Lucía Cavestany III

¡Diablos!  ¡La cartera estaba delante de su vista, en la mesilla que le quedaba más cerca, junto a la lámpara apagada! Corrió hacia ella y la abrió de inmediato. Los carnés y las tarjetas estaban ahí, no faltaba ninguna. ¿Y el dinero? También estaba…Pero…

De las muchas imágenes nítidas que, de pronto, se le amontonaban, una era de ella, que mientras tiraba de una de las perneras de sus pantalones, le había pedido 200 € y él se había incorporado, y cogiendo la cartera de su bolso, había sacado los cuatro billetes y se los había dado sin decir palabra, sabiendo que eran los únicos que le quedaban, porque nunca salía de casa con mucho más dinero que ese, y ya había gastado el resto en el bar, excepto que tuviera intención de comprar algo en concreto, para lo que, entonces sí, cogía lo que pensara que iba a necesitar. Pero no era este el caso. Había quedado con sus amigos Javier  y Ana para asistir a una cata promocional de los vinos de Cigales, a última hora de la tarde,  y consecuentemente, lo más que pensaba era en tomar algo juntos después, y para eso le sobraba. El asunto de que en su cartera siguieran estando los cuatro billetes de 50,  le añadía confusión, dejándole como anclado, sin poder seguir hasta darle una explicación lógica. Recordaba una y otra vez la escena de los pantalones…Ella tiraba con gracia, alternando una pernera y la otra,  mientras él tumbado en la cama, sobre la colcha apenas levantaba el culo para facilitárselo. En ese momento, ella, como si hubiera caído en la cuenta de que debía dejar zanjado el asunto antes de entrar en faena, se había parado y adoptando una actitud seria había dicho:

-Dame doscientos euros- y él, como un resorte, sin pensarlo, se los había dado, asumiéndolo como confirmación de lo que venía sospechando. Estaba seguro de que se los había dado.

Lucía Cavestany II

Intentó incorporarse pero el gesto le hizo presente un dolor que se agudizaba al inclinar la cabeza hacia los lados, como si lo que hubiera dentro fuera pesado y se desplazara de una pared a otra golpeándose contra ellas. Se dejó vencer y respiró hondo. Ya daba igual. No había prisa, al menos no demasiada. Podía esperar a despejarse un poco más. Era evidente que ella no estaba allí, excepto que estuviera metida en el baño, pero no lo parecía porque no se oía nada. Recordó que la había pagado con efectivo, pero ella le había dicho que podía hacerlo con tarjeta, lo que de inmediato le produjo un vahído de angustia…

¿Y la cartera, dónde la había dejado?

¡Claro, ella no estaba porque le había robado!

Se incorporó, a regañadientes con su cuerpo, y se lanzó hacia la ropa que yacía sobre la descalzadora. Buscó primero en el bolsillo de mano que llevaba, luego en los pantalones y luego en la camisa, pero allí no estaba. -¡La muy zorra!- masculló, mientras le propinaba un puñetazo como un mazazo al brazo almohadillado del sillón. Se dio media vuelta y se dejó caer en él, abatido, mientras el golpe en el sillón le retumbaba en el cráneo. Necesitaba resolver rápido qué iba a hacer…

Lucía Cavestany I

Sentía calor. Estaba recobrando la conciencia desde el atontamiento del sueño por lo que hizo un esfuerzo, al principio infructuoso, para abrir los ojos. Apartó torpemente la sábana que lo cubría como si pesara. Según empezaba a despegar los párpados, a la vez que los encogía para no dejar entrar mucha luz, se dio cuenta de que la habitación que emergía de la oscuridad, era desconocida. De inmediato se disparó la alerta ante el posible peligro, y cambiando la placidez del sueño por una forzada atención, intentó acordarse de dónde estaba. Sin moverse miró las paredes empapeladas de un tono rosa palo, que combinaban con una moqueta gris claro y una descalzadora negra de brazos angulados y planos, como mostradores, tapizada en piel artificial. Estaban encendidas un par de tenues luces de cortesía a un palmo del suelo, que junto a una lamparilla de mesa que le quedaba justo al otro lado de la cama, dejaban la habitación sumida en una penumbra acogedora. La ventana estaba abierta, dejando una rendija,  y por ella entre los visillos se colaba la brisa de la noche y el ruido del escaso tráfico. Estaba en un hotel. ¿Qué hora sería? Empezaba a recordar que había subido a esa habitación con esa bellísima mujer que tanto le había impresionado …

