Brizna y la nieve

Para Mar

Era primavera y el suelo del bosque se había cubierto de flores de todos los colores. Ara, que no había engordado mucho ese invierno mientras hibernaba en su osera, había parido solo una osezna, de pelo más claro que el suyo, a la que llamó Brizna. 

Bruvi, su hija anterior, había crecido mucho y ya pasaba la mayor parte del tiempo de manera independiente. A veces la veía, pero sobre todo notaba cuando había estado o pasado por el mismo sitio donde ella se encontrara en ese momento porque guardaba buena memoria de su inconfundible olor. También se acordaba de lo inquieta y curiosa que era, incapaz de estar parada un momento. Cuando no jugaba a escarbar en la tierra y en los troncos en busca de gusanos o insectos, cuando la comida escaseaba, intentaba trepar por peñas y árboles caídos, sin que parecieran importarle los revolcones que a veces se llevaba en estos desafíos cuando perdía el equilibrio. 

Brizna también era curiosa y se interesaba por todo lo que le rodeaba, pero normalmente lo hacía todo de manera más tranquila. Acostumbraba a quedarse sentada observando a algún animalito que estuviera afanado en su tarea, como las filas de hormigas. No solía alejarse de su madre, salvo que se tropezaran con alguna otra osa con sus oseznos y entonces sí, procuraba acercarse a conocerlos y a retozar con ellos. 

Una mañana de abril, de sol reluciente y cielo azul salpicado de nubes altas de algodón, se dio la casualidad de que coincidieron en el mismo paraje Ara, Brizna y Bruvi. Brizna ya había conocido a su hermana al poco de nacer, cuando un día apareció por la cueva. Ara se puso muy contenta de verla, aunque a ella no le pareció muy simpática, porque la estuvo olisqueando un buen rato pero no le dio tiernos lametones como hacía su mamá. A pesar de eso, cuando se marchó, Ara le dijo que siempre podría confiar en su hermana -que lo tuviera en cuenta- que la defendería y la cuidaría si lo necesitase.

Desde la ladera en la que se habían encontrado las tres, mirando a la cumbre se veía una gran mancha blanca que parecía agarrada con unas invisibles garras a los riscos de la cima. Brizna preguntó qué era y Ara le dijo que aquello era nieve…

—¿Y qué es nieve? 

— La nieve es agua casi sólida -se anticipó a contestar Bruvi-. Y continuó: 

— Está muy fría, y cuando la muerdes se deshace en la boca. Además no moja de la misma manera. Puedes tumbarte sobre ella y verás que empiezas a deslizarte hacia el valle y si te dejas llevar no paras hasta la fronda. Es divertido. 

Brizna se quedó callada, mirando a Bruvi y luego a su mamá…

— ¡Venga, vete con Bruvi y hazle caso! Subid a tocar la nieve. Yo me quedo por aquí a ver si encuentro algo rico para comer. ¡Tened cuidado y no estéis mucho tiempo allí!

Bruvi emprendió la subida entre los matorrales haciendo un largo zigzag y Brizna la siguió unos metros más atrás. Cuando llegaron tenían las patas muy embarradas porque en la última parte de la ascensión la tierra estaba muy húmeda, incluso en algunas partes se habían ido formando regueras por las que bajaban hilos de agua. Bruvi dijo: 

— Ven, vamos a aquella parte más llana donde podrás pisarla y jugar a revolcarte con ella todo lo que quieras…

Pero mientras estaba diciendo esto Brizna ya había emprendido una carrera por el manto blanco y a medida que avanzaba sus patas se iban hundiendo más y más, hasta que se detuvo exhausta.

— A ver, ¡atolondrada! ¿A dónde vas tan deprisa? ¿No te ha dicho tu mamá que me hagas caso? Estáte quieta y no te muevas. ¿Puedes sacar lentamente las patas de la nieve?

— No sé…¡Mamaaaaaaá!

— ¡Schssssss, calla, no grites! Puede ser muy peligroso. Quédate quieta, no te muevas nada y no hagas ningún ruido; subo a ayudarte. 

Brizna estaba asustada, pero contuvo el sollozo porque le tranquilizó ver a Bruvi subir despacio, hollando con cuidado donde ponía cada pata. Cuando llegó hasta ella, arrancó a zarpazos parte de la nieve que tenía junto al costado que miraba al valle y le pidió que se fuera moviendo con suavidad de un lado hacia el otro, intentando conseguir rodar hacia esa parte. En seguida lo consiguió y sus patas quedaron liberadas.

— ¡Muy bien, Brizna, ahora ponte detrás de mí y sígueme sin separarte! Vamos a volver por el mismo surco que he ido abriendo en la nieve cuando he venido hasta aquí. 

