Taxistas

Ya se ha dicho: las dos partes enfrentadas tienen parte de razón en reclamar su trozo del pastel. Los que estaban, porque fueron y están sometidos a un cierto control, condiciones exigidas por la Administración en cuanto a titulación, formación y requisitos técnicos y jurídicos, precios regulados… Y los recién llegados, porque ofrecen un reconocido mejor servicio, e incluso ocasionalmente más barato -aunque sobre esto hay mucho que decir- apoyados en una visión más exigente del mismo, y aprovechando las nuevas capacidades que ofrece la tecnología.

También se ha dicho que la Administración, que ha intervenido o se ha ausentado, dependiendo del asunto, en su relación con ambos colectivos, así mismo tiene una parte importante de responsabilidad en la creación del conflicto que ahora se vive. Principalmente consintió la disparada y disparatada especulación con las licencias de taxi, por un lado, y por el otro concedió, de manera incomprensible, muchas más autorizaciones para los VTC de las que sus propias normas señalaban -cerca del doble en media nacional-.

Se ha abogado por subvencionarlos para paliar los traumas derivados y tiene lógica -sobre todo si la Administración ha ayudado a generar el problema- pero entonces no dejemos ningún sector o colectivo a los que el progreso -pero también sus propias decisiones- empujan hacia la cuneta de la marginación social y el olvido -como los mineros del carbón- .

Puede resultar sugerente añadir también, que se trata de un enfrentamiento fruto del lógico desgarro entre conceptos del pasado -primacía de lo local, servicio público y ecosistema monopolístico, periclitados- frente a la imperante concepción del mundo, bien nutrida de palabras de prestigio cotizado, como las de globalización, eficiencia y libertad, aplicadas a la empresa y a la competencia, pero eso tropieza con algunos datos de la realidad que no lo avalan. Resulta que en el afán por establecer entornos privilegiados o monopolísticos, ambos colectivos se igualan, lo cual forma parte de la naturaleza humana. Saber que Uber, el principal impulsor de este modelo de negocio nacido en 2009, todavía no ha dado un resultado positivo en sus balances, tras tantos años de inversiones millonarias, a pesar de la poca relevancia de los ingresos que obtienen sus conductores, pero que es valorada para su salida a bolsa en USA, en 120.000 millones de $, indica que la apuesta importante no es tanto lo que ahora se discute, como estar situado de la manera más privilegiada en la carrera mundial por monopolizar el servicio de la futura movilidad sin conductor. Tengo la impresión de que ese es el bocado buscado. Lo que no impide que mientras dure el camino, se vayan obteniendo cosas de valor, o se prueben otras vías de negocio convergentes, y algunos depredadores menores -de hecho parece que un antiguo dirigente de las asociaciones de taxi es uno de los más importantes empresarios acaparadores de licencias VTC- se apunten a la fiesta, sabiendo, probablemente, que todos los conductores tienen ya inoculado el virus de su desaparición, sustituidos por la capacidad tecnológica. Ese es su destino a no muy largo plazo: desaparecer.

Esa máquina está ya en marcha. El vehículo que transporte a los viajeros será capaz, no tardando mucho, de realizar esta labor sin el concurso de un conductor. Ofrecerá agua y más cosas, y preguntará qué camino de los posibles prefiere el pasajero, si pone alguna emisora de radio o deja la música, y lo hará con el acento, el timbre de voz y el idioma qué prefiramos, y -¿por qué no?- el olor que más nos guste.

Y el monopolio habrá dejado de ser local para ser mundial, y el servicio, en todos sus aspectos, empezando por el precio, retornará a cotas menos deseables, siempre, claro, que las administraciones competentes no lo remedien.

La Gran Vía de Madrid

El pasado viernes 24 fue inaugurada oficialmente por la alcaldesa Manuela Carmena la última remodelación de esta centenaria y emblemática arteria de Madrid, que le proporciona una fisonomía más amable para los ciudadanos que aún disfrutan caminando. La hice una visita al día siguiente, sábado, con el cielo muy encapotado y barruntando lluvia.

Principalmente se han ensanchado las aceras, pero también se la ha decorado con un nuevo mobiliario urbano, bancos de piedra y de madera, semáforos exclusivos, y unos hermosos y exóticos árboles, junto con macizos, que aún deben consolidarse. Una nota de vegetación, en especial la arbórea, que se echaba de menos, sobre todo en verano.

Pero no han sido sólo los paseantes de la ciudad y los turistas los que han sido beneficiados, en mi opinión. Si bien sobre esto hay una viva controversia -pocos días después  incluso los conductores de los autobuses municipales parecían quejarse- creo que el comercio, los hoteles y los espectáculos, los tres pilares principales de la actividad económica de esta vía, también apreciarán pronto las ventajas de un entorno más monumental y más adaptado a una movilidad colectiva e intensa.

Llena de hoteles y edificios importantes que van contando algunos de los acontecimientos que jalonan la historia de esta ciudad,  nace en diagonal desde la margen izquierda de la calle de Alcalá, cuando ésta ya se ha ensanchado buscando la plaza de Cibeles, iniciando una subida que traza una suave línea curva, lo que le proporciona un atractivo peculiar, y culmina, a la altura de la Red de San Luís y el arranque de la calle de Hortaleza, en una planicie recta que se extiende hasta más o menos la plaza  del Callao, donde se produce un ángulo menor a la derecha, y entonces desciende, de nuevo recta, hasta su desembocadura en la plaza de España.  