Los gemelos bastardos (I)

Había ido a pasar unos días en julio a la casa de mi amigo Federico, en Ibiza, poco antes de presentarme en el cuartel para hacer el servicio militar. Nos juntamos un grupo grande entre amigos directos, primos y amigos de amigos, como era mi caso. Entre todos diecinueve, si no recuerdo mal, nueve chicos y diez chicas.

Ese mismo día qué llegué, cuando ya volvíamos a casa andando por la carretera alumbrando el día, después de haber pasado la noche en la discoteca, y la oscuridad se tornaba de color gris lechoso, pasamos junto a la playa que estaba delante de nuestras casas, y Montse, la prima de Barcelona de mi amigo, con la que había estado embelesado tonteando desde que nos presentó, esa misma tarde, me cogió de la mano y me dijo: -¿No te apetece darte un baño ahora? No sabes lo bien que se duerme después…-.

Su propuesta me descolocó porque estaba agotado. Caminaba como un zombi deseando tumbarme en una cama. En otra situación quizá se me hubiera ocurrido a mi tan peregrina idea, antes que la relajante ducha caliente en la que iba pensando; al fin y al cabo había llegado temprano la mañana anterior en el ferry, donde apenas había sido capaz de pegar ojo un rato, luego llevaba dos noches sin apenas dormir, pero sus palabras sonaron como un encanto mágico y todo eso se me olvidó.

A Enrique, Silvia, Fernando y Pau también les sonó bien la idea y allá nos fuimos los seis, mientras los demás desaparecían caminando por el arcén polvoriento, ya cerca de las casas respectivas,  sin hacernos mucho caso o comentando procacidades sobre nuestra ocurrencia.

Según íbamos acercándonos a la orilla de un mar en calma , que apenas dejaba un rosario de espuma en la arena cuando la ola rompía, pensaba curioso y expectante en qué prendas nos íbamos a quitar puesto que ninguno llevaba bañador… ¡Tan ingenuos éramos entonces! Montse despejó la incógnita tan rápidamente que ni me dio tiempo a darme cuenta que se desnudaba delante de mi y a mirarla con detenimiento, que era lo que realmente me apetecía en ese momento, porque se deshizo de toda su ropa en apenas dos gestos y corrió acto seguido a meterse en el agua. No lo pensé dos veces, me despreocupé de los demás, me desnudé como ella, y la seguí corriendo yo también.

Esperaba un agua más fría y me pareció templada, más tibia que el relente de la madrugada que ya se dejaba sentir. Había hecho un día de muchísimo calor, con viento del sur, y estaba claro que el aire se había refrescado con la noche antes que el agua. Aunque al principio no me cubría, nadé con energía hacia donde ella se encontraba y según me estaba aproximando vi como levantaba los brazos y se sumergía.

Me tenía fascinado desde que la había visto acercándose a la terraza donde nosotros habíamos quedado con ellas esa tarde, junto a Silvia y su otra prima Pau. Caminaba con un aplomo grácil y elegante. Era una hembra alargada y flexible, piernas bien dibujadas, con caderas más bien estrechas, pero marcadas, y pechos pequeños, redondos y firmes. Hombros anchos, clavículas visibles y cuello prolongado. El pelo corto castaño oscuro y un punto rizado en ondas amplias y unos ojos almendrados, también castaños, con tenues vetas verde claro, que miraban descarados a los tuyos, escrudriñadores y expresivos de interés o desinterés.

