La huelga del 14 de noviembre de 2012

Finalmente llegó este día y la nueva huelga general con la que avisaban los sindicatos,  cuando iban percatándose de lo que seguía haciendo el gobierno de Rajoy y el poco caso que se les hacía, se ha producido, haciéndola coincidir con convocatorias en otros países europeos.

La noche antes de su comienzo, tenía poca confianza en su éxito, pero conservaba la esperanza de equivocarme. No ha sido así. No sin cierta perplejidad, cuando salí a media mañana a la calle a ver en persona lo que estaba pasando, me encontré con que en mi barrio nadie había optado por seguirla. Ningún comercio, oficina bancaria, supermercado o local de hostelería estaban cerrados. La normalidad era absoluta.  Personas por la calle paseando o yendo a sus tareas y recados. Los repartidores al volante de sus camionetas, incluida la de Correos. Me acerqué a una gran superficie y la normalidad era plana. Me costó descubrir que había un coche de la policía nacional aparcado  discretamente entre otros muchos, cerca de la puerta principal. Luego seguí mi paseo y en una plaza encontré  la carpa de la campaña de prevención de la diabetes coincidiendo con su día de acción, con sus correspondientes colas de jubilados y transeuntes esperando a hacerse la prueba gratuita y recibir los consejos adecuados. Más adelante en el mercado del barrio me preocupé por recorrer las dos plantas y no había un sólo puesto cerrado. Seguí mi largo recorrido por esta zona del norte de Madrid y llegué, en Castellana, al gran almacén nacional por antonomasia, donde también entré, comprobando que funcionaba como debe ser habitual. Por el camino me crucé con innumerables terrazas donde había personas de toda índole, desayunando tarde o aperitiveando pronto, pero sobre todo tomando el espléndido sol del día radiante que hacía en Madrid, con una temperatura en torno a los quince grados.

¿Esto no tiene el aspecto de una descripción de una huelga general, verdad? Hay quienes, como Isaac Rosa, lo interpretan en clave positiva. Yo no.

Lo cierto es que ya pintaba mal desde primera hora, cuando el runrún del tráfico había sido puntual llamando a mi ventana. Cuando me asomé y vi el aparcamiento descubierto que oteo desde ella casi al completo. Cuando en las dos radios sintonizadas hablaban de una caída del consumo eléctrico por debajo del 15 %, apenas diferente al de la huelga de marzo, aunque sobre esto hay una interpretación que merece ser tenida en cuenta. Cuando sobre las nueve Alfonso Armada colocó una foto en un “tuit”,  donde aparecía la M-30 con bastante tráfico…

En fin, después, por la tarde, quedaba la manifestación. Ya que la huelga no había calado en la mayoría de la ciudadanía de esta zona norte de Madrid por donde yo había hecho el recorrido, podía aún ocurrir que la expresión del malestar ciudadano fuera multitudinaria y conmovedora.  Y así me lo pareció. Durante tres horas estuve sumado a la protesta,  viendo y fotografiando un río de ciudadanos con motivos para oponerse a las decisiones del gobierno.

En Twitter poco más tarde ironizaban sobre el modesto número de 35.000 participantes que la Delegación del Gobierno en Madrid atribuía a esta manifestación y no me extraña…Cuando en Colón hablaban los líderes sindicales, a la altura del Museo del Prado, a casi dos kilómetros y medio, la calzada de cinco carriles y sus aceras y jardines aledaños se encontraban aún repletas de manifestantes marchando hacia allí.

Paseo del Prado desde los jardines del Museo

La plaza de Cibeles, a las siete menos veinte, diez minutos después de la hora fijada para el comienzo de la marcha en Atocha, ya estaba llena mientras desde la puerta del Alcalá seguía incorporándose gente.

Cibeles desde la Puerta de Alcalá

Así estaba la plaza de Neptuno a las ocho menos diez.

Plaza de Neptuno

Mientras la sede del Partido Popular aparecía tan blindada como el Congreso.