El inicio, ayer 30 de noviembre de 2018, de Madrid Central, supone un buen colofón a este giro hacia la modernidad para resolver los problemas de contaminación y estrés circulatorio de una ciudad grande como Madrid. Bienvenido sea.

Comienzo de la calle en su orilla izquierda con el innumerables veces fotografiado edificio Metrópolis, que forma la esquina redondeada con Alcalá.

Encuadre en el que se aprecia donde comienza la numeración de los impares, con el edificio que aloja la joyería Grassy (ahora cubierto por ese cartelón) y los pares, en el de esa galería que aparece festoneada con la bandera nacional, inicio de la calle Marqués de Valdeiglesias.

Los cuatro carriles de este tramo, bien representados en la señal sujeta en la farola y también marcados sobre el pavimento.

Los telones de luces navideñas, con la torre de Telefónica y sus relojes.

La primera tienda de Loewe, la empresa de marroquinería con raíces en el siglo XIX, en la Gran Vía, haciendo esquina con la calle Victor Hugo, inaugurada recién acabada la Guerra Civil, en 1939.

El hermoso edificio del número 7.

El perfil del edificio de Telefónica.

Tráfico intenso, a una semana vista de la entrada en vigor de Madrid Central, profusamente anunciado.


El chaflán y la marquesina de cristal del hermoso edificio de la esquina con la calle Clavel.

La suave curvatura.

Curvatura que no impide vislumbrar al fondo el edificio Carrión, junto a la plaza de Callao.

El edificio del número 13.

La otra esquina achaflanada de la calle Clavel.

Real Oratorio del Caballero de Gracia.

El negocio del azar también ha cobrado su pieza en la Gran Vía.

La curvatura vista desde más o menos desde su eje, en los pares.

El edificio que hace esquina a la derecha de la Red de San Luís, con la valla que delimita la actual rehabilitación de la plaza para remodelarla, incluyendo la salida de la estación del metro. 

La cúpula del edificio de Telefónica desde la plazuela de la Red de San Luís

En esta parte la calle se ensancha, aunque la calzada permanece con los cuatro carriles con los que comienza. 

Aquí se aprecia bien el ensanchamiento de la parte peatonal, que la convierte en una avenida cómoda y agradable de transitar.

Inicio de la calle Valverde, una de las peatonalizadas que parten o se asoman a la Gran Vía.


Otras, aunque conservan la calzada acotada por bolardos, y el uso para circular vehículos, también fueron rehabilitadas y arboladas por consistorios anteriores.

Grandes firmas que han querido estar aquí.

Los macizos que necesitaran mimo para consolidarse.

Otro edificio, el Carrión, obligado a adaptarse a las irregularidades en el trazado de las calles del Madrid más antiguo, que alberga el cine Capitol e incrementó su presencia en el imaginario colectivo de varias generaciones por su protagonismo en la película El día de la bestia dirigida por Álex de la Iglesia. 

El más viejo Madrid que asoma por las bocacalles que confluyen en la Gran Vía. 

El lateral de la plaza del Callao con el edificio de los cines del mismo nombre, que hace esquina con la calle de Jacometrezo. 

De nuevo el edificio Carrión, como la proa de la parte menos antigua de la Gran Vía

Visión desde la plaza del Callao del último tramo en descenso, con el edificio Torre de Madrid al fondo.

También  desde la Plaza del Callao, el abigarramiento del tráfico de ese sábado.

La maraña de luces que jalonan toda la vía hasta su desembocadura en Plaza de España.

El edificio Torre de Madrid, que durante décadas fue el más alto de la capital.

El edificio más reciente en la acera de los pares, frente al cine Capitol.

Panorámica al amparo de la marquesina del Capitol. 

En este tramo, desde Callao, sin renunciar a las muy anchas aceras, la calzada añade un carril específico para bicicletas.

Aquí se aprecia mejor ese carril, a la vez que asoma, en la confluencia con la calle San Bernardo, ese edificio de ladrillo visto del Madrid menos monumental y más habitual en el final del XIX y comienzos del XX.

Uno de los edificios de esta parte más reciente, coronado por una imponente figura. 

De nuevo el carril de bicicletas perfectamente delimitado. 

Vista desde la misma Plaza de España.

Tomas ampliadas desde el mismo punto, donde se observa como la construcción es más moderna, de mayor altura, y donde aparece, al fondo,  el edificio que forma la esquina de la Plaza del Callao con la Gran Vía.

Maldad infinita

Hay momentos en los que la constatación de algunas realidades invita a mirar con envidia el destino de algunos que ya se marcharon. Personas que ya cerraron su umbral histórico y así se libraron de presenciar o vivir horrores de los que la humanidad se muestra perfectamente capaz de producir. 

