Lucía Cavestany XIX

Andrés se levantó, pero después de dar unos pasos por la habitación en silencio, mientras ella le miraba, se volvió a sentar.

– Llevo desde que me desperté en tu cama obsesionado contigo. Es una mezcla agobiante de varios ingredientes que han ido cambiando su peso en el conjunto. Yo, al contrario que tú, por empezar por el principio, sí me sentí atraído por ti desde que te vi. Estaba aburrido allí y tu apareciste para cambiar completamente la perspectiva de mi futuro inmediato. Estuve un rato pensando qué harías allí sentada, y fantaseando cómo abordarte, hasta que tu lo hiciste. Luego, como has mencionado, la conversación nos llevó por vericuetos innumerables donde difícilmente encontramos que no caminábamos juntos. Me dejé llevar por la euforia que ello me producía y supongo que bebí más de lo que debía, hasta que me sentí mal. Eras tan dulce, inspirabas tanta confianza, que me fue impensable rechazar tu propuesta de acompañarte a la habitación…-

Lucía le miró interrogativa, cuando hizo el silencio.

– ¿Qué querías que pensara? Me tenía fascinado tu conversación, tu elegancia, pero no podía dejar de sospechar que eras una profesional, lo cual introducía componentes de conflicto innegables…Luego, cuando me pediste el dinero sólo hiciste que confirmarlo. Pero, a la vez -su tono se hizo más dulce- notaba que no solamente te deseaba, sino que sentimientos como la ternura, o el interés por conocerte más, iban tomando posiciones firmes en mi conciencia. Cuando esa misma noche, de vuelta a casa, comprobé que no había habido fraude alguno, aun con incógnitas que me incomodaban, supe que necesitaba hacer todo lo posible para volver a verte, para saber si ese estado de gracia en que nos coloca el sentimiento del amor, volvía a producirse.

Lo que me dejó, de nuevo, por un rato, sin respiración, atemorizado, fue verte hablando con Paula… Luego no me costó mucho aceptar que las casualidades existen y transforman la vida de la gente radicalmente con total naturalidad, si se puede llamar naturalidad a que a uno le caiga una teja o un trozo de mampostería de un balcón y lo mate, o que le toque un gran premio en la lotería. Eso pasa todos los días y a mi parecía que me había tocado. Cuando leí tu escritura de apoderamiento todas las dudas sobre tu identidad se disiparon y sólo quedó el embelesamiento que me producías y el poderoso deseo de poseerte, pero no únicamente tu cuerpo, tu cuerpo y todo lo que llevara consigo,   tu biografía, tus amigos, tus gustos, tus defectos…Me siento enamorado, Lucía.

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