De esa manera, muy despacio y en fila india, las dos oseznas salieron de la zona nevada de la ladera y una vez fuera, pisando la tierra, Bruvi le dijo a Brizna:

— Mira, allí delante, donde la pendiente de la ladera no es tan empinada, vamos a encontrar incluso más nieve que aquí para poder revolcarnos en ella, pero estará más asentada que por donde tu te has metido alocadamente, y en consecuencia será menos peligrosa. 

De todas formas tienes que recordar no sólo lo que ya has comprobado, que cuando la nieve está muy blanda, muy esponjosa, las patas se te pueden hundir hasta el cuerpo y aprisionarte, sobre todo ahora que eres pequeña, sino también, que en esta época del año se encuentra ya en un proceso de derretimiento, de volver a convertirse en agua, y puede ocurrir que grandes cantidades se deslicen de manera súbita hacia el valle, arrastrándote y con un peligro grande de que te sepulten. Es lo que llamamos alud, o avalancha. Lo pueden provocar varios factores, como un ruido fuerte, que retumbe en el valle -por eso te he pedido que no gritarás- o alguien con peso como tu que camine por encima, pero simplemente el fuerte calor del sol de un día despejado de primavera como el de hoy es suficiente para desencadenarlo.

Brizna, bajo la atenta mirada de Bruvi, estuvo jugando un rato con la nieve en esa zona menos inclinada de la ladera a la que la condujo su hermana. Al principio se lanzaba de costado una y otra vez sobre el manto mullido que crujía bajo su peso. Luego descubrió que si le daba manotazos levantaba cortinas que el viento iba depositando un poco más allá, creando un juego de luces centelleantes con el sol. Una de ellas fue a parar de lleno sobre Bruvi, que estaba tumbada con la cabeza apoyada entre las patas, que emitió un breve gruñido. 

— ¡Vamos! Bajemos a buscar a tu madre; ya llevamos un buen rato aquí; puede que esté preocupada. 

— Voy, voy, un último revolcón -pidió Brizna- mientras se lanzaba como un torbellino por la nieve.

El último revolcón fueron varios últimos revolcones, pero cuando finalmente salió de la nieve y emprendieron la marcha le preguntó a Bruvi: 

— ¿Por qué me dices que vamos a buscar a mi mamá, no es también la tuya?

Bruvi la miró con una sonrisa en el hocico y le dijo:

— Sí, lo es, pero yo ya soy independiente. He encontrado un lugar resguardado donde he excavado mi propia osera. El crecimiento de los osos es muy rápido, en muy poco tiempo nos hacemos grandes y emprendemos una vida separada de nuestra madre. En este momento Ara, mi mamá, es ante todo tu mamá: sólo vive para ti, para cuidarte y lograr que a tu vez, muy pronto, puedas como yo vivir por tu cuenta, cuando sepas alimentarte y defenderte, reconociendo los peligros a los que los osos nos enfrentamos y sabiendo cómo solucionarlos. 

Esta mañana nos hemos encontrado por casualidad, una feliz casualidad que me ha permitido conocerte mejor, porque la última vez que te vi eras muy pequeña y apenas tenías pelo. También a ti conocerme a mi. Así, si nos volvemos a encontrar, nos reconoceremos en seguida y tu sabrás que podrás contar conmigo para ayudarte en lo que puedas necesitar,  aprovechando mi mayor experiencia. 

Brizna asintió, con un puntito de admiración.

— Gracias, Bruvi -le dijo-.

Porque le gustaba pensar que podría encontrarse con su hermana mayor alguna vez y disfrutar de su apoyo y su cariño, aunque no terminó de comprender por qué le parecía bien a Bruvi vivir sola y no ver todos los días a su mamá, con la que se estaba tan bien, con la que se podía jugar a subirse por encima cuando estaba tumbada, y con la que se dormía tan calentita, acurrucada junto a ella en las noches frías. Pero, bueno -pensó- seguramente ya lo entenderé cuando también yo sea mayor.

Coronavirus: impresiones de una crisis inédita (IV). Azar

Hay una idea algo sarcástica y recurrente entre los motoristas, la de que principalmente nos dividimos entre los que ya hemos sufrido algún accidente y los que lo sufrirán si siguen montando. Siempre me ha parecido acertada y que resume muy bien la realidad; las oportunidades que se producen a diario para que el accidente ocurra hacen muy difícil argumentar en contra.

Tengo la impresión, dada la vertiginosa capacidad de propagación que ha mostrado y las proyecciones y noticias que van llegando, de que con este virus pasa lo mismo: nos dividimos entre los que ya han sido infectados y los que lo acabaremos siendo. Y en muchos casos -como en las motos- la diferencia en lo pronto o tarde que ocurra la marcará el azar, no porque sea enteramente una lotería, sino porque la gota que colma el vaso, o la pluma que hace inclinar la balanza, sí son azarosas, esas conjunciones fatales de pequeños detalles que a veces se producen. Las mismas que, en sentido inverso, evitan que un pasajero aéreo coja el avión que se estrella, porque se retrasa comprando en la tienda libre de impuestos y, cuando se da cuenta, le han cerrado la puerta de embarque.

