Reyes

No recuerdo cuanto tardaron mis hijos en descubrir que los regalos que recibían el seis de enero no venían de Oriente, ni cargados sobre lomos de camellos, sino que  los compraba su familia, empezando por nosotros, sus padres. Tampoco cuán profunda fue la decepción de cada uno cuando el embuste quedó al descubierto. Vagamente me viene a la memoria que uno lo supo antes y, al menos, disfrutó mientras duró de la complicidad con sus padres frente al otro.

Ahora que este dilema se me vuelve a presentar con mis nietas me inclino a creer que no es una buena idea crear una ilusión, por mucho que se disfrute mientras dura, si al final se acaba produciendo una decepción.  Se puede contar la historia de los Reyes Magos, que no deja de tener su interés y su exotismo, como una más de los tiempos antiguos, origen de una tradición de regalar, y justificar el mantenimiento de su celebración como fiesta para todos, independientemente de que se sea o no  religioso, porque siempre es agradable hacer regalos, y especialmente a los niños.

En resumen: ¿Qué aporta esa inventada vinculación de estos personajes con los niños reales? ¿Para qué es importante que sean unos personajes, que de haber existido devienen caricaturizados en ficción, los que premien o castiguen con su ausencia o prodigalidad el comportamiento infantil? ¿No es más entrañable que los regalos vengan de las manos más conocidas y queridas, las mismas que acarician y protegen, ayudan a levantarse tras una caída o acompañan al cruzar la calle?  Incluso para aquellos que argumenten que les parece saludable la decepción que sobrevendrá al descubrir la verdad, en la medida en que ayuda a los infantes a lidiar con la frustración, al reflejar de manera fiel la propia dinámica de la vida adulta que con seguridad encontrarán, donde hay halagüeñas expectativas que se derrumban, se me ocurren mejores maneras de mostrarlo, como señalar las aparentes bondades de la naturaleza que en definitiva no lo son, como los bellos o enternecedores animalitos o plantas que resultan peligrosos o nocivos, si no queremos entrar en historias más crudas de la vida real. Además: ¿tiene sentido que el niño se sienta engañado tan tempranamente por todos, empezando por sus propios padres?

No obstante, ahora más que nunca, lo que aporta es un hito de actividad económica, a tenor de los datos que las propias grandes empresas de consumo publican, sin olvidar los millones que, al menos en España, destinan los ayuntamientos a los festejos navideños y las cabalgatas, las cuales también tienen la virtud de repartir una cierta pedrea entre los menos favorecidos, si bien en empleos circunstanciales y seguramente mal pagados, lo cual hace poco probable que esta joven tradición -Alcoy la inició en 1866- vaya a menos.

Está bien, pues, que se mantenga y propicie, como ya lo hace, momentos de solidaridad, pero creo que estaría bien renunciar a hacer pasar por verdad lo que sólo es fantasía.

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