Ya había clareado completamente sobre el espejo del agua, aunque el sol aún no había asomado por el perfil del horizonte que comenzaba a teñirse de rojo.

Estaba empezando a asustarme porque no salía, cuando emergió detrás mío y se me abrazó a la espalda como una caracola. Su peso me hundía y me obligaba a bracear con fuerza para mantenernos los dos a flote, pero nada me importaba excepto notar su cálida desnudez pegada a mi espalda. No se cuanto tiempo estuvimos así, pero poco a poco la corriente nos fue llevando hacia la orilla y en cuanto ella notó que yo podía hacer pie, soltó los brazos dejándose recostar sobre la superficie del agua,  sujeta a mi cintura con las piernas. Me di la vuelta despacio y la miré el sexo y los pechos sin atreverme a hacer ningún gesto que pudiera acabar con aquél momento… Ella entonces me tendió sus brazos. La levanté del agua hasta poder abrazarla, lo cual me resultó placentero por partida doble, porque empezaba a sentir frío. Fue un abrazo largo y sólido. Después enfrentamos nuestras cabezas para miramos y comenzamos a besamos, como lo habíamos hecho una y otra vez toda la noche, mientras bailábamos en la penumbra azulada de la pista de la discoteca, buscándonos los labios y las diferentes formas del relieve de las caras.

Nunca más lo volvimos a hacer.  Nunca volvimos a estar juntos. Había sido su decimoséptimo cumpleaños el catorce de junio. Yo, que nací en invierno, tenía casi 21.

Montse, que vivía en otro caserón de la playa, muy cerca del de los padres de Federico, se marchó esa misma mañana a pasar dos meses en Irlanda, según me contó él mismo cuando al despertarnos, sobre las tres de la tarde, lo primero que hice fue hablarle de su prima…

– ¿No te lo dijo?

-¡No, claro que no!- le contesté, quedándome perplejo  y con sensación de vacío.

El beso de despedida que unas horas antes nos habíamos dado en la puerta trasera de su casa, como un “hasta luego”, se convirtió súbitamente en su último recuerdo.

Federico me dio su dirección y la escribí, aunque al dármela, me advirtió de que no me hiciera muchas ilusiones, que creía que tenía novio en Barcelona. A la primera, escrita esa misma tarde, no me contestó hasta un mes y medio después, cuando yo ya estaba en el campamento. Fueron cinco en total las que le envié, en los dos meses que ella pasó en Irlanda. Pero sólo contestó esa vez. Una carta que resultó extraña y decepcionante, en la que empezó contándome como era el paisaje, con descripciones de una exquisita sensibilidad, que destilaban lirismo, qué profesores le gustaban y cuales no y por qué, y las invectivas con las que se rebelaba contra el riguroso horario que mantenían las monjas, para acabar tras un punto y aparte y un espacio en blanco, con un párrafo demoledor: “Siento no habértelo dicho. Tengo novio y me voy a casar cuando vuelva. Pablo, no te quedes enganchado en un polvo casual y desafortunado.»

Montserrat

Intento

Esperaba más comprensión. Se dio media vuelta en cuanto percibió el gesto de desaprobación. Sólo un momento de reflexión hubiera bastado para que le miraran con otros ojos, pero no lo consiguió. La pirueta había quedado truncada en medio del vuelo. El vacío se apoderó de su frágil ánimo. Notó como se le hacía difícil respirar mientras se alejaba sin volver la vista. Alcanzó la calle y se desdibujó entre las personas que en ese momento de hora punta transitaban apresuradas.

Tránsito estival

Junio siempre es un mes de tránsito -si es que alguno no lo es- donde acaban los cursos y comienzan las etapas de vacaciones…El cielo cambia de tono, y la vegetación ha consolidado el verde oscuro de la clorofila, se ha asentado en el reino vegetal y espera paciente y confiada, que vaya pasando el agostamiento del calor zenital, hasta llegar a las postrimerías de septiembre con los cielos malvas y las briznas de paja volando polvorientas en los momentos de tormenta.