Lucía Cavestany XXIII

La mañana amaneció fresca y luminosa. Paula se había levantado antes de que clareara porque ya no aguantaba permanecer en la cama. Había dormido a ratos, pero llevaba casi las dos últimas horas sin poder conciliar el sueño, con los ojos abiertos, acostumbrados a la penumbra en la que dejaba la habitación la iluminación procedente de la calle. Sin prisa, consciente del tiempo que tenía, había bajado a la cocina y preparado un café que se estaba tomando,  sentada a la mesa, mientras su vista se iba posando en lo que la rodeaba: los cacharros fregados que habían quedado sobre el escurridor, el grifo de la pila que goteaba, los visillos de la ventana que necesitaban un lavado, la nevera que periódicamente iniciaba un ronroneo…Cuando se cansó de dejar vagar la vista y los pensamientos que, profusa y aparentemente sin concierto, le embargaban, miró el reloj que coronaba el umbral de la puerta y se dio cuenta de que debía comenzar a arreglarse. Tenía que estar allí a las diez.

Subió y se dispuso a cumplir con toda la rutina habitual, que comenzaba en el baño. Antes había elegido la ropa que se iba a poner y la había dejado sobre la cama, aún sin hacer. Luego había llamado a su hijo Pedro y le había recordado que ella pasaría a buscarlo. En la ducha le volvieron a invadir las imágenes de Andrés el día que apareció en la puerta, allí, en la casa nueva,  tras aquellos cinco años que vivieron separados poco después de nacer su hijo, para decirle que le acogiera, que quería volver a intentarlo.

Ya vestida, a punto de salir, se miró una última vez en el espejo de la cómoda de su habitación y se dio por satisfecha; no necesitaba más. Había hecho todo lo que estaba en su mano para borrar de su cara la huella del agotamiento y la mala noche pasada, pero sólo lo había conseguido en una pequeña parte; no acostumbrada a pintarse. Se notaba extraña con ese leve tono sonrosado de maquillaje que había añadido a sus mejillas, que la mujer de Javier la noche anterior le había aconsejado ponerse y le había prestado  cuando se despidieron.

Pedro la estaba esperando puntual en la esquina de su calle. Cuando subió al coche le dio un beso en el que se detuvo un instante más de lo habitual, se abrochó el cinturón y ambos emprendieron el trayecto en silencio.

El tráfico era muy escaso a esas horas del domingo por lo que llegaron con mucha antelación. A pesar de eso, allí estaban ya todos los amigos de Andrés esperándola. Especialmente atentos se mostraron los del grupo de música, dispuestos a arroparla todo lo que precisara. El magistrado, además, se había ofrecido a decir unas palabras. Pero también estaban otros amigos, la mayoría de los empleados de la empresa, y la familia de Andrés, casi al completo. Nadie de la suya, en cambio, tan corta, que le habían hecho caso y no habían acudido desde tan lejos.

Cuando la comitiva se detuvo, todos fueron saliendo de los coches y acercándose hasta colocarse lentamente en torno al hueco enladrillado abierto en la tierra. Cuando ya estaban todos, Darío se adelantó ante el ataúd depositado por los operarios al borde de la tumba y comenzó:

– Ha querido el destino que no hayamos podido despedirnos de ti en persona, querido Andrés,  amigo entrañable. El individuo borracho que antes de anoche perdió el control de su coche, en plena Castellana, mientras mantenía una carrera estúpida con otro conductor,  e irrumpió en la acera por la que caminabais Lucía Cavestany, cuyo marido, Jacinto, ha tenido el gesto de acompañarnos en este momento,  y tu, arrollándoos  a ambos, antes de acabar malherido, empotrado contra el tronco de un árbol, lo ha impedido.

¡Cuántas veces, en nuestras tertulias durante las cenas, nos hemos echado la cuenta de lo fugaz que es la vida, y lo importante que es vivirla como si se pudiera acabar al instante siguiente, porque la realidad se encarga, como ahora, de demostrarnos que es así!

Por expreso deseo de tu esposa Paula, no voy a alargar esta pequeña despedida haciendo una semblanza,  un repaso, aunque fuera somero, de tus muchas virtudes, que disfrutábamos y todos echaremos de menos, sino que me limitaré a expresar el vacío que nos dejas y lo mucho que te recordaremos.

Descansad en paz, Lucía y Andrés.

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5 pensamientos en “Lucía Cavestany XXIII

  1. Te felicito Jaime, tiene mucho mérito mantener el interés de tus lectores y resolver de una forma sorprendente. Escribes muy bien. Y los personajes tienen su miga.
    Me había acostumbrado a leer la historia de Andrés y Lucía (pobrecillos) cada mañana muy prontito…
    ¡Gracias!

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    • Su vida sí, que yo la narre, no creo, no me ha encandilado aún ese personaje. ¡Pero ay de quien diga de este agua no beberé!
      Mi intención cuando comencé era hacer una narración corta y con ello medir mi compromiso con una entrega periódica. Algunas conclusiones he sacado y espero que me sirvan para el futuro.
      Debo mi agradecimiento a los que la habéis seguido, y especialmente a ti, que me has ofrecido y alimentado un retorno a diario.

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      • Me ha gustado ese final inesperado. Ellos malgastando ese tiempo e preocupaciones….
        Pues agradecerte los capítulos que has entregado a diario y que cuando iban sumando me sorprendía que fueran tantos por lo amenos que resultaban. Ya anunciarás más estrenos en esta pantalla.

        🙂

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