Despliegue policial cerrando el acceso en la calle Génova construyendo un anillo de blindaje alrededor de la sede del Partido Popular

En definitiva, la huelga general no ha triunfado si la entendemos como la paralización de un país o por la obtención de un consenso abrumador a su favor, aunque puede que sí suponga un nuevo aldabonazo en las conciencias, cuyo efecto veremos en el futuro. Mi problema es, segura e inevitablemente, que la comparo con la de otro 14, el de diciembre, la que se le hizo a Felipe González. Entonces el país se quedó como suspendido en el aire, con la respiración contenida en un día tan espléndido como éste de noviembre. Y es que ya sabemos todos que la derecha sociológica se apunta como un sólo individuo a protestarle a un gobierno socialdemócrata, pero la izquierda sociológica, es más celosa de su pluralidad y más melindre, en seguida le hace ascos a unirse contra un gobierno conservador.

Es difícil saber cuales eran los motivos de cada ciudadano para haberse decantado por adherirse a la huelga o por no hacerlo. La actividad de las redes sociales facilita el leer muchas opiniones pero no el sacar conclusiones igualmente claras sobre cuales son las  opiniones mayoritarias, por lo que me remito a la propia de cada lector.

No obstante, si me gustaría constatar algunas conclusiones a las que he llegado sobre la huelga en sí y en particular sobre ésta:

La población del país se ha dividido entre los que han hecho un ejercicio de normalidad y no la han secundado, y los que, en cambio, les ha parecido ineludible como deber moral hacerla, incluyendo a aquellos que habiendo acudido a sus puestos de trabajo por motivos económicos o por temor a propiciar el perderlo, no han querido dejar de manifestar su protesta acudiendo igualmente a las manifestaciones programadas para la tarde en sus ciudades. De nuevo las dos Españas. Los primeros creo que son mayoría, a pesar de que los segundos no suponen un número desdeñable. Pero democracia obliga.

Segundo: Que la coacción sigue produciéndose de manera general por parte de los sindicatos convocantes a través de la actividad de los llamados incomprensiblemente “piquetes informativos”, lo cual es aceptado de manera general por todos los que podrían evitarlo, como una necesidad, justificándolo en que es la única respuesta capaz de desactivar la coacción ejercida de muy diversas maneras por los empresarios y algunos poderes públicos en su contra, antes y después de haber sido convocada. Quizá sea un mal menor, pero a mi no me gusta. Me parece que violentar la libertad es un mal mucho peor que el que se pretende evitar. El fin no justifica los medios. Gandhi ya lo demostró, que había alternativas,  y a estas alturas su ejemplo, todo lo que de él se deduce, no puede no ser tenido en cuenta.

Tercero: Que una huelga general es un instrumento muy imperfecto para protestar políticamente, porque tiene un relevante coste económico que soportan de manera directa las empresas en su merma de generación de riqueza, las cuales tienen influencia sobre el gobierno, pero no son el gobierno, a pesar de que a veces esta afirmación resulta muy difícil de demostrar. Consecuentemente, dada la completa imbricación entre economía y ciudadanía, su ejercicio no deja de conllevar tirar piedras sobre el propio tejado. Y esa imperfección se ha incrementado con la generalización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Ahora generar opinión y propuestas alternativas eficaces para enfrentarlas  a las que se critica o contra las que se protesta está al alcance de cualquier líder político o sindical. Hay cauces, aunque sean nuevos y a algunos les puedan parecer estrechos, que preservan la economía y permiten ampliar la masa de opinión. Empieza a ser irresponsable, dada la importancia capital que tiene, erosionar intereses económicos como instrumento palanca para confrontar propuestas políticas.

Cuarto: La idea de que no hay alternativa al acatamiento a la política de austeridad y recorte de los servicios sociales, dictada por Bruselas que promueve y lidera Alemania, ha calado hondo. Son tantas las voces que lo explican y lo reiteran,  que la conciencia colectiva se asume culpable o cree darse cuenta de que se encuentra atrapada en una compleja tela de araña de la que resulta imposible salir sino es con la connivencia y colaboración interesada de la araña. Y se muestra colaboradora.