Cuando recuerdo suicidios memorables, por la notoriedad de la persona que lo cometió, como el de Estefan Zweig, por un lado me entristece, en la medida en que de no haberlo llevado a cabo habría conseguido ver como aquella conflagración se resolvía a favor del bando en el que él se hubiera sentido mejor representado, pero, también me satisface porque no habría conocido el espantoso horror de la mortal culminación del deseo de exterminar a otros seres humanos, que fue el llamado Holocausto. 

¿Le hubiera compensado a su alma refinada, bien preparada para el deleite moral, intelectual y estético, la victoria bélica sobre el totalitarismo, del sufrimiento de constatar el feroz aniquilamiento de millones de personas, especialmente próximas? ¿O de los inconcebibles bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, sobre todo este último, cuando ya se sabía sin duda razonable la horrorosa magnitud del daño que produciría?

Puede que en otros tiempos históricos, el riesgo de la tragedia, de la llegada del cataclismo, fuera tan notable como ahora, los terremotos, las enfermedades para las que no se tenía cura, la colisión con un asteroide, pero ahora siento que este riesgo se ha multiplicado porque la posibilidad de intervención, de influencia del ser humano, de responsabilidad sobre el mal, se ha agigantado. 

La vida nunca ha valido mucho, pero ahora, quizá porque la inmediatez de la comunicación nos llena de horrores y muertos a diario, no tengo la impresión de que haya aumentado su cotización. 

La inquietud se adueña de la percepción sobre el futuro, el desasosiego anega el ánimo, y sólo el refugio en lo más cercano e inmediato, lo que nos permite actuar sobre ello, la familia, los amigos, el entorno, alienta momentos de felicidad. 

Especialmente cuando se toma conciencia de que hay personas, y organismos, y gobiernos que siguen funcionando como si la humanidad no fuera una, como refleja esta noticia de hoy en El País, donde se cuenta la preocupación de algunos científicos sobre los caminos en la investigación que consideran perversos, al calor de concepciones del mundo, que en mi opinión deberían abandonarse por antiguas, por superadas, porque no responden a esa auténtica realidad de unidad e igualdad del ser humano, que a lo que debiera invitar es a la fraternidad y no a prepararse para causar el mal, aunque son, por desgracia, ampliamente compartidas por los que ejercen el poder.

Compromiso

Parece que Daimler, el fabricante de los Mercedes Benz, ha esperado hasta el último momento -el seis de agosto-, pero también ha pasado por el aro de claudicar a su derecho legítimo a hacer negocio en Irán, por la amenaza real que supone sufrir las consecuencias de las sanciones que ha impuesto el actual presidente de Estados Unidos, tras romper unilateralmente en mayo pasado el Acuerdo Nuclear con ese país. Hay que recordar que el resto de los firmantes –China, Gran Bretaña, Rusia, Alemania y Francia– no han visto el motivo que justifique no hacer honor a lo firmado.

Antes que Daimler ya el grupo francés PSG, fabricante de Peugeot y Citroën,  había anunciado su retirada de este mercado, lo que hace pensar que, previsiblemente no  será la última gran empresa en hacerlo, a pesar de la contraofensiva de la Comisión Europea apoyando decididamente la libertad y legitimidad de sus empresas para ejercer su actividad en Irán, lo que me deja un poso de indignación y tristeza. ¿No hay nada que impida que se imponga el más fuerte, aunque no tenga razón?

La constatación es evidente, a las empresas no les basta saber que actúan en la legalidad y que son apoyadas por su administración política, porque hacen cálculos y el resultado de caminar por la vía de las reclamaciones y del Derecho Internacional, da un balance peor que someterse a la arbitrariedad del poderoso, lo que desprende un hedor de abuso de poder difícil de no percibir, sin angustiarse.

Cabe preguntarse qué puede hacer el ciudadano para intentar impedir el atropello y lo primero que se antoja es renunciar a comprarse ese Mercedes que resulta tan goloso a los ojos…Es decir, penalizar a la empresa pusilánime, que cede al abuso,  con el boicot a sus productos, e intentar actuar de contrapeso en esa balanza. Pero, claro, si tal ciudadano lo piensa un poco mejor, en primer lugar puede darse cuenta de que nunca ha tenido intención real de comprarse ese vehículo, por la imposibilidad económica de hacerlo, luego esta acción no está en su mano. En segundo lugar, que tampoco podría aspirar a comprarse prácticamente ningún otro,  no ya porque le siga faltando la capacidad económica -que puede que también- sino porque no hay empresas que no hayan cedido a esa presión… Pero, sobre todo, porque una terapia de este tipo, aumentando la intensidad del mal, sumándose a la presión, puede acabar matando al enfermo, lo cual es previsible que no beneficiaría a nadie.

Resulta, pues, difícil definir los límites que debe tener el compromiso político o geopolítico de las empresas. Parecen claros los principales compromisos que se les puede exigir: el social (salarios y condiciones de trabajo justos), el  económico (beneficios), el medioambiental (preservación y sostenibilidad),  y con la legalidad, ¿pero políticos?

Somos los ciudadanos los que tenemos el compromiso de ejercer la política participando activamente, señalando los problemas, en la denuncia y en el debate, y siempre, al menos, votando. Es esto lo que puede impedir que se imponga el más fuerte, aunque no tenga razón.

