control eficaz al poder ejecutivo de la Presidencia -eso sí, siempre que su titular respete las reglas- lo que hace improbable que las líneas maestras de la política exterior norteamericana cambien radicalmente, o en el ámbito interno se logren soslayar las que ya hay solidamente establecidas en la economía mundial -se me hace impensable, por ejemplo, que Apple acepte fabricar en USA y sus compradores acepten pagar un importante tanto por ciento más por sus productos-. Pero esto es especular, aunque los precedentes son muy desalentadores.

Al final, como después de cada catástrofe, con la importante peculiaridad de que esta acaba de empezar, toca oponerse a la adversidad, reconstruir aprendiendo de los errores, con el objetivo de mantenerse firme y mejorar lo que ya existía, el consenso ya alcanzado por muchos sobre algunos valores, como la libertad, la democracia, la igualdad y la solidaridad, para que si volviera a darse algo parecido -y lamentablemente hay más casos esperando su turno y esto les ha dado un espaldarazo- los daños sean menores y la recuperación más rápida.

Referendum en Colombia

Anteanoche, cuando pasaban 36 minutos de las doce y recibí la noticia de que en el referendum colombiano sobre la aprobación del acuerdo de paz, negociado durante cuatro años entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, había ganado el “no”, confirmado dos minutos más tarde por otra cadena, sentí alivio. En medio ví como en Twitter, una amiga a la que tengo por bien informada y con criterio se lamentaba de manera amarga del resultado.

¿Por qué mi alivio y la pesadumbre de ella? ¿Por qué si a ambos, estoy seguro, la guerra nos parece abominable y como consecuencia lógica e inmediata queremos la paz, reaccionamos de manera casi opuesta?  Creo que lo que nos ha diferenciado es el precio que cada uno ha considerado que una sociedad debe estar dispuesta a pagar. O diciéndolo de otra manera: qué principios nos han parecido irrenunciables y cuáles o qué parte de algunos una sociedad muy amenazada, aun con el mayor esfuerzo, debería estar dispuesta a ceder a cambio de la paz.

En los días anteriores a la votación ya había pensado que en los partidarios de la aceptación del acuerdo apreciaba un cierto síndrome de Estocolmo, tan comprensible entre las víctimas, que luego, en mi opinión, ha sido confirmado por la mayoría que ha votado esta opción en las zonas más afectadas…¿Pero y los demás, los que sin haber sido víctimas directas defendían el voto afirmativo, qué más los movía? Me decía que una mirada al futuro, un deseo perfectamente comprensible de disfrutar de unas oportunidades vitales no condicionadas por la amenaza de una violencia imprevisible e incontrolable, el aseguramiento de los beneficios inherentes a la paz, la libre e intensa circulación de personas, el optimismo, una economía floreciente en todos los niveles, no sólo en los pocos que se aprovechaban de las hostilidades.

Sabiendo y compartiendo esos argumentos, que el mejor futuro pasa por ellos, por que se cumplan, me preguntaba también qué consecuencias trendría para este futuro la aceptación de un acuerdo que implícitamente vulneraba las bases de una convivencia democrática, como es el respeto escrupuloso a las leyes, a los acuerdos de funcionamiento que una sociedad ha creado para regir el comportamiento de sus individuos. Me preguntaba en concreto qué consecuencias tendría en la sociedad colombiana el que los que despreciando esas normas hubieran adoptado otras propias, entre las cuales no hubiera ninguna que impidiera hacer todo el daño posible a unos también creados enemigos, con el fin de conseguir e imponer al resto unos objetivos políticos, que efectivamente se hubieran dedicado en cuerpo y alma a ello durante cincuenta y dos años, y que viéndose incapaces también de alcanzarlos de esta manera, finalmente lograran un acuerdo con las víctimas que les permitiera reintegrarse y volver a ese marco de convivencia que abandonaron,  y no pagar el sobreprecio de las consecuencias de esos actos, como si nada hubiera pasado ni a nadie hubiera afectado. Como una pesadilla que al despertar se desvanece. ¿La propia asunción de responsabilidad y publicidad de la tragedia serviría de suficiente escarmiento para todos, o dejaría el poso del ejemplo válido conforme a sus resultados y propiciaría que otros quisieran aventurarse a probar ese camino?

Puede que el ser humano haya superado, o esté en fase de hacerlo, al menos colectivamente, los rasgos estímulo/respuesta descubiertos en la investigación de Pavlov, y pueda dar respuestas complejas a estímulos también complejos, pero si al nivel individual no es así, si todavía es vigente la conclusión de que lo que hace que un individuo no acerque en exceso la mano al fuego es que ya lo ha hecho anteriormente o ha visto a alguno hacerlo y sabe cuales son las consecuencias, los que eligieron a conciencia la violencia para imponer ideas e intereses y despreciaron en mayor o menor medida las consecuencias en las vidas de todas sus víctimas, no pueden dejar de ser juzgados, sometidos a las mismas normas que rigen para todos los demás individuos que forman parte de la sociedad en la que quieren reintegrarse. Se perdería el efecto de conocimiento ejemplarizante. Y no sería justo al dejar de ser  igualitario. Habría un trato de favor inducido por la amenaza y me resulta muy difícil creer que esa injusticia tuviera la capacidad de ser en el futuro un buen caldo de cultivo de una sociedad sana y próspera.

El asesinato, la extorsión, el secuestro, el lastre económico…Todo espantoso, pero no dejo de tener un profundo e inevitable sentimiento de que la sociedad colombiana estaba siendo forzada a aceptar un chantaje, que la paz de la normalidad y el futuro tenían el precio de aceptar la desigualdad ante la ley, una desigualdad no justificable sino viciada, la necesidad de asumir que debían producirse excepciones, y eso no me parece un precio aceptable, por lo apuntado antes, la mala semilla que siembra.

Me hubiera parecido diferente y mejor la vía de haber alcanzado un compromiso para que soberanamente, aunque fuera teniendo en cuenta de manera inexorable la terrible realidad existente, los legisladores colombianos hubieran introducido matices o correcciones en su código penal que facilitaran y promovieran la reinserción de los automarginados, con tratamientos más benevolentes o ajustados a sus realidades concretas, pero sin eliminarlos, sin ahorrarles el paso por la justicia y sin ningún tipo de privilegio de otra índole, lo que tendría la virtud de atañer a todos, de ser leyes para todos y así evitar en gran medida la negativa excepcionalidad, la insoportable y perversa impunidad subyacente…Pero, puedo estar equivocado, sobre todo cuando no hay que olvidar que hay algo que pende inoculado sobre todas las conciencias en Colombia y es muy pesado de remover: que la excepcionalidad de triste y desacreditada memoria ya se practicó.