Conductas indeseables

Nos contentamos porque ya no nos matamos pero no es suficiente. No hace tanto que en este país hubo una guerra civil -aún viven algunos de los que la vivieron e incluso la protagonizaron- donde entre otros asuntos que se colaron, como los personales ajustes de cuentas, principalmente se confrontaron, de la manera más extrema, mediante la búsqueda del objetivo de la aniquilación del contrario, ideas sobre lo que cada uno entendía que debía ser el mundo. Se dilucidaba, pues, el futuro, porque dichas ideas estaban cargadas de gran trascendencia. El resultado ya lo conocemos: cientos de miles de muertos y una dictadura que duró treinta y seis años.

Que hemos avanzado, no lo pongo en duda. La restauración de la democracia ha conllevado la generalizada aceptación del diálogo, en el marco imprescindible de un Estado de Derecho, como único instrumento válido para hacer prevalecer las propias ideas, salvo excepciones residuales, que todos conocemos. Es hacer prevalecer las razones y la argumentación como método de resolución de conflictos.

Por eso, ahora que lo que se dilucida, como entonces, son ideas de gran trascendencia, que conforman cómo vemos colectivamente el mundo, cómo queremos que funcionen las cosas, qué papel nos atribuimos, debemos ser especialmente cuidadosos de mantener la convicción en el logro del diálogo y preservarlo como lo que es, el mejor fruto de nuestra reciente y dramática experiencia histórica, el vehículo imprescindible para obtener acuerdos, para converger en soluciones posibles, para avanzar en el bienestar y en definitiva en la felicidad, ese objetivo tan humano y que fue plasmado como un derecho por primera vez en una constitución, en la estadounidense de 1787.

Por eso las actitudes como la expresada por la ministra Bañez, que representaba al Gobierno, ayer en la declaración oficial que hizo en el Congreso, donde después de decir que estaba a favor del diálogo “hasta la extenuación”, para inmediatamente después continuar diciendo, como si no fuera una contradicción, que” las partes troncales de la reforma no se van a cambiar”, no ayudan a mantener la convicción en este logro.

Pero tampoco lo hace el que, como todos sabemos, los “piquetes informativos” sean en realidad coactivos, mediante la increpación, el insulto, la amenaza y en muchos casos la violencia contra los bienes, y en ocasiones las personas, que también quieren ejercer su libertad y su derecho a no participar de una huelga, y ello haya sido y siga siendo algo consentido por todos los gobiernos, así como por las cúpulas sindicales, cuando no alentado desde las mismas.

Ni tampoco ayudan los señalamientos, las amenazas, las marrullerías legales, ni las represalias de los empresarios contra los empleados que con igual libertad que los que eligen trabajar, deciden secundar una huelga.

Mientras no tengamos claro que la pervivencia de todas estas conductas lo que provocan de manera inmediata es tensión, resquemores y amedrentamientos, y cuando se descontrolan daños a los bienes y a las personas, y que por encima de todo, suponen un paso atrás respecto a la convicción del logro histórico del diálogo y su función, no podremos avanzar, sino que estaremos perdiendo un tiempo precioso en la solución de los problemas. Y es que de lo que debería haber tratado este comentario hubiera tenido que ser de cómo crear riqueza, y cómo distribuirla de la manera más justa. En definitiva de qué reformas, incluida la laboral, tendrían que hacerse para obtener esos objetivos, que incluyen dar oportunidades de trabajo a ese más de un quinto de la población española en edad de trabajar.

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