De ahí que quede un trascendental camino por recorrer, dado que todavía los ciudadanos del mundo no podemos votar, todos, quien ocupa el poder de tomar decisiones que nos afectan a todos.

Quizá no sea la mejor opción todavía una democracia directa, que se imagina inverosímil, sino una representativa como la que prefigura la O.N.U., pero es imprescindible que esta representación sea real y equilibrada, y se sostenga en un respeto escrupuloso a la legalidad internacional, cuyo andamiaje parece necesario mejorar, a tenor de los hechos, una vez más.

Mundial de fútbol 2018

Pues bien, este campeonato ha llegado a su final. Ha ganado Francia merecidamente; ha sido bastante regular y ha mostrado una capacidad de resolución envidiable, que para sí hubieran querido otras selecciones.

Antes de que lo dijera Infantino ya tenía la impresión, a través de los partidos que había visto, de que estaba siendo el mejor mundial que yo recordara -aunque debo advertir de que en este asunto del fútbol me tengo por bastante lego- no tanto por la organización y las instalaciones, de las que apenas me he interesado, sino por lo apretado de la competición, que ha dado enfrentamientos muy interesantes, por las cualidades mostradas por las selecciones y la correspondiente emoción que despertaban.

Y para mi hay dos conclusiones que sobresalen sobre cualquier otra: la primera que, como en algunas otras ocasiones, ha resultado que el fútbol es un deporte de equipo, que cada encuentro lo juegan once personas contra otras once, y se apoyan en muchas más para lograrlo. Así, las más renombradas figuras, que consiguen que las estrategias de los equipos en los que juegan giren en torno a sus peculiares rasgos o habilidades, aunque éstas sean más bien poco participativas, por no decir claramente individualistas o egocéntricas, han cosechado un estruendoso fiasco. Messi y Ronaldo no han conseguido -muy merecidamente- que sus selecciones lograran pasar de segunda ronda, y precisamente han sido las figuras más participativas del juego colectivo, esas que tampoco han abandonado la idea de que defender forma parte intrínseca de las reglas de este juego, como Hazard, Modric o Griezmann, los que han llegado más lejos.

Y en segundo lugar, y no menos importante, porque trasciende los límites de la actividad deportiva: ha ganado la selección más mestiza, aquella en la que el color de la piel, el origen de los ancestros, o -posiblemente- las creencias religiosas o su ausencia no han sido un impedimento para asociarse, para creer en las posibilidades del compañero, para confiar, para aprovechar la sinergia del grupo. Bélgica e Inglaterra también estaban en esa onda y seguramente eso explica lo cerca que han estado igualmente del triunfo final.

Podría decirse que Europa, la Europa mestiza, es la gran triunfadora de esta competición universal, y yo creo que este rasgo ha sido el factor definitivo en el resultado. Por eso sería muy interesante que aquellos que se ocupan de otras actividades que no son el deporte, pero atañen -incluso más- al bienestar de los ciudadanos europeos, tomaran nota, aunque sólo fuera para reflexionar.

Ignorancia de España

El servicio mundial de la cadena pública británica BBC, entre otros realiza unos buenos programas de radio de casi media hora, dos veces al día, que a su vez aglutina en unos repasos de fin de semana. Son resúmenes, que titula Global News Podcast, que cuelga en Internet en forma de podcast,  en los que, conforme al criterio del periodista de turno, refleja lo  más relevante o actual de lo que, a nivel mundial,  pasa por esa redacción. Al final del primero del día, emitido el 20 de febrero pasado,  titulado Dark Web Paedophile Jailed After Global Investigation, el periodista se disculpa, en nombre de toda la redacción, por un error cometido en la presentación de un entrevistado en un episodio anterior reciente, y que varios oyentes han señalado. El error en cuestión es que habían hecho italiano al tenor Plácido Domingo. Dada la propia magnitud del artista, el tiempo que lleva en el mundo de la ópera, y en concreto las muchas veces que ha debido actuar en Londres, efectivamente el error es importante. Y aunque ha sido subsanado -como el mínimo de profesionalidad y rigor exigía- no deja de ser un síntoma preocupante de la ignorancia que se tiene en el mundo sobre España y los españoles. La cual, probablemente, e independientemente de la mostrada por los periodistas responsables de esa emisión, responde a una falta general de interés por este país, para lo cual podemos encontrar  muchos motivos, desde los puramente históricos objetivos -España ya no es un imperio y sus acciones influyen poco en la geopolítica internacional- hasta los subjetivos, como la supervivencia de retazos deshilachados de propaganda, de cultivo de una leyenda negra, residuos de una vieja rivalidad formada al calor del temor a que aquél viejo imperio que fue, sometiera a los pueblos que lo rodeaban.