Por último: No hay una izquierda estructurada y capaz de abanderar con ilusión, convencimiento y argumentos una acción política diferente a la que se nos propone. El desgaste de gobernar y el acomodo por hacerlo, el cambio generacional, la incapacidad para mirar lejos son algunas de las causas que inmediatamente se me ocurren…

Pero esto ya es otro tema.

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Conductas indeseables

Nos contentamos porque ya no nos matamos pero no es suficiente. No hace tanto que en este país hubo una guerra civil -aún viven algunos de los que la vivieron e incluso la protagonizaron- donde entre otros asuntos que se colaron, como los personales ajustes de cuentas, principalmente se confrontaron, de la manera más extrema, mediante la búsqueda del objetivo de la aniquilación del contrario, ideas sobre lo que cada uno entendía que debía ser el mundo. Se dilucidaba, pues, el futuro, porque dichas ideas estaban cargadas de gran trascendencia. El resultado ya lo conocemos: cientos de miles de muertos y una dictadura que duró treinta y seis años.

Que hemos avanzado, no lo pongo en duda. La restauración de la democracia ha conllevado la generalizada aceptación del diálogo, en el marco imprescindible de un Estado de Derecho, como único instrumento válido para hacer prevalecer las propias ideas, salvo excepciones residuales, que todos conocemos. Es hacer prevalecer las razones y la argumentación como método de resolución de conflictos.

Por eso, ahora que lo que se dilucida, como entonces, son ideas de gran trascendencia, que conforman cómo vemos colectivamente el mundo, cómo queremos que funcionen las cosas, qué papel nos atribuimos, debemos ser especialmente cuidadosos de mantener la convicción en el logro del diálogo y preservarlo como lo que es, el mejor fruto de nuestra reciente y dramática experiencia histórica, el vehículo imprescindible para obtener acuerdos, para converger en soluciones posibles, para avanzar en el bienestar y en definitiva en la felicidad, ese objetivo tan humano y que fue plasmado como un derecho por primera vez en una constitución, en la estadounidense de 1787.

Por eso las actitudes como la expresada por la ministra Bañez, que representaba al Gobierno, ayer en la declaración oficial que hizo en el Congreso, donde después de decir que estaba a favor del diálogo “hasta la extenuación”, para inmediatamente después continuar diciendo, como si no fuera una contradicción, que” las partes troncales de la reforma no se van a cambiar”, no ayudan a mantener la convicción en este logro.

Pero tampoco lo hace el que, como todos sabemos, los “piquetes informativos” sean en realidad coactivos, mediante la increpación, el insulto, la amenaza y en muchos casos la violencia contra los bienes, y en ocasiones las personas, que también quieren ejercer su libertad y su derecho a no participar de una huelga, y ello haya sido y siga siendo algo consentido por todos los gobiernos, así como por las cúpulas sindicales, cuando no alentado desde las mismas.

Ni tampoco ayudan los señalamientos, las amenazas, las marrullerías legales, ni las represalias de los empresarios contra los empleados que con igual libertad que los que eligen trabajar, deciden secundar una huelga.

Mientras no tengamos claro que la pervivencia de todas estas conductas lo que provocan de manera inmediata es tensión, resquemores y amedrentamientos, y cuando se descontrolan daños a los bienes y a las personas, y que por encima de todo, suponen un paso atrás respecto a la convicción del logro histórico del diálogo y su función, no podremos avanzar, sino que estaremos perdiendo un tiempo precioso en la solución de los problemas. Y es que de lo que debería haber tratado este comentario hubiera tenido que ser de cómo crear riqueza, y cómo distribuirla de la manera más justa. En definitiva de qué reformas, incluida la laboral, tendrían que hacerse para obtener esos objetivos, que incluyen dar oportunidades de trabajo a ese más de un quinto de la población española en edad de trabajar.