Lucia Cavestany XV

Salió del ascensor del aparcamiento y se dirigió decidido hacia los ascensores del vestíbulo, aparentando calma, dando los pasos no excesivamente deprisa, para no levantar ninguna sospecha en ninguna mirada. Cuando ya dentro del ascensor, solo, se miró al espejo, tomó nueva conciencia de que estaba aventurándose en una iniciativa cuyos limites desconocía, pero, a la vez, tenía plena conciencia de que ninguna otra cosa era lo que quería hacer. Aun así, cuando se encontró en la puerta de la 334 se sintió como si tuviera que cruzar un paso de cebra de varios carriles, cerrando los ojos después de que el primer vehículo se hubiera parado. Tomó aire y golpeó suavemente con los nudillos. Esperó, aguzando el oído, y cuando iba a volver a llamar, Lucía preguntó desde el otro lado: -¿Quén es?- y él volvió a respirar y respondió: -Andrés-.

Tras unos segundos,  la puerta se abrió y ella acertó a decir: -Hola ¿Sucede algo?- Como él esperara quieto,  mirándola,  sin decir nada, le hizo un gesto para que entrara y cuando lo hizo cerró la puerta tras él, quedándose apoyada sobre ella. Él avanzó unos pasos y se volvió a mirarla, permaneciendo de nuevo de pie en silencio, parado en mitad del pasillo, frente a la puerta del baño que lo iluminaba y dejaba escapar tenues bocanadas de vaho. Lucía, enfundada en un albornoz blanco con las zapatillas a juego, llevaba un gorro mojado de ducha en la mano izquierda, que debía haberse quitado un instante antes de abrir, dejando que el cabello seco reposara haciendo ondas sobre el cuello blanco y alzado del albornoz, le pidió que se sentara, que necesitaba vestirse. Andrés se encaminó hacia la descalzadora, donde recordaba que había estado la noche anterior y tomó asiento, pensando que tendría unos minutos en los que repasar todo lo que había venido preparando que tenía que decir, a lo largo del trayecto hasta allí.

Pero Lucía, que había entrado al baño, salió al momento, sólo con las zapatillas, y dirigiéndose con naturalidad hacia el armario, que estaba abierto, cogió de un cajón un conjunto de ropa interior blanca y procedió a ponérselo, empezando por las bragas. Luego se puso  una falda roja de tubo con cremallera a la izquierda, después una blusa entallada blanca y finalmente cambio las zapatillas por unos zapatos negros de salón y se sentó de lado en la cama, junto a la mesilla, justo en frente de donde él estaba.

– Ha sido una casualidad, una desgraciada casualidad. Era imposible que se me pasara por la cabeza anoche que tu pudieras ser el editor de Madrid al que tenía que ver hoy. Que tu nombre resultara el  mismo que el del editor no me supuso nada extraño: es un nombre muy común.

Estoy avergonzada, mucho.

No se cómo he podido aguantar el tipo el rato que he estado en la editorial con vosotros dos. Según me he subido al taxi que me ha traído me he puesto a llorar y no he parado. Estoy flojita. Lo hacía callada, con las gafas de sol puestas, pero aún así el taxista lo ha notado y ha querido, solícito, interesarse, pero antes de que pudiera abrir la boca, le he dicho que acababa de enterrar a mi perro, con lo que creo que he acertado a desactivar su compasión y a obtener que me dejara a solas con mis pensamientos y mi desconsuelo…-

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