Estas son las razones que se me ocurren más probables para que se siga recurriendo en los medios internacionales, cuando se inicia una visión sobre nosotros, de manera más o menos sutil, como poco, como lo más anecdótico, al flamenco, las bailaoras vestidas de faralaes, los toros, o los tricornios de los guardias civiles -metáfora del gusto por la violencia- dejándose llevar por esa inercia por hacer de menos mediante la caricatura. Pero hay más, y de más enjundia, que resulta más hiriente y descorazonador, cuando se deja de lado una realidad que a la mayoría de los españoles nos parece evidente, el esfuerzo realizado y los logros alcanzados en el último cuarto del siglo pasado y lo que llevamos de éste, y especialmente -porque es como una enmienda borrón a la totalidad- cuando se pone en tela de juicio nuestra propia entidad como nación, como unidad política unida por los valores de libertad, democracia, paz y progreso.

Antonio Elorza hacía una reflexión, el pasado julio, donde repasaba episodios y controversias sobre este asunto, el mismo concepto de España, al hilo de la conmoción catalana que ya apuntaba, y aconsejaba huir de réplicas simplistas, y reconocer los hechos, los buenos y los malos. En definitiva: optar por la objetividad.

Y en el mismo sentido encuadro lo que contaba con un punto de indignación, cansancio y amargura, Antonio Muñoz Molina, poco después del pseudo referéndum catalán del 1 de octubre pasado. Él, que por trabajo y vocación ha pasado largos periodos viviendo en otros países, o visitándolos, y tenido mucha relación con una élite cultural y, como consecuencia, es un testigo excepcional de lo que se piensa en ellos de nosotros.

Recomiendo la lectura de ambos artículos y no caer en la melancolía. Los españoles sabemos mirarnos con sentido crítico, pero también reconocer nuestros logros. Si esa realidad no ocupa su lugar, otra lo hará, aunque no sea tan verdad – nosotros también conocemos bien la ruindad y persistencia del sambenito-. Así que toca insistir en el testimonio de la España que hoy somos, la que con tanto esfuerzo, y dejando a tantos por el camino, hemos logrado.

Apple y Volskwagen

Apple recientemente -porque ha sido descubierta y denunciada públicamente- ha reconocido que había modificado, a través de las actualizaciones del sistema operativo de sus teléfonos móviles más antiguos, la manera en la que éstos gestionaban el uso de la batería, con el fin de que éstas duraran más. La consecuencia más perceptible para los usuarios de los teléfonos ha sido que realizaban más lentamente funciones que antes de la actualización realizaban más deprisa.

Apple ha intentado justificar esta intervención como un beneficio para el cliente, como respuesta a una preocupación por alargar la vida de unas baterías de ion-litio, que sufrían de un deterioro en su capacidad con el uso, lo cual puede parecer a todo el mundo algo loable… Lo que no ha parecido tan loable ha sido que no lo comunicara con antelación a los usuarios, y les diera la posibilidad de elegir, si querían paliar de esa manera las posibles consecuencias del envejecimiento de sus baterías, o adoptar otra solución, como sustituirlas. Con toda lógica, buena parte de estos usuarios han pensado que había otra intención, esta vez no manifestada, de invitarles “sutilmente” a plantearse la compra de un aparato nuevo, ante la incomodidad de ver enlentecidas operaciones que estaban acostumbrados a realizar con mayor rapidez.

Esta presunción viene avalada por algo que el servicio técnico telefónico de Apple realiza de manera sistemática, como es recordar al cliente que requiere sus servicios, que su aparato es antiguo –vintage lo suelen llamar- y en consecuencia puede haber quedado incapaz para afrontar, de manera óptima, los retos de las nuevas versiones de los programas que procesan, a pesar de recomendar instalarlas, por diferentes motivos, entre ellos de seguridad, y estar éstos dentro del rango de aparatos que la propia marca incluye entre los que pueden soportarlas.

En fin, querer vender mucho, que no se frene la renovación tecnológica, es legítimo, ¿pero lo es promoverlo de esta manera, colocando al cliente/usuario de sus productos, sin su consentimiento, en dificultades o mermas en el servicio que sus aparatos les prestan?

Volkswagen, por su parte, después del escándalo de los programas que trucaban los resultados de sus motores diesel, que tanto descrédito y erario gastado en multas y reparaciones le ha costado, ha seguido defendiendo una política industrial que apostó por un tipo de motor que ha resultado extraordinariamente contaminante y perjudicial para la salud de las personas, participando del escandaloso estudio experimental con monos y personas, en busca de argumentos a favor de dicho motor.

Y lo que me pregunto es qué tipo de exigencia ética tienen estos directivos que toman estas decisiones. ¿Dónde se forman? ¿Qué se les enseña? O yendo más allá: ¿qué sistema ético tenemos que puede hacer pensar a los directivos de empresas tan grandes y consolidadas, de las que cabría pensar que deberían ser ejemplares, por la cantidad de personas que dependen económicamente de ellas y todas a las que sirven, que la búsqueda del beneficio está por encima del respeto y la consideración debida a la libertad de estas mismas personas, o a su salud?

 

Reyes

No recuerdo cuanto tardaron mis hijos en descubrir que los regalos que recibían el seis de enero no venían de Oriente, ni cargados sobre lomos de camellos, sino que  los compraba su familia, empezando por nosotros, sus padres. Tampoco cuán profunda fue la decepción de cada uno cuando el embuste quedó al descubierto. Vagamente me viene a la memoria que uno lo supo antes y, al menos, disfrutó mientras duró de la complicidad con sus padres frente al otro.

