Lucía Cavestany XVIII

A pesar de que siempre en los momentos claves de mi vida he sido resolutiva, me sentía quebradiza e insignificante. Cuando lo pensaba me daba cuenta de que era verdad que nuestra unión no había sido nunca muy apasionada. El vigor y el deseo loco de la juventud, en nuestro caso, que nos habíamos conocido mayores, parecía, de manera natural, anacrónico y no me llamó la atención hasta ayer, que caí en la cuenta de lo equivocada que estaba. Anoche, mientras te desnudaba, deseaba que me amaras y amarte como nunca lo había imaginado con Jacinto, y darme cuenta de ello me sumió en una congoja profunda. Por eso me fui a dar un paseo, a andar un rato, a que el aire fresco  de la noche me diera en la cara, a lo que contribuyó, sin duda, que tu no estabas en condiciones de amarme. Pedirte el dinero, fue un guiño sarcástico al destino, un fogonazo de rabia cuando me vi allí, tirando de tus pantalones y tu a punto de caer en un sueño profundo.

Andrés tragó como si le quedara saliva y no tuviera la boca seca, e hizo el gesto de empezar a hablar, pero Lucía continuó:

– Cuando volví ya no estabas y no había rastro de ti,  y me califiqué de estúpida por no haberme asegurado que podría volver a encontrarte. Sí, te lo voy a decir: durante el paseo había asumido que, independientemente de la manera tan inesperada en que te había conocido, reconocía que habías despertado en mi sentimientos nuevos y estaba dispuesta a explorarlos hasta donde me llevaran. No me refiero sólo a los que te acabo de expresar, de pura emocionalidad sexual…La verdad es que al principio no me gustaste.  Cuando pasé junto a ti, te percibí muy moreno, muy delgado y muy joven, pero como no buscaba eso, un tío guapo para un rollo, sino alguien que pareciera agradable para charlar, no lo tuve en cuenta. Fue durante la conversación cuando te fui encontrando atractivo. Me gustó tu forma de apoyar con la mirada lo que afirmabas. También el tono grave de tu voz. Y las manos, los dedos largos y cómo las entrecruzabas, cómo acompañaban tus gestos. Y tu insólita cabellera negra de adolescente, apenas salpicada por alguna cana blanquísima…¿Qué edad tienes?

– Andrés contestó: cincuenta y nueve…

– ¿De verdad?…- Como él asintiera – continuó:

– ¡Increíble! No lo aparentas en absoluto. Después sí, cuando ya llevaba un rato charlando contigo tuve tiempo de fijarme en tus arrugas, y en esas manos que te acabo de decir que me gustaron, pero no te eché más de 52 o 53, cuatro o cinco más de los que te calculé desde la barra.

Además me encantó no percibir ningún machismo en tus juicios y la sensibilidad que mostrabas en ciertos asuntos.

Ahora, ya ves: si tenía motivos para derrumbarme echando la vista atrás y viendo el fin de mi matrimonio,  y aceptando que las posibilidades de ser madre se habían alejado, imagina lo que supone darte cuenta de que la persona que, de manera completamente inesperada, te ha despertado sentimientos nuevos y arrolladores en tu corazón, está vedada. No me tengo por una persona de lágrima fácil, y no creo que vuelva a llorar, pero en la soledad convencional del taxi sentí la urgente necesidad de hacerlo, supongo que porque no lo había hecho aún, y porque veros a los dos supuso la gota que colmó el vaso, el principio de realidad que hace añicos los sueños.

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4 pensamientos en “Lucía Cavestany XVIII

  1. Hola Jaime, quería decirte que sigo con verdadero interés la historia… que ahora da un giro inesperado. La posible doble vida, ¿al final una historia de amor?, me gusta esta intriga diaria. Deseando saber qué está él pensando 🙂

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