Lucía Cavestany I

Sentía calor. Estaba recobrando la conciencia desde el atontamiento del sueño, por lo que hizo un esfuerzo, al principio infructuoso, para abrir los ojos. Apartó torpemente la sábana que lo cubría como si pesara. Según empezaba a despegar los párpados, a la vez que los encogía para no dejar entrar mucha luz, se dio cuenta de que la habitación que emergía de la oscuridad, era desconocida. De inmediato se disparó la alerta ante el posible peligro, y cambiando la placidez del sueño por una forzada atención, intentó acordarse de dónde estaba. Sin moverse miró las paredes empapeladas de un tono rosa palo, que combinaban con una moqueta gris claro y una descalzadora de brazos angulados y planos, como mostradores, tapizada en granate oscuro. Estaban encendidas un par de tenues luces de cortesía a un palmo del suelo, que junto a una lamparilla de mesa, que le quedaba justo al otro lado de la cama, dejaban la habitación sumida en una penumbra acogedora. La ventana estaba abierta, dejando una rendija,  y por ella, entre los visillos, se colaba la brisa de la noche y el ronroneo del tráfico. Estaba en un hotel. ¿Qué hora sería? Empezaba a recordar que había subido a esa habitación con esa bellísima mujer que tanto le había impresionado …

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