Ahora que este dilema se me vuelve a presentar con mis nietas me inclino a creer que no es una buena idea crear una ilusión, por mucho que se disfrute mientras dura, si al final se acaba produciendo una decepción.  Se puede contar la historia de los Reyes Magos, que no deja de tener su interés y su exotismo, como una más de los tiempos antiguos, origen de una tradición de regalar, y justificar el mantenimiento de su celebración como fiesta para todos, independientemente de que se sea o no  religioso, porque siempre es agradable hacer regalos, y especialmente a los niños.

En resumen: ¿Qué aporta esa inventada vinculación de estos personajes con los niños reales? ¿Para qué es importante que sean unos personajes, que de haber existido devienen caricaturizados en ficción, los que premien o castiguen con su ausencia o prodigalidad el comportamiento infantil? ¿No es más entrañable que los regalos vengan de las manos más conocidas y queridas, las mismas que acarician y protegen, ayudan a levantarse tras una caída o acompañan al cruzar la calle?  Incluso para aquellos que argumenten que les parece saludable la decepción que sobrevendrá al descubrir la verdad, en la medida en que ayuda a los infantes a lidiar con la frustración, al reflejar de manera fiel la propia dinámica de la vida adulta que con seguridad encontrarán, donde hay halagüeñas expectativas que se derrumban, se me ocurren mejores maneras de mostrarlo, como señalar las aparentes bondades de la naturaleza que en definitiva no lo son, como los bellos o enternecedores animalitos o plantas que resultan peligrosos o nocivos, si no queremos entrar en historias más crudas de la vida real. Además: ¿tiene sentido que el niño se sienta engañado tan tempranamente por todos, empezando por sus propios padres?

No obstante, ahora más que nunca, lo que aporta es un hito de actividad económica, a tenor de los datos que las propias grandes empresas de consumo publican, sin olvidar los millones que, al menos en España, destinan los ayuntamientos a los festejos navideños y las cabalgatas, las cuales también tienen la virtud de repartir una cierta pedrea entre los menos favorecidos, si bien en empleos circunstanciales y seguramente mal pagados, lo cual hace poco probable que esta joven tradición -Alcoy la inició en 1866- vaya a menos.

Está bien, pues, que se mantenga y propicie, como ya lo hace, momentos de solidaridad, pero creo que estaría bien renunciar a hacer pasar por verdad lo que sólo es fantasía.

Cataluña, septiembre de 2017

La Constitución

Se produce un revuelo cuando se precipitan los hechos indeseados. Es lo que suele ocurrir, a pesar de que los diferentes acontecimientos que se hayan podido producir con anterioridad, a lo largo de un extenso pasado, ya los apuntaran.

Cuando en España se alcanzó la democracia por el fallecimiento del dictador, y los más inquietos políticamente accedieron paulatinamente al poder, tenían ante sí un reto enorme: dejar atrás todo lo negativo de las casi cuatro décadas sufridas de dictadura arcaizante, y recuperando el hilo abandonado de otras iniciativas pasadas de progreso, homologar al país con lo mejor del  entorno natural de la cultura europea y mediterránea a las que siempre ha pertenecido.

La Constitución del 78 fue la herramienta forjada para lograrlo, tras un esfuerzo que desde la distancia se aprecia aun más meritorio, conociendo como era de endiabladamente complicada la situación entonces, con iniciativas terroristas varias, una clase política del régimen, aún con todo el poder, vigilada de cerca por el Ejército;  una efervescencia social y política en las calles que reclamaba logros inmediatos; los partidos nacionalistas del País Vasco y Cataluña reclamando la recuperación de sus respectivos estatutos, que lograron con la república; y, por si eso fuera poco, una economía en crisis con unos parámetros insoportables. Afortunadamente había dos factores que actuaban en sentido opuesto para evitar la previsible violencia consecuente con la descomposición de un régimen dictatorial: el tamaño de la sociedad que disfrutaba de un cierto bienestar económico se había ampliado significativamente en las últimas décadas, y el recuerdo de la atrocidad de una cruel guerra civil aún estaba vigente.

En este contexto, los constituyentes, incluyendo a los no formalmente designados por los dos partidos políticos mayoritarios y  que, de hecho, pactaron infinidad de cuestiones, hicieron su trabajo y alcanzaron un acuerdo: una constitución que presentar al pueblo español, en la que todos cedieron, porque eran muy conscientes de que de no hacerlo no era una opción.

Ha pasado desde entonces un tiempo que está a punto de alcanzar al de la dictadura, casi   cuarenta años, y el fruto de esa constitución, que fue aprobada en referéndum con el 87,78 % de los votos, que suponía un 58,97 por ciento del censo, es un país homologable,  en la mayoría de los aspectos de credencial democrática y de modernidad, con la Europa que lo rodea, y en cuya construcción política hoy participa.