Es verdad que los que asistimos a las manifestaciones del 8 de marzo compramos muchas papeletas para esta rifa, asumiendo por tanto que algo de responsabilidad sobre lo que nos pase tenemos, pero parece que, de momento, no todos los que fuimos hemos sido pasto del virus, lo que vuelve a dejar al azar una buena dosis de protagonismo. Había ya ese domingo señales bastante contundentes de que existía un riesgo real porque lo que sabíamos de China era como para tomarlo en cuenta, y aun más las noticias que llegaban de Italia. Pero pecamos de soberbia occidental y, sobre todo, de ignorante despreocupación.

¿Qué factores han condicionado no haber sido aún contagiados? Está por ver. Es algo que los estudiosos del asunto están poniendo todo su empeño en averiguar: todo conocimiento sobre el comportamiento del virus ayudará a combatirlo. Puede que nadie nos tosiera cerca, que no nos encontráramos con nadie conocido de los muchos que también acudieron, y en consecuencia no intercambiáramos besos y abrazos, o simplemente que con los extraños con los que nos cruzamos o compartimos espacio no estuvieran ya infectados. En nuestro caso particular tampoco que nuestras nietas, que ya habían sido retiradas de probables núcleos de contagio esa semana, al suspenderse las clases y cerrarse los colegios, con las que pasamos casi tres días y devolvimos a sus padres ese mismo domingo, fueran portadoras. Ni tampoco los usuarios que nos precedieron en el uso de sendos vehículos compartidos que alquilamos para ir y tornar.

En toda esa casuística parece que hemos sido afortunados. Así, estamos viviendo nuestro confinamiento sintiéndonos agradecidos a nuestra buena suerte por habernos librado para empezar de la parte más explosiva de la epidemia, la que ha abarrotado los hospitales y provocado situaciones límite de tensión, trabajo y dolor, y para demasiados la muerte, pero nos engañaríamos si creyéramos que ya nos hemos librado. Sólo somos de aquellos que con mucha probabilidad acabarán contagiándose en el futuro, salvo que seamos aun más afortunados y sí hayamos sido contagiados pero no mostremos síntomas, lo cual no parece muy lógico dado que vivimos con personas señaladas como las víctimas predilectas del virus, que habrían actuado de testigos enfermando, y de esa manera señalándonos, lo cual por suerte no ha ocurrido.

Hay pocas certezas y demasiadas incógnitas no despejadas sobre todos los ciudadanos, los no contagiados y los contagiados, y de éstos sobre los asintomáticos, los hospitalizados y los dados de alta, que tienen ingredientes de fortuna, lo cual no infunde tranquilidad. La primera es saber qué somos cada uno, en qué grupo realmente estamos.

En principio, a falta de un mayor conocimiento sobre el virus y sus consecuencias, lo mejor parece ser ocupar esa categoría de asintomáticos, porque ya han creado defensas y no han pasado por ningún mal trago, lo que sí han hecho los dados de alta en mayor o menor medida, que se podrían situar en segundo lugar. Así, exceptuando a las víctimas, a los que el virus ha dejado en el camino, verdadera herida en carne viva de la sociedad, los menos afortunados son los hospitalizados, que han de librar una durísima lucha por su vida, sabiendo que no depende el resultado enteramente de ellos: su propia naturaleza, su historial, el hospital que les toque, el equipo médico, más o menos experto, más o menos diezmado, más o menos equipado con lo necesario, lo condicionarán. Y en medio quedan los verdaderamente no contagiados, que difícilmente podrán evitar la angustia de desconocer qué ocurrirá si al final lo son, en la próxima visita al supermercado, o cuando se empiecen a desmontar el confinamiento y las medidas de alejamiento social, o incluso en la probable propagación del próximo otoño/invierno, si pertenecerán o no a ese más del noventa por ciento, según los datos actuales, que son capaces de superar la enfermedad sin graves consecuencias.

Y para completar el círculo del azar, cabe preguntarse cuándo y dónde caerá la bolita de la obtención de un tratamiento farmacológico eficaz, o de una vacuna. Y si para entonces, habremos avanzado algo y el logro será compartido de manera fraternal, eficiente y equitativa a nivel mundial, o se reproducirá la mezquina subasta, la especulación y las maneras corsarias o fraudulentas mostradas recientemente por algunos protagonistas, e incluso gobiernos, en la obtención del material necesario para combatir la pandemia y atender y curar a los afectados.

En definitiva: pocas certezas, pero contundentes, y demasiado albur, que no tranquiliza.