El tiempo no pasa en balde, y sin duda hay aspectos que, fruto de la experiencia, piden ser reformados, pero sería ingenuo pensar que abrir esa puerta -perfectamente prevista por la propia carta magna- no va a generar fuertes controversias, principalmente en lo referente a los asuntos competenciales y de organización territorial. Abolir la arcaica preferencia del varón en los derechos dinásticos, o la misma existencia de la monarquía,  no creo, en cambio, que  se aborde con tanta intensidad. Por eso imagino que ha habido y hay quien considera asumir un alto riesgo abordar ahora su reforma, en caliente, con la insumisión independentista forzándolo. Quizá hubiera sido la vía lógica de entendimiento hace años pero, ahora, cuando el nacionalismo catalán ya ha desechado ese escenario, ¿es posible volver a él? Me falta información para contestar, pero lo cierto es que, con la incorporación del PSOE, aún como segundo partido mayoritario, es cada vez mayor la masa política que lo considera la única solución para evitar la permanente reivindicación nacionalista,  y en última instancia, un desmembramiento traumático de España.

Soberanía compartida

A veces nos dejamos llevar por lo que deseamos y aceptamos un uso de los conceptos que chocan con la lógica, como el nacionalismo no independentista. Los nacionalistas lo son porque quieren una nación, lo que comunmente se entiende por tal: una nación política constituida en estado. No les basta saberse y ser plenamente reconocidos una nación cultural, o una “nacionalidad”, que fue el término esperpéntico de compromiso que se utilizó en esta Constitución del 78 para denominar a los territorios de la nación española con lengua y cultura bien diferenciadas. Como consecuencia, y por definición, jamás un nacionalista estará satisfecho con menos, por mucho que su autonomía alcance cotas de soberanía muy relevantes, porque la piedra angular de su planteamiento es la independencia, que es la que conlleva el derecho a decidir por sí mismos su futuro como un estado, sin contar con nadie más. No puede, así,  aceptar una soberanía compartida con el resto de los españoles. Incluso aunque sea consciente de que la soberanía de los estados cada vez es un concepto menos absoluto en el ecosistema polítco europeo, e incluso mundial.

Pero el caso es que eso es lo que hay precisamente: una soberanía compartida, la que la Constitución declara como indivisible y que poseen todos los españoles. Es decir, son sujetos de soberanía los individuos, los ciudadanos, no los territorios. Esta es la legalidad vigente, la reconocida por Europa y el resto de los países de la ONU, la que -conviene recordarlo para que lo sepan aquellos que, en el mejor de los casos, desde una posición bienintencionada, emiten opiniones sobre el nacionalismo catalán o vasco y sus deseos de independencia- sustenta la legitimidad de las instituciones de estas autonomías españolas, incluida la de todas sus autoridades. Como esto no es difícil de entender, es lógico pensar que Puigdemont y Forcadell lo saben, y para soslayarlo, inventan o asumen como propio un derecho que sitúan por encima de cualquier otro, el de decidir ser o no un estado,  y que, principalmente, les reconocen sus correligionarios y los interesados por algún motivo en una Cataluña estado. Por eso, cualquier posibilidad de acceder a una independencia mediante un referéndum catalán pactado, y por tanto legal, pasa por convencer al resto de los españoles de que cedan la suya y la dejen en manos sólo de los censados en Cataluña.

Es muy lícito hacer valer la voluntad democrática de un colectivo tan amplio como se puede ver en las manifestaciones más multitudinarias, pero no lo es olvidarse o negar que ese derecho que se reivindica no pertenece sólo a ese colectivo ciudadano, sino a otro mucho mayor, el de los ciudadanos españoles. Existe el camino, pero se desecha por la bien imaginada dificultad de recorrerlo y de alcanzar el objetivo pretendido, y se opta por usar el atajo de la decisión unilateral, aunque ello conlleve abocar a la división social y al enfrentamiento que ya se está viviendo.

Sentimientos

Los sentimientos nacionalistas son el factor sin el cual no se puede entender por qué se ha llegado a esta ausencia total de sintonía entre una parte considerable de la ciudadanía catalana, en torno a la mitad según las encuestas, y el  resto de los españoles, hasta el punto de querer romper una convivencia centenaria, y éstos han sido cultivados  de manera sistemática y sin tapujos. Pero, no obstante, esto no es irreversible. No hace falta ir muy lejos para saber que, incluso con las personas que más queremos, los familiares más próximos, un gesto desafortunado, una negativa mal explicada, unas maneras inadecuadas, conducen a que nos cerremos como un molusco y tampoco seamos capaces de actuar de una manera correcta, positiva y racional. A veces ni siquiera es algo objetivo, basta un malentendido. ¿Ha cambiado algo sustantivo en nuestra relación familiar? No, seguimos reconociéndonos en el papel que a cada uno corresponde en las familias, y nos seguimos queriendo, pero otros sentimientos han tomado el mando. Son la frustración, el pensar que estamos siendo no tenidos en cuenta, que no despertamos suficiente aprecio, que se nos trata con poco o ningún respeto. Da igual que la realidad, si la observamos con sobriedad y rigor, invalide buena parte o todos los motivos que encontrábamos para tener esos sentimientos, o bien aporte datos para modificar las conclusiones iniciales y verlas como precipitadas, lo cierto es que suele ser necesario que medie el tiempo para que nuestro análisis nos lleve a otras conclusiones más acertadas y justas, y lo que se había dislocado vuelva a reconocerse en la realidad objetiva. Creo que la relación de Cataluña con el resto de España sufre este mal, pero tiene remedio, porque la realidad por muy sepultada que esté acaba imponiéndose.

Y es que, como en el ejemplo, hay una realidad objetiva que no desaparece, que no deja de existir por más que se pretenda desvirtuar y no se aprecie y se esté dejando al margen: Cataluña es España. Bastaría pararse y mirar con otra intención alrededor para ver la profundidad de la imbricación sentimental y material entre lo que de alguna manera tiene que ver o procede de Cataluña y el resto de España: periodistas catalanes que lideran programas de ámbito nacional, actores catalanes que acaparan protagonismo en series y películas, películas en catalán representando a España, escritores y músicos catalanes entre los más vendidos y apreciados, deportistas catalanes admirados, profesionales catalanes líderes de las más variadas disciplinas, incluso empresas o instituciones que son referencia en todo el ámbito nacional español, y lo que es aun más trascendente, todo el entramado, mucho más amplio, de las relaciones familiares o personales, que permanece oculto porque pertenece al ámbito privado, pero está ahí.

No hay suficiente catalanofobia en España, aunque haya catalanófobos, ni hispanofobia en Cataluña, aunque haya hispanófobos. Su número es insignificante para destruir eso. Tontos fóbicos hay en todos lados; sólo hay que no hacerles caso, y si es posible, ilustrarlos.

Futuro

Que en la tierra donde se han desarrollado los castells, ejemplo maravilloso de colaboración de muchos y muy distintos para conseguir un objetivo común, se esté produciendo el desencuentro y el desgarro sentimental como los que se expresan estos días, no sólo es un cúmulo de pérdidas en diferentes ámbitos, de las que quizá en varias generaciones nunca nos recuperemos, si se consolidan, sino un motivo de tristeza infinita, un abrumador fracaso colectivo. Espero que sepamos darnos cuenta a tiempo de impedirlo.

Quizá la fórmula sea dejar el pasado sólo como lo que de la manera más positiva es: fuente de experiencia. Miremos al futuro para elegir nuestras acciones, recuperemos la conciencia de lo que supone estar unidos y compartir destino histórico. Y disfrutémoslo, porque lo bueno de la unión es que se disfruta, al contrario de lo que suele ocurrir con la desunión, que se sufre.

Ordinales

Hace poco un periodista en su crónica en la radio me sorprendió gratamente diciendo cuadragésima novena edición al referirse a un acontecimiento que se iba a celebrar, para luego, al cerrar la información del mismo, decir la cuarenta y nueve edición y chafarme la satisfacción. Como si hubiera sentido la necesidad de enmendar un error o un desliz y hubiera vuelto a lo de uso común, a lo habitual. O premeditadamente para advertir a la jefatura de redacción de que él sabía usar los ordinales pero acataba la orden de usar en su lugar los cardinales.

¿Se dan estas órdenes en las jefaturas de redacción? Lo ignoro, pero así parece si lo juzgo por el número tan escaso de ordinales que oigo en la boca de los periodistas, principalmente los que realizan los informativos. Desde que se entra en la segunda decena, los ordinales desaparecen, tal como la RAE reconoce que se ha ido imponiendo con el tiempo. Yo no he escuchado aún “cayó desde un piso cuatro”, pero no pierdo el temor a que eso ocurra en el futuro. Y el caso es que tampoco oigo decir mucho “se celebra el aniversario que hace el número noventa y dos”, que suena mejor aunque siga eligiendo usar un cardinal donde más apropiadamente en mi opinión sonaría un ordinal.

La razón parece clara: el común de los hablantes no usa los ordinales, e incluso podría decirse, sin miedo a equivocarse, que les suenan arcaicos o afectados, y probablemente en su mayoría los desconoce, y como consecuencia, cabe suponer que sus interlocutores o receptores no entenderían lo que se les quiere decir, lo cual, se da por hecho, es algo que normalmente se quiere evitar. Así, lo que suele hacerse, eludiendo también esa paráfrasis por economía, es ir directamente al cardinal “noventa y dos aniversario” que a mi -ya ven- me resulta chirriante, en lugar del espléndido y eufónico “nonagésimo segundo aniversario…”.

Es verdad que no deja de ser una simplificación usar los cardinales como ordinales, lo cual encaja con esa ley de economizar que también rige el lenguaje, pero ¡¿es que otras consideraciones como la riqueza o la belleza de una lengua no cuentan?! ¡No se regodeen, sé la respuesta, y sí, esto es un intento de romper una lanza a favor del uso de los ordinales!

No pretendo dar aliento a los que ya están prácticamente muertos, los que designan al cien y todos los superiores que le siguen, como centésimo primero (101) o los menos oídos aun como centésimo vigésimo cuarto (124), y no digo nada ya si seguimos subiendo y queremos expresar un año como el de la actual Constitución (1978) como milésimo noningentésimo septuagésimo octavo…que resulta excesivamente largo frente a mil novecientos setenta y ocho, pero sí reivindicar la riqueza y la eufonía de los primeros noventa y nueve, que no lo son tanto.

A mi me parece un esfuerzo